En los últimos meses, el mundo ha sido testigo de una cantidad insólita de desastres naturales: incendios forestales que arrasan zonas extensas en Europa y América del Norte, terremotos en Venezuela, Colombia, España y Japón, además de una epidemia de ébola en África Central. Nuestros antepasados habrían interpretado tales sucesos como presagios de graves calamidades -guerras, hambrunas y convulsiones sociales- que se avecinaban. Si bien sabemos que pensar así es absurdo, no cabe duda de que los fenómenos naturales inciden en el estado de ánimo de la gente.
Llueven sobre mojado. Hoy en día, resulta casi palpable entre los jóvenes una sensación de inquietud ante el futuro; asumen como un hecho indiscutible que pocos disfrutarán de un nivel de vida comparable al de la generación anterior. Algunos temen que la civilización en la que crecieron esté agotándose, ya sea por influencia de quienes predican que la occidental ha sido siempre una empresa racista y por lo tanto criminal, o bien por el desaliento que les produce ver cómo la mayoría de sus coetáneos no se atreve a contradecir tales afirmaciones.
Un síntoma de este mal, para el cual nadie ha hallado cura, es el llamativo descenso de la tasa de natalidad; si esta tendencia no se revierte pronto, el género humano se extinguirá. Otro síntoma es la persistencia de problemas económicos cuya solución parece inalcanzable. Para agravar la situación, se ha recordado a los europeos que sus países han perdido la capacidad de defenderse frente a agresores extranjeros; cabe preguntarse cómo reaccionarían los franceses, alemanes o británicos ante una hipotética invasión. A juzgar por los resultados de algunas encuetas, sólo una minoría optaría por luchar.
Asimismo, si bien instituciones como el Fondo Monetario Internacional se esfuerzan por mantener una postura optimista frente a las perspectivas ante la economía mundial, no faltan motivos para temer que esté por entrar en una etapa muy agitada. Uno tiene que ver con la deuda pública estadounidense, que ya supera los 40 billones -“trillones” en el inglés norteamericano- de dólares, y acaba de alcanzar el 124% del producto bruto anual. Todo hace prever que siga creciendo a gran velocidad. Si bien el secretario del Tesoro Scott Bessent dice que sólo es cuestión de un número sin demasiada importancia, algunos piensan que en cualquier momento el país más rico del planeta podría verse envuelto en una crisis financiera gigantesca que, desde luego, tendría consecuencias internacionales devastadoras. Y para complicar aún más el panorama, la semana pasada Donald Trump inició una guerra comercial contra Canadá porque su primer ministro, Mark Carney, se negó a dejarse intimidar por la prepotencia insultante del presidente estadounidense,
De desatarse una gran tormenta financiera, los países más vulnerables serían los de Europa que, como Estados Unidos, están endeudados hasta el cuello. En Italia, alcanza el 137% del PBI, en Francia, el 116% y en el Reino Unido el 100%. Si bien todos saben que la deuda de su país ya ha llegado a un nivel demasiado alto, los gobiernos no pueden empezar a reducirla por razones políticas que califican de humanitarias. No extraña, pues, que muchos especialistas en la materia hayan llegado a la conclusión de que, dentro de muy poco, tales países se verán atacados por los mercados. Para que la situación que enfrentan sea aún más grave, Alemania, “la locomotora” de la Unión Europea, se ha debilitado tanto últimamente que no estará en condiciones de ayudar mucho a sus socios,
La posibilidad o, los pesimistas dirían, probabilidad de que le economía mundial esté en vísperas de una “corrección” drástica dista de ser el único peligro que están motivando alarma entre los preocupados por lo que podría suceder en los meses próximos. Otro está planteado por los designios imperialistas de Rusia que, además de verse en graves apuros económicos a causa del abultado gasto militar y las sanciones occidentales, está perdiendo la guerra que está librando contra Ucrania, lo que entraña el riesgo de que Vladimir Putin opte por ampliarla atacando a un miembro de la OTAN, acaso por suponer que le sería menos humillante ser derrotado por la alianza occidental en su conjunto que por un país vecino de dimensiones relativamente modestas gobernado por un hombre, Volodymyr Zelensky, que dice despreciar. Sea como fuere, abundan las señales de que la Federación Rusa podría estar acercándose a una debacle geopolítica equiparable con la que acompañó la caída del imperio soviético.
Igualmente ominoso es lo que está ocurriendo en el Oriente Medio, donde la incapacidad de Trump de doblegar a la República Islámica de Irán que, merced al bloqueo del Estrecho de Ormuz, está causando daños severos a la economía internacional, está desprestigiando al país responsable de defender el “orden basado en reglas” que supuestamente sigue rigiendo en el mundo. Aunque Trump cuenta con el poder militar suficiente como para destruir el régimen yihadista que nunca ha ocultado su voluntad de no sólo aniquilar al “ente sionista”, Israel, sino de también socavar para entonces reemplazar a la impiadosa civilización occidental, es reacio a usarlo porque en tal caso las fuerzas norteamericanas podrían sufrir bajas cuantiosas. He aquí la razón por la que es de suponer que, hasta las elecciones legislativas del 3 de noviembre, Estados Unidos se limitará a aplicar presiones económicas con la esperanza de que el pueblo iraní se alce en rebelión contra los islamistas fanatizados y sus colaboradores que los han gobernado desde hace casi medio siglo.
Para ensombrecer aún más el panorama, en todos los países democráticos está intensificándose la conflictividad política. Al difundirse la sensación de que han fracasado los arreglos moderados, “centristas” que durante algunas décadas eran normales, son cada vez más los tentados por los extremos, sean éstos versiones del “etnonacionalismo” en Europa o, entre los progresistas norteamericanos, el socialismo con una fuerte dosis de antisemitismo.
El desconcierto que tantos sienten puede comprenderse. Por un lado están los directamente perjudicados por la inmigración masiva de personas, por lo común sin calificaciones laborales, procedentes de sociedades de costumbres y actitudes que son radicalmente distintas de las propias, por el otro están los productos de un sistema educativo deficiente que les ha suministrado diplomas que, en el mundo real, valen muy poco. El resultado de todo esto ha sido una lucha de clases en que los “proletarios” se ha visto consignados a “la derecha”, y una proporción sustancial de los relativamente acomodados se ubican en “la izquierda”.
Las perspectivas frente a la mayoría de los egresados universitarios que, como es natural, confiaban en verse incorporados a las elites de sus países respectivos, se han visto oscurecidas por el desarrollo de la Inteligencia Artificial que, según sus promotores, está por eliminar un sinfín de empleos aptos para quienes están buscando trabajo por primera vez con la esperanza de emular a sus precursores de generaciones anteriores que lograron subir hasta posiciones deseables y bien remunerados.
Mal que les pese, en Estados Unidos y otros países, centenares de miles de jóvenes y ya no tan jóvenes que pagaron montos abultados para estudiar en universidades prestigiosas, son víctimas de la llamada “sobreproducción de elites”, un fenómeno que siempre ha tenido un efecto político negativo al hacer crecer la proporción de personas talentosas que tienen motivos de sobra para oponerse al sistema vigente. Así las cosas, los habitantes de los países avanzados no estarán en condiciones de soportar con ecuanimidad las tensiones que ocasionaría una gran crisis socioeconómica. Antes bien, muchos serían proclives a reaccionar de manera violenta. El que ya sea frecuente oír hablar de guerras civiles por venir está contribuyendo al clima de aprensión que está propagándose por el hemisferio occidental, Europa y el resto del mundo.
Puede que, en el corto plazo, el país más beneficiado por la pérdida de confianza de los occidentales en su propio futuro sea China, pero sucede que la combinación de totalitarismo político y dinamismo capitalista adoptada por Xi Jinping y sus adláteres no es inmune a los males que están causando tantos problemas en el Occidente. Es que en todas partes el progreso económico, que hoy en día suele verse impulsado por innovaciones tecnológicas, tiene efectos perversos. Uno es demográfico. Al reducirse drásticamente el valor relativo de la fuerza física, se multiplicaron las oportunidades laborales para las mujeres que, lo mismo que sus congéneres en otros países, propenderían a tener menos hijos que las de antes, de ahí el colapso de la tasa de natalidad que, en China, ha sido casi tan vertiginoso como en Corea del Sur, un país que, para desesperación de sus gobernantes, parece resuelto a vaciarse. ¿Podría compartir tal destino en Reino del Medio? Aun cuando en los años próximos China lograra dotarse de la economía más grande del planeta, para consolidarse como la superpotencia de turno tendría que superar el imponente desafío demográfico que enfrenta, algo que, a juzgar por más de dos mil años de experiencia internacional, le sería extraordinariamente difícil.














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