* Por Juliana Maiz Casas, autora de “El desafío del hacer” (Editorial Temas)
Durante años, el mundo del trabajo premió a quienes mejor sabían analizar, planificar y anticiparse. La inteligencia estaba asociada a la capacidad de entender la complejidad y diseñar respuestas a la altura. Sin embargo, en el contexto actual —atravesado por la incertidumbre, la velocidad y el cambio permanente— esa lógica empieza a mostrar un límite evidente: pensar no alcanza.
Hoy, uno de los grandes déficits en las organizaciones no es la falta de ideas, sino la dificultad para llevarlas a la práctica. Equipos brillantes que diseñan estrategias impecables, pero que se diluyen en la ejecución. Proyectos que quedan atrapados en presentaciones. Decisiones que se postergan indefinidamente en nombre de la búsqueda de la mejor opción posible.
En ese escenario, hacer se vuelve un diferencial. Pero no cualquier hacer. No se trata de la acción impulsiva ni del hacer por hacer, sino de una forma de accionar que implica asumir riesgos, tolerar la incomodidad y aceptar que no todo va a estar resuelto de antemano.
El problema es que hacer incomoda. Porque expone. Porque obliga a salir del terreno de lo hipotético para entrar en el de lo real, donde las ideas se ponen a prueba y donde el error deja de ser una posibilidad abstracta para convertirse en experiencia concreta. Y, sin embargo, es justamente ahí donde ocurre el aprendizaje genuino.
En muchas organizaciones persiste una cultura que, aunque discursivamente promueve la innovación, en la práctica penaliza el error. Se espera creatividad, pero se exige perfección. Se habla de agilidad, pero se multiplican las instancias de validación. El resultado es previsible: se piensa mucho, se arriesga poco y se ejecuta menos.
Revalorizar el hacer implica, entonces, revisar esas tensiones. Implica entender que la acción no es la etapa final de un proceso perfecto, sino parte constitutiva del mismo. Que muchas veces es haciendo como se clarifica el rumbo, y no al revés.
También supone correrse de una mirada individual del desempeño. Hacer, en términos de impacto, rara vez es un acto solitario. Requiere de otros, de conversaciones, de coordinación y, sobre todo, de confianza. Sin un entorno que habilite la acción, que sostenga el error como parte del proceso y que valore el aprendizaje en movimiento, el hacer se vuelve una excepción en lugar de una práctica.
Quizás uno de los mayores desafíos del liderazgo hoy sea, precisamente, ese: crear condiciones donde hacer sea posible. Donde no todo tenga que estar garantizado antes de empezar. Donde avanzar, incluso sin certezas, no sea visto como imprudencia, sino como una forma de construir futuro.
Porque en un contexto donde todo cambia, la ventaja ya no está en quien mejor predice, sino en quien se anima a moverse. Y en ese movimiento —imperfecto, incómodo, pero real— empieza a tomar forma lo que viene.
*Juliana Maiz Casas trabaja en el desarrollo de personas y equipos, acompañando procesos de liderazgo, aprendizaje y transformación organizacional. A lo largo de su trayectoria ha impulsado iniciativas vinculadas al crecimiento profesional, la innovación y la creación de valor en distintos ámbitos laborales. En El desafío del hacer, su primer libro, reúne reflexiones y experiencias que invitan a pensar el liderazgo desde la acción, el propósito y el aprendizaje continuo.


















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