Thursday 16 de April, 2026

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La excomunión que nunca llegó: el Vaticano frente al Holocausto y la guerra de Irán

El choque entre el Papa y Trump expone una disputa donde la fe se vuelve herramienta política en plena guerra en Irán.

El 13 de abril de 2026, el papa León XIV declaró ante los periodistas que viajaban con él hacia Argelia que no teme a la administración Trump y que sus llamados a la paz están fundados en el mensaje de los Evangelios. Dos días antes, desde el altar de San Pedro, había dicho que Dios no bendice ningún conflicto y que quien sigue a Cristo nunca está del lado de los que lanzan bombas. El presidente Trump respondió en redes sociales llamándolo débil y terrible para la política exterior. Sin embargo, el papa no cedió.

La escena tiene una gramática conocida. Dos hombres invocan a Dios para justificar posiciones opuestas sobre la misma guerra. Trump dijo que la deidad aprueba las operaciones militares en Irán porque Dios es bueno. El secretario de Defensa Pete Hegseth llamó a orar por la victoria en el nombre de Jesucristo. León XIV respondió con Isaías: “Dios no escucha las oraciones de quienes tienen las manos llenas de sangre”. Los mulás de Teherán, por su parte, llevan décadas invocando a Alá para justificar sus propias guerras. Cuando las conversaciones políticas adoptan el lenguaje de lo sagrado, el mapa deja de ser geopolítico y se convierte en teológico, es decir, sin árbitros neutrales.

El problema con León XIV no es su mensaje de paz, sino la autoridad moral desde la cual lo pronuncia.

La Iglesia Católica tiene una relación con la guerra que sus propios documentos no pueden ocultar. Las Cruzadas fueron guerras promovidas por el papado con promesas de salvación eterna para los combatientes. La Inquisición fue un aparato institucional de terror administrado por la misma Iglesia que hoy condena la violencia de Estado. El Concordato de 1933, firmado por Eugenio Pacelli como secretario de Estado vaticano, le otorgó legitimidad internacional al régimen de Hitler en un momento en que esa legitimidad era todavía disputada. Ese mismo Pacelli se convirtió en Pío XII en 1939.

Lo que ocurrió entre 1939 y 1945 bajo el pontificado de Pío XII es el antecedente que más pesa sobre cualquier declaración vaticana de neutralidad moral. Los archivos del Vaticano, parcialmente abiertos en 2020, confirman que Pío XII supo de la matanza masiva de judíos en el otoño de 1942. Ante el gobierno de Estados Unidos, el Vaticano declaró que era incapaz de confirmar esas noticias. En diciembre de ese mismo año, Pío XII se negó a firmar la declaración aliada que condenaba el exterminio. Cuando los judíos de Roma fueron deportados a Auschwitz, el papa no intervino. No pronunció condena pública, omitió hablar de las víctimas y tampoco condenó a los verdugos.

Sin embargo, Pío XII tenía un instrumento que usó con precisión quirúrgica cuando sus intereses institucionales lo requirieron. En 1949, cuatro años después del fin de la guerra, amenazó con la excomunión a todo católico italiano que votara al Partido Comunista en las elecciones de ese año. La excomunión existía y funcionaba. El Vaticano lo sabía al tiempo que más de un tercio del ejército alemán que ejecutó el Holocausto era en su mayoría seguía a Roma. Una declaración papal de excomunión para todo católico que participara en la matanza de judíos habría tenido consecuencias reales sobre hombres que todavía creían en el infierno. Sin embargo, Pío XII eligió no usarla. En cambio la empleó para proteger la influencia territorial de la Iglesia en Italia.

Sobre los casos de judíos salvados por instituciones eclesiásticas, el registro histórico exige precisión. Cabe destacar que no hay órdenes del Vaticano que documenten una política de rescate. Los casos reales y verificados de salvamento fueron en su mayoría iniciativas individuales que el Vaticano no ordenó ni coordinó. El caso más honesto y mejor documentado es el de Angelo Roncalli, entonces nuncio en Turquía, el futuro Juan XXIII, que falsificó certificados de bautismo para salvar judíos. Lo mismo hizo el arzobispo Damaskinos en Atenas.

Ambos actuaron a pesar del Vaticano, no en su nombre. En contraste, muchos de los niños judíos que encontraron refugio en conventos e instituciones católicas fueron bautizados durante su estancia. Llamar a eso salvar judíos es una distorsión que confunde la supervivencia física con la preservación de la identidad. Uno de los cardenales más prominentes de Francia en el siglo XX nació Aaron Lustiger en París, hijo de judíos polacos. Sobrevivió y murió como cardenal católico. Sin embargo, el Vaticano cuenta esa historia como un rescate.

León XIV no es Pío XII. Es un hombre distinto en circunstancias distintas y su llamado a la paz en la guerra de Irán puede ser sincero. Pero la institución que representa tiene un patrón de conducta que el análisis político no puede ignorar. Y este muestra una institución que invoca principios universales con una selectividad que responde a intereses concretos.

León XIV condenó la amenaza de Trump de destruir la civilización iraní. Calificó esa retórica de inaceptable. Sin embargo, no dedicó décadas de homilías dominicales a condenar con igual energía las amenazas iraníes de aniquilar el Estado de Israel. Estas son parte del registro público de ese régimen desde 1979. No respondió a la masacre del 7 de octubre de 2023 con la misma urgencia con que respondió a los bombardeos sobre Teherán. La asimetría existe y merece ser nombrada.

El papa habla en nombre de los Evangelios. Los ayatolás hablan en nombre del Islam. La administración Trump habla en nombre de Jesucristo. Todos invocan lo sagrado para justificar lo que ya decidieron por razones que nada tienen de sacras. La diferencia es que el papa pide que otros detengan su guerra mientras la historia de su propia institución registra guerras, silencios y complicidades que ningún comunicado de prensa puede borrar.

Analizar al Vaticano como actor político no es un acto de anticlericalismo, es coherencia. Una institución que firmó concordatos con Mussolini y Hitler, que guardó silencio ante el Holocausto y que usó la excomunión para ganar elecciones en Italia pero no para salvar vidas en Europa, no habla desde una posición de autoridad moral neutral. Expresa una posición de poder con historia que es parte del argumento.

Pío XII dijo en 1939, en el umbral de la guerra, que nada se pierde con la paz, todo puede perderse con la guerra. La frase es bella, pero cuando seis millones de judíos, gitanos, comunistas y homosexuales murieron en los campos, ese papa la repetía en silencio.

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Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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Mookie Tenembaum

Mookie Tenembaum

Analista internacional, autor de Desilusionismo.

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