Friday 24 de April, 2026

OPINIóN | Ayer 20:30

La Argentina en un mundo nuevo

El alineamiento irrestricto de Milei con Estados Unidos e Israel en el conflicto en Medio Oriente es una decisión de doble filo. Geopolítica y pensamiento místico.

Con rapidez previsible pero para muchos sorprendente, el orden mundial que siguió a la implosión de la Unión Soviética está derrumbándose. Debilitado internamente por el cansancio cultural de los pueblos que lo sostienen, se ve amenazado por el colapso casi universal de la tasa de natalidad, por la inmigración de millones de personas desde zonas pobres de Asia, África y América latina que esperan entrar en países relativamente ricos que, uno tras otro, están cerrándoles las puertas además, claro está, por el expansionismo neo-zarista de la Rusia de Vladimir Putin, la creciente agresividad yihadista y el desafío económico planteado por China.

También está motivando cada vez más preocupación el impacto del desarrollo tecnológico, en especial de la inteligencia artificial, que según los más optimistas -o pesimistas- está por encargarse de una multitud de tareas bien remuneradas, privando a quienes las desempeñan de sus empleos y, lo que en términos políticos es aún más importante, de su lugar en la sociedad. Huelga decir que el clima de incertidumbre así generado no augura nada bueno. Por el contrario, al favorecer a demagogos de todo tipo, asegura que la transición que está en marcha sea tumultuosa. A menos que tengamos mucha suerte, podría ser catastrófica.

Con todo, para la Argentina que, como es notorio, no supo aprovechar las oportunidades que le proporcionaba la época que está acercándose a su fin, las perspectivas abiertas por los cambios que están en marcha podrían ser positivas. Por fortuna, ya se ha transformado en un país exportador de petróleo y gas; aun cuando se restaure pronto el tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz, los europeos y asiáticos querrán contar con fuentes de energía alternativas en partes del mundo menos peligrosas que el Oriente Medio. Asimismo, el país posee “tierras raras” valiosas que no están bajo el control de China. Siempre y cuando sus gobernantes logren hacer viable la economía nacional y mejoren sustancialmente el sistema educativo, la Argentina cuenta con recursos materiales suficientes como para convertirse en un polo de crecimiento significante.

¿Lo entiende Javier Miel? Parecería que sí. Si bien es un maniqueo nato que ve todo en blanco y negro al que no le gustan para nada los matices que a su entender sólo sirven para socavar la voluntad de los soldados del bien en su lucha eterna contra las huestes del mal, apuesta a que las reformas estructurales que está impulsando sirva para asegurar que el país sea internacionalmente competitivo en los años próximos. También se habrá dado cuenta que, al brindar una impresión de claridad, su forma lineal de pensar lo ha ayudado a dominar el escenario nacional y tener cierta repercusión en el resto del mundo.

Para Milei, problemas que otros encuentran terriblemente complejos son en verdad muy sencillos. Su estrategia económica se inspira en la convicción de que no hay ninguna alternativa viable al mercado libre y que por lo tanto hay que respetar a rajatabla lo que le dice. En cuanto a la política exterior, en su opinión tiene que basarse en una alianza férrea con Estados Unidos e Israel, dos potencias que a su juicio y el de otros son las únicas que están resueltas a defender la civilización occidental que se ve amenazada no sólo por sus muchos enemigos externos sino también por la rebelión interna que está fomentando la nueva izquierda woke que ha hecho de la autocompasión colectiva un arma ideológica potente.

Puede que Milei, convencido como está de que la larga decadencia nacional se debió en gran medida al intento, ensayado por Juan Domingo Perón, de desacoplar al país de Estados Unidos y sus aliados en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, no se haya equivocado, pero eso no quiere decir que los intereses argentinos siempre coincidirán con los de sus socios predilectos. Si bien es probable que Estados Unidos siga siendo por mucho tiempo el país más poderoso y económicamente dinámico del mundo y que Israel se consolide como un hegemón regional, cuando de la evolución de la geopolítica en las décadas próximas se trata, no hay nada escrito.

Sea como fuere, aunque por razones demográficas las perspectivas a largo plazo de China distan de ser tan promisorias como creen los persuadidos de que el Reino del Medio está destinado a reemplazar a Estados Unidos para que dentro de poco el orden internacional gire en torno a Beijing, es de prever que su influencia crezca en los años próximos, de suerte que al país le convendría procurar sacar provecho de las oportunidades comerciales que a buen seguro surgirán.   

Por supuesto, el que la política exterior de Milei dependa demasiado de su relación personal con Donald Trump y Benjamín Netanyahu, dos mandatarios que están en apuros en sus propios países, es motivo de preocupación. Si, como muchos prevén, los demócratas estadounidenses logran superar a los republicanos en las elecciones legislativas de noviembre, Trump se verá convertido en lo que sus compatriotas llaman un “pato rengo” cuyas iniciativas se verán sistemáticamente frustradas; no extrañaría del todo que en tal caso los demócratas más vengativos quisieran castigar a Milei por haberse identificado tan efusivamente con el magnate.

Mucho dependerá del desenlace de la guerra que Estados Unidos está librando contra el régimen terrorista de los ayatolas iraníes que, al bloquear el tránsito de petróleo, gas y productos afines por el Estrecho de Ormuz, se las ha arreglado para asestar un golpe muy duro a la economía internacional que, para sorpresa de Trump, ya ha tenido consecuencias negativas para la norteamericana al hacer subir el precio de la nafta en las estaciones de servicio. Los costos políticos para Trump serían menores si explicara mejor las razones por las cuales optó por atacar a Irán, pero en opinión de los muchos que lo odian y rezan para que se vea humillado, sus intentos de hacerlo sólo han servido para sembrar confusión.

Por su parte, Netanyahu está en dificultades por motivos de política interna, entre ellos los supuestos por acusaciones de corrupción y por no haber previsto la invasión sanguinaria de su país por los yihadistas de Hamas el 6 de octubre de 2023 en que murieron más de mil personas y centenares fueron tomadas como rehenes. También lo ha perjudicado la decisión de Trump de ordenarle interrumpir la ofensiva contra la milicia pro-iraní Hezbolá en el Líbano. Por razones evidentes, la mayoría de los israelíes quiere que su ejército la elimine de cuajo, pero con el propósito de prolongar por algunos días el precario cese de fuego con Irán, Trump optó por reconocer que, como insistían los voceros del régimen, Hezbolá y la amplia zona del sur del Líbano en que se ha atrincherado, en efecto pertenecen a la dictadura teocrática.

Como muchos han señalado, las prioridades del presidente estadounidense son distintas de las del primer ministro israelí que, por razones evidentes, no se conformará con un arreglo que deje sobrevivir al régimen iraní actual aunque, en cierto modo, su mera existencia beneficia al Estado Judío al permitirle acercarse a potencias regionales sunitas como Arabia Saudita y los emiratos del Golfo. De transformarse un Irán liberado de los clérigos fanatizados, que todos los días se comprometen a borrar a la “entidad sionista” de la faz de la Tierra, en un país tan pro-israelí como era bajo el Sha Mohammed Reza Pahlevi, la geometría política del Oriente Medio cambiaría por completo.

No es la única región en que los distintos países se ven constreñidos a adaptarse a nuevas circunstancias. También tienen que hacerlo virtualmente todos los demás. Si bien es tentador atribuir la desintegración del viejo orden internacional a la conducta vandálica de Trump, estaba agrietándose bien antes de su regreso a la Casa Blanca merced al resurgimiento meteórico de China y al decaimiento, que a esta altura parece irremediable, de las viejas potencias de Europa. El movimiento encabezado por Trump ha aprovechado el temor a que Estados Unidos termine como Europa que, según los estrategas del oficialismo norteamericano actual, está destruyéndose a sí misma al permitirse ser “invadida” por decenas de millones de personas de actitudes que le son radicalmente ajenas y al despilfarrar una proporción excesiva de sus recursos económicos en programas de bienestar social.

Trump dista de ser el primer mandatario norteamericano a criticar a los gobiernos de los países europeos aún prósperos por su negativa a invertir en su propia defensa porque suponían que los norteamericanos siempre los protegerían de cualquier agresor externo. Los europeos se resistieron a prestar atención a las exhortaciones en tal sentido de los presidentes Barack Obama y Joe Biden, de suerte que fue necesario que alguien disruptivo como Trump tomara medidas concretas para obligarlos a tomar tales advertencias en serio. Con todo, aunque  últimamente los alemanes, franceses y británicos, aguijoneados por Trump, se han comprometido a aumentar radicalmente sus respectivos gastos militares, no les será del todo fácil hacerlo; las economías principales del viejo continente ya están crujiendo bajo el peso de sistemas benefactores creados hace décadas, cuando la realidad demográfica era muy distinta de la actual pero que, por razones electorales, no pueden ser reformados drásticamente para que sean sostenibles.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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