Berlín, febrero de 2026, la capital de la cuarta economía del mundo está paralizada. El aeropuerto internacional cierra sus pistas por hielo. En las calles, las ambulancias no dan abasto; y los servicios de traumatología operan al límite, saturados de ciudadanos con caderas rotas, muñecas fracturadas y conmociones cerebrales. Son, en su mayoría, ancianos. Gente que construyó este país y que hoy yace en camillas de pasillo porque el Estado decidió que sus huesos valen menos que las raíces de un árbol.
Alemania, el motor económico de Europa, se engripa por un sabotaje ideológico. La crisis del hielo en Berlín es el síntoma visible de una enfermedad que devora al continente. El ambientalismo convertido en dogma religioso, donde el “futuro del planeta” justifica el sufrimiento concreto del presente humano.
La tiranía de la pureza
La prohibición del uso de sal en las aceras berlinesas no es una simple medida de gestión urbana; es una declaración de principios morales que roza el fanatismo. La administración, capturada por la narrativa verde, argumenta que la sal daña a los tilos, esos famosos Linden de Berlín, y altera la química de los acuíferos. Existen alternativas como la gravilla, la arena o compuestos de acetato. Pero su aplicación es insuficiente, su coste mayor, y su efectividad limitada frente a las heladas severas. El resultado práctico son aceras convertidas en pistas de hielo.
La ecuación es escalofriante en su simplicidad, porque para preservar la salud vegetal de la ciudad, se sacrifica la integridad física de sus habitantes más vulnerables. Cuando un Estado le dice a una anciana de 80 años que debe caminar “como un pingüino” sobre el hielo, un consejo oficial real del gobierno berlinés, no es una sátira; y ante el conocimiento de que un resbalón puede ser una sentencia de muerte, o que la alternativa es quedarse prisionera en su casa, estamos ante una ruptura del contrato social en su forma más básica, porque se renuncia al deber la protección a quienes no pueden protegerse solos.
Y aquí es donde resulta imposible ignorar un esquema cultural. Alemania tiene una relación particular con el idealismo absoluto. Es una cultura que produjo algunas de las cumbres más altas del pensamiento humano, pero también demostró lo que ocurre cuando una idea abstracta se eleva por encima del ser humano de carne y hueso.
Sería obsceno comparar la prohibición de sal con los horrores del siglo XX Pero sí se trata de identificar un mecanismo recurrente en la disposición a subordinar el bienestar del individuo concreto a un proyecto ideológico considerado moralmente superior. El filósofo que deja morir de hambre a su familia por perseguir la verdad absoluta no es un asesino, pero tampoco es inocente.
La pureza que hoy se persigue no es racial ni política, es ecológica. Pero la mecánica es inquietantemente familiar, con un objetivo declarado incuestionable, una burocracia que ejecuta sin reflexionar, y una población vulnerable que paga el precio mientras la clase dirigente se felicita por su virtud moral.
¿Con qué derecho se condena a los ancianos a elegir entre el riesgo de fractura y el aislamiento, para proteger un árbol? No es maldad; es algo casi peor, porque es indiferencia revestida de buena conciencia.
El suicidio energético
Este desprecio por la realidad práctica no se limita a las aceras heladas. Es el mismo pensamiento mágico que desmanteló la seguridad energética de Alemania. La Energiewende, es decir la célebre transición energética, se reveló como uno de los experimentos de política pública más costosos y contraproducentes de la historia europea reciente.
Alemania apagó sus últimas centrales nucleares en abril de 2023, eliminando la fuente de energía más densa, estable y de menores emisiones de CO₂ disponible. Lo hizo por un compromiso ideológico heredado del movimiento antinuclear de los años 80, transformado en artículo de fe por los Verdes. La promesa era que las renovables llenarían el vacío, sin embargo no lo hicieron hasta ahora.
Los números son implacables. Así, los hogares alemanes pagan los precios de electricidad más altos de Europa. La industria pesada, la columna vertebral del modelo exportador alemán, relocaliza producción fuera del país por costes energéticos inasumibles.
BASF, el gigante químico, recortó operaciones en Ludwigshafen, su sede histórica. Y en una ironía que avergüenza a cualquier defensor de esta política, el país tuvo que aumentar su dependencia del carbón y del gas natural para compensar la intermitencia de eólica y solar. Las emisiones que supuestamente iban a eliminarse cambiaron de fuente.
Al destruir su base energética, Alemania arrastra a toda Europa también. Si el motor industrial alemán se detiene, las cadenas de suministro continentales se fracturan. Y se detiene porque sus líderes decidieron que la coherencia ideológica importa más que la física, la economía y la vida cotidiana de millones de personas.
La reacción que nadie quiere entender
No es casualidad que Alternativa para Alemania (AfD) consolide su posición como fuerza política de primer orden. Los partidos tradicionales y los analistas biempensantes insisten en explicar este fenómeno como un brote de irracionalidad populista, como si los votantes fueran niños confundidos que necesitan ser reeducados.
La realidad es más incómoda, ya que con el auge de la llamada “ultraderecha” se encuentra, en gran medida, un mecanismo de defensa. Este es torpe, imperfecto, a veces peligroso en sí mismo, pero comprensible. La gente no vota extremismo por capricho, sino que opta por quien promete terminar con lo que percibe como una locura institucionalizada.
Cuando el ciudadano común ve que su gobierno se preocupa más por el bienestar de un bosque que por el de su madre tras romperse la cadera en la esquina de su casa; y ve que su factura de luz se triplica para “salvar el clima” mientras las grandes potencias industriales del planeta expanden su consumo de combustibles fósiles sin pestañear, la indignación no es irracional. Es la respuesta lógica de quien siente que el contrato social ha sido traicionado.
Los mismos que crearon las condiciones para AfD son los que ahora se escandalizan por su existencia.
El idealismo que devora a sus hijos
Lo que ocurre en Berlín es un problema moral. Hay una forma de crueldad que no requiere maldad, y sólo basta con anteponer una abstracción al ser humano que tienes delante. Basta con construir un sistema donde la compasión por el individuo concreto se disuelve en la grandiosidad del proyecto colectivo. Alemania no es el único país susceptible a esta tentación, pero su historia demuestra, con una claridad que debería servir de advertencia permanente, hasta dónde puede llegar una sociedad brillante cuando pierde de vista a la persona.
Hoy nadie termina encarcelado por cuestionar la política energética, pero se encierra a los ancianos en sus casas por miedo a morir en una acera congelada. Se asfixia a la industria en nombre de metas climáticas que el propio país no puede cumplir; y así se sacrifica el presente tangible en el altar de un futuro hipotético. Entre tanto, se descalifica como extremista a quien se atreve a señalar que el emperador está desnudo.
Los tilos de Berlín sobrevivirán al invierno, sin embargo, la pregunta es cuántos de sus ancianos lo harán. Y si la sociedad europea sobrevivirá a la arrogancia de quienes, convencidos de su superioridad moral, olvidaron que la primera obligación de un gobierno es proteger a los vivos, no a las ideas.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
















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