Israel destruyó capacidad nuclear, sistemas de misiles y cadenas de mando iraníes. Demostró una victoria en el plano militar con una eficiencia que ningún ejército regional podría replicar. Y sin embargo, cada éxito táctico lo coloca en una posición estratégica más difícil, porque opera bajo una restricción que su enemigo no comparte.
Eso es la asimetría ética y es algo que funciona como una trampa estructural en el contexto de negociaciones intermitentes.
Irán y sus actores subsidiarios lanzan misiles contra Tel Aviv, Haifa y poblaciones civiles con la declaración explícita de que el objetivo es matar judíos. No lo disimulan. Entre tanto, Israel respondió con ataques de precisión contra infraestructura militar, centros de comando o instalaciones nucleares. La diferencia en la naturaleza de los objetivos no podría ser más clara, y sin embargo esa diferencia le opera en contra en la opinión pública global, porque cualquier víctima colateral israelí genera una condena que ningún misil iraní inspira. La diferencia militar se convirtió en asimetría ética, y esta brecha tiene consecuencias políticas concretas en la presión diplomática, con restricciones en suministro de armas y erosión de coaliciones.
El mecanismo que sostiene esto es preciso, por un lado, la población civil iraní paga un costo comparativamente exiguo por las agresiones de Teherán, al tiempo que los ayatolás toman decisiones desde búnkeres diseñados para sobrevivir ataques de precisión y sus familias duermen tranquilas. Qom, su ciudad sagrada sigue intacta. Esa placidez funciona como una condición para la guerra prolongada, porque una población que no sufre las consecuencias de las decisiones de su liderazgo no tiene incentivo para presionar un cambio de curso. Por lo tanto, la guerra sería en algún lugar abstracta para el ciudadano iraní.
Ahí es donde la pregunta se vuelve incómoda pero necesaria: ¿qué ocurriría si dejara de serlo?
Qom es la ciudad más sagrada del chiísmo y el corazón teológico del régimen, es el lugar donde se forma el clero que legitima al sistema y residen las familias de la casta religiosa que gobierna Irán. Un ataque deliberado y sostenido sobre Qom diseñado para producir destrucción visible y masiva, no sería equivalente a un misil iraní sobre Tel Aviv, sino que llevaría una escala y simbolismo mayor. Israel tiene esa capacidad.
La pregunta es qué pasaría si lo hiciera y la respuesta más probable es que el cálculo iraní cambiaría de manera radical y casi inmediata, afectando cualquier negociación en curso. El régimen de los ayatolás descansa sobre una legitimidad teológica que Qom encarna físicamente. Destruir esa ciudad es atacar la fundación simbólica del Estado islámico. Ningún líder iraní sobreviviría a eso políticamente, porque esa reacción requeriría las capacidades militares destruídas durante la guerra.
La simetría que Israel necesita es la del costo. Mientras el sacrificio de la guerra recaiga exclusivamente sobre la población israelí, la élite iraní calculará el conflicto con mayor libertad, porque no hay presión interna para terminarlo. La guerra asimétrica prolongada es el ambiente natural de un régimen teocrático que controla la información, presenta cualquier derrota como martirio y la continuación como deber religioso. Pero esa narrativa colapsa cuando las mezquitas de Qom son escombros y las familias de los ayatolás no tienen adónde ir.
Israel enfrenta una restricción ética con consecuencias reales porque el dilema para todo conflicto entre ambos países está entre sostener ataques contra el valor simbólico con un costo humano, o una campaña sobre objetivos militares de menor relevancia para la supervivencia de la teocracia.
La asimetría ética tiene como víctimas a civiles israelíes, ante un enemigo con la certeza que sus propios habitantes están a salvo y la libertad de acción para destinar sus recursos para la ofensa sin preocupaciones por la defensa.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.















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