Sunday 15 de March, 2026

OPINIóN | Hoy 14:14

La pasión sádica del libertarianismo argentino

La nueva derecha ejerce poder celebrando el sufrimiento del adversario. Al suprimir lo inútil los libertarios niegan el fundamento de la vida en común y esconden tras la “productividad” una metafísica mística de purificación mercantil.

En el último tiempo hemos visto surgir prácticas políticas que son guiadas por el goce del sufrimiento del adversario. Del “lloren kukas” de Milei, pasando por las publicaciones de la Casa Blanca con migrantes esposados y en lágrimas, hasta las imágenes de las cárceles de Bukele en El Salvador con miles de personas encastradas entre sí, como si fuesen cosas apiladas en un depósito. Creemos que un rasgo común de la derecha contemporánea es su pasión sádica: una forma de ejercer el poder que consiste en la producción y en la celebración del sufrimiento físico y psíquico del antagonista político. Este afecto oscuro es quizás la pieza central para la construcción de poder de la derecha, que degrada al otro al tratarlo como objeto de su goce destructivo.

Ahora, ¿cuál es el fin de esta pasión sádica en tanto práctica política? Es fortalecer esa parte de lo social que se dedica a al trabajo, a la inversión, a la organización de la producción, en definitiva, al gasto útil. Su contrario, lo inútil o improductivo, despierta la ira libertaria, pues en su mirada cada acción humana tiene que servir para algo, por eso el mercado es el modelo de toda forma de relación y el dinero la medida de todas las cosas.

El sadismo de la derecha argentina se manifiesta contra todo aquello que amenace la actividad productiva. Señalan a "la casta", sobre todo en su variante peronista-kirchnerista, como la principal amenaza. Sin embargo, para entender qué la vuelve tan nociva en la mirada libertaria, hay que tener una buena comprensión de sus prácticas y, por tanto, preguntarnos qué hace este actor que lo vuelven en un chivo expiatorio legítimo. En principio descartemos lo obvio. Cualquier lector serio de la realidad política argentina acordará en que la clave de lectura no está en la corrupción, por más que ocupe el centro de las enunciaciones libertarias. La corrupción es el paco del análisis político.

Más bien, pensamos que el eje del asunto está en que el peronismo busca regular el trabajo, aumentar los salarios, restringir ciertas maniobras del capital, en que promueve feriados, vacaciones y festivales. En definitiva, el quid de la cuestión está en que distribuye el excedente social a partir de una lógica distinta a la lógica de mercado, muchas veces —digámoslo sin pudor— mediante una lógica de lo inútil. En una mirada libertaria todo esto es un proyecto criminal que tiene como efecto la putrefacción social. ¿Por qué? Porque parten de una creencia en el mercado como una fuerza pura y perfecta, como una entidad sagrada, en el trabajo como la actividad más valiosa de todas y en el dinero como la única medida de valor. Es por eso que aciertan en identificar como su enemigo a quien intente limitar o regular el capitalismo, puesto que mancilla el mercado con sus sucias manos. Así, el objetivo final de la pasión sádica es excluir y uniformar todo lo que no sea inmediatamente instrumental y productivo para que reine, inexpugnable, la gloria del mercado.

Ahora bien, si el gobierno tiene cierto éxito es porque se apoya sobre el sentido común de nuestro tiempo, que ve en la producción utilitaria la fuente de la prosperidad de los pueblos. Esto tiene su parte de verdad —¿quién podría negarlo?— ya que la vida depende de que seamos capaces de generar lo que resulte necesario para sostenerla. Pero hay un problema mayor: el mundo de lo útil produce cosas pero no puede crear los sentidos en base a los cuales organizamos una vida en común. La creación colectiva de sentido es una práctica inherente al ser humano mediante la cual postulamos valores últimos que dan unos propósitos a cada una de nuestras vidas. He aquí la importancia del gasto inútil. La fiesta, el erotismo, los dones, el ocio en general, producen algo improductivo pero fundamental para nuestras vidas: los grandes sentidos que cohesionan la comunidad en la que existimos. Dependemos de estos sentidos, no para subsistir sino para coexistir, y estos se encuentran, por definición, más allá del principio de utilidad. Por eso suprimir el gasto colectivo no solo tiene como efecto que la vida se vuelve mustia y nuestra humanidad queda reducida, empobrecida por el lenguaje de los números, sino que también genera una corrosión de la existencia en común. He ahí lo más preocupante de este fenómeno. Ahora bien, todo esto revela una paradoja que vive oculta en el núcleo de la estructura psicológica libertaria. Su acción política, expulsando lo improductivo y, así, rechazando la producción de sentidos, erige la utilidad, el servir-para-otro como valor último.

Los libertarios, entonces, buscan imponer un tipo de sociabilidad sobre la base de la negación de su fundamento. Esto explica por qué la pasión sádica, impulsada por el ideal de pureza, encuentra en la homogeneidad utilitaria su mejor aliada. Aún más, explica por qué la política libertaria, aunque se presente como agente de la productividad y del mundo de la razón técnica, encuentra su perfecto complemento en su aparente contrario: el ideal cuasi-místico de purificación mercantil. Así, la dimensión mística de Milei no es un agregado accesorio a defensa del capitalismo: son dos caras de una metafísica de lo absoluto que reacciona con destrucción sádica contra todo resto, todo exceso, todo lo que se afirme como un fin en sí mismo —sean fiestas o derechos— que interrumpa la reproducción de los valores del mercado.

 

*Aarón Attias Basso es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires y Tomás Ramos Mejía es doctor en Filosofía por la Universidad de Salamanca.

por Aarón Attias Basso y Tomás Ramos Mejía

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