Milei (Temes)

Milei en su laberinto

El Presidente se debate entre su proyecto de reelección y una economía que en la calle no arranca. Los sinsabores del ajuste y el rol de la oposición.

Lo mismo que en tantos otros países, en la Argentina está ampliándose con rapidez alarmante la brecha entre las expectativas a primera vista razonables de la mayoría y una realidad deprimente. Espoleadas por novedades tecnológicas, todas las economías están rehaciéndose, descolocando a muchos que no habían tenido motivos para sentirse inseguros.  Si la Argentina se destaca de los demás países, es que hasta hace poco muchos, incluyendo, desde luego, a Javier Milei, confiaban en que para cerrar la brecha sería más que suficiente tomar una serie de medidas macroeconómicas contundentes que, con la hiperinflación al acecho, parecían perfectamente lógicas.

Por desgracia, ya parece evidente que no será tan sencillo resolver los problemas planteados por la larga decadencia económica del país. Si bien dominar la inflación, aferrarse al equilibrio fiscal e impulsar el crecimiento de sectores extractivos que gobiernos anteriores habían pasado por alto han servido para reducir el riesgo de que la Argentina sufra un nuevo cataclismo financiero, no han ocasionado el rebote inmediato de la actividad económica que algunos optimistas habían pronosticado. Antes bien, los éxitos macroeconómicos han provocado malestar al contribuir a brindar la impresión de que al gobierno le importan más los números que el bienestar de la gente. ¿Se trata de una fase pasajera? Los libertarios y sus socios coyunturales rezan para que sea así, pero no hay señales de que la tan añorada recuperación “en V” esté a punto de producirse.  

He aquí una razón por la que la estrella de Javier Milei está apagándose. Otra es su conducta cada vez más irascible. La incontinencia verbal del personaje en torno al cual ha girado la política nacional durante los tres años últimos, y su incapacidad para dialogar sensatamente con quienes no comparten absolutamente todas sus opiniones, parecen propias de un hombre que se siente perdido.

Por cierto, los reiterados estallidos de ira a los que Milei nos tiene acostumbrados distan de brindar una impresión de fortaleza anímica. Por el contrario hacen sospechar que el país está en manos de un hombre que ya se sabe derrotado. Tampoco han impresionado positivamente sus esfuerzos recientes por dar una dimensión religiosa a su proyecto económico, como si lo creyera parte de un plan divino en que le ha tocado cumplir el papel de un gran ayatolá.  

De más está decir que hay mucho más en juego que el psicodrama de una persona determinada. Por ser la Argentina tan exageradamente presidencialista, el destino de sus habitantes depende mucho del desempeño del ocupante de turno de la Casa Rosada. Las manías esotéricas de Milei y la fascinación enfermiza que manifiesta por todo lo relacionado con lo excremental son síntomas de un mal que de una manera u otra afecta a la sociedad en su conjunto. Por un rato, era legítimo celebrar la voluntad de una proporción sustancial del electorado de soportar las excentricidades a menudo estrafalarias de un primer mandatario resuelto a obligarlo a reconocer que es irracional suponer que sea posible vivir por encima de los medios disponibles, pero puesto que parecería que la mayoría ya lo ha aprendido, el mérito principal –algunos dirían, el único– de Milei ha dejado de ser tan importante.

Por supuesto, el panorama frente al país sería otro si los partidarios de reformas estructurales orientadas a sanear las cuentas financieras y librar la economía del corporativismo asfixiante que siempre la ha caracterizado estuvieran en condiciones de construir una versión ampliada del improvisado régimen libertario que en buena medida está conformado por personas decididas a sacar provecho de la popularidad de Milei. En teoría, deberían poder hacerlo, pero la resistencia de integrantes de la Libertad Avanza, comenzando con la hegemónica Karina Milei, a compartir sus “conquistas” con otros sigue causando problemas, lo que hace temer que los convencidos de que sería un error fatal reincidir en el populismo no lograrán formar un frente unido antes de las elecciones presidenciales del año que viene que, huelga decirlo, distarán de ser un paseo para el oficialismo.

Aunque hay motivos para creer que el grueso de la población no tiene interés en regresar al país agitado de los años kirchneristas, están intensificándose las presiones a favor de algo parecido a un “plan platita” que sirviera para ayudar a la multitud de endeudados que están en mora.  De acuerdo común, el fenómeno que, en vísperas de la visita del Papa León XIV, la Iglesia Católica está procurando aprovechar, es consecuencia de los esfuerzos comprensibles de una gran cantidad de personas de conservar el nivel de vida que habían alcanzado antes de la llegada de Milei, cuando las circunstancias económicas eran distintas.

También han motivado indignación las tasas de interés leoninas exigidas por algunas entidades prestamistas. Mientras que Milei insiste en que el Estado no debería intervenir porque es una cuestión de arreglos entre privados, aquellos que entienden que al gobierno le corresponde solucionar casi todos los problemas de la gente ven en el asunto una oportunidad para forzarlo a cambiar de postura.

Por desgracia, aun cuando Milei y el ministro de Economía Luis Caputo se sintieran tentados a rescatar a los morosos, no les sería nada fácil hacerlo sin aprobar una transferencia masiva de recursos de un sector a otro que pondría en riesgo el proyecto socioeconómico que están impulsando. Aunque no cabe duda de que el problema se ha visto agravado por la proliferación de billeteras electrónicas, otros medios de pago y por lo fácil que les es a los prestamistas engañar a sus clientes para que no se den cuenta de los costos que tendrían que enfrentar, en el fondo la situación que se ha creado es resultado de la caída notable del poder de compra de buena parte de la población del país; así las cosas, se prolongará hasta que se hayan recuperado los ingresos de los millones de personas que han perdido terreno en los años últimos.  

Con cierta frecuencia, los preocupados por lo que están ocurriendo nos recuerdan que durante mucho tiempo buena parte de la población aspiraba al ascenso social. Claro, por tratarse de algo relativo, el avance de algunos significaría el retroceso de otros, pero pocos se preocupaban por tal detalle. La idea era que virtualmente todos los habitantes de la Argentina, con la excepción de un puñado de oligarcas y algunos pobres, conformarían una clase media más interesada en prosperar económicamente que en cualquier otra cosa. Es ésta la tesis de analistas como Guillermo Oliveto que, en un artículo muy interesante en La Nación, aludió al temor de muchos de descender en la escala social.

Parecería que en la Argentina, la ubicación de uno en la pirámide así supuesta depende por completo del ingreso familiar, de suerte que la pérdida de un peso mensual bastaría para hacer de uno integrante de una clase más baja. En otros países en que es habitual privilegiar actitudes culturales y hasta la forma de hablar, no es así; uno puede ser un pobre de solemnidad sin por eso dejar de ser miembro de la clase alta, algo que sería inalcanzable para un nuevo rico multimillonario. En tales países, el poder de “don Dinero” tiene sus límites.

Ahora bien, el intento de Milei y sus aliados de transformar radicalmente las estructuras socioeconómicas del país se inició justo cuando en el resto del mundo los “modelos” habitualmente considerados más exitosos entraban en crisis. No sólo se trataba de lo difícil que es en sociedades democráticas impedir que el gasto social aumente hasta hacerse insostenible, sino también de trastornos provocados por el acelerado desarrollo tecnológico.  

Tanto en Estados Unidos como en los países más ricos de Europa, son cada vez más los convencidos de que el sistema vigente tiene los días contados, aunque nadie parece saber muy bien cómo reemplazarlo por otro menos precario. Sea como fuere, el nerviosismo resultante está perjudicando a la Argentina. En agosto, el riesgo país subió casi el veinte por ciento no sólo por temor a una eventual recaída en el populismo rudimentario sino también por el nerviosismo que está sacudiendo los mercados internacionales ocasionado por  la probabilidad de que, dentro de poco, la Reserva Federal estadounidense, preocupada como está por las presiones inflacionarias, adopte una política monetaria mucho más dura.

Mal que les pese a muchos gobiernos actuales, en todas partes se ven acusados de provocar situaciones que se deben ya a lo que está ocurriendo en el exterior, ya a errores de omisión o comisión cometidos por quienes estuvieron en el poder años e incluso décadas antes. Por algunos meses pueden señalarlo sin que nadie les acuse de echar a otros la culpa por los errores propios, pero muy pronto llegará la hora en que las afirmaciones en tal sentido motivan repudio. Es lo que sucedió aquí durante la gestión de Mauricio Macri. Aunque un sector importante del electorado sigue resistiéndose a atribuir el estado nada satisfactorio de su parte de la economía nacional a Milei, a juzgar por las encuestas muchos ya están dejando de confiar en “el rumbo” que ha tomado. Felizmente para el presidente, pero no necesariamente para el país, hasta ahora ninguna agrupación política ha logrado ofrecerles una alternativa que sea claramente más esperanzadora.

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