Milei (Temes)
Milei en un mundo a punto de estallar
Los temores que la crisis en Francia despierta entre los libertarios. Guerra santa con los musulmanes y rebelión estudiantil.
La Argentina no es, ni mucho menos, el único país en el que causas consideradas “legítimas” son instrumentalizadas por matones y extremistas de diversa índole. En Europa, lo que comenzó como una protesta menor de adolescentes frente a un edificio escolar deteriorado y plagado de ratas, en un barrio deprimido de París, se transformó rápidamente en una intifada, una sublevación en gran escala, contra la República Francesa, para luego propagarse como la pólvora por Bélgica e Italia.
Ante la extrema violencia desplegada por los alborotadores, que convirtieron París, Marsella y otras ciudades en zonas de guerra que recordaban a Beirut, los angustiados por lo que sucedía pronto llegaron a la conclusión de que seguir atribuyendo los disturbios únicamente al elevado coste de la vida o a las carencias del sistema educativo carecía de sentido. Más bien, lo interpretaron como una ofensiva de la “alianza rojo-verde” conformada por extremistas de izquierda e islamistas contra todo lo que representa la civilización occidental. Señalaron que, mientras en Marsella fueron saqueados numerosos negocios, presuntamente propiedad de cristianos y judíos, los pertenecientes a musulmanes permanecieron intactos y ninguna mezquita fue incendiada.
Aun así, no cabe duda de que los factores económicos contribuyeron de manera significativa al estallido de furia nihilista que provocó tanta destrucción el pasado fin de semana; un episodio que, según temen muchos, podría ser solo el comienzo de algo parecido a una guerra civil. Sucede que gran parte de Europa ha contraído lo que podría llamarse la “enfermedad argentina”: la creencia, profundamente arraigada y extendida, de que la sociedad tiene pleno derecho a vivir muy por encima de sus posibilidades colectivas. Pues bien, más pronto que tarde, Europa se verá sometida a una versión del “remedio argentino”. Hasta ahora, sucesivos gobiernos franceses han intentado apaciguar a los descontentos con variantes locales del “plan platita” kirchnerista, pero es de prever que, tarde o temprano, Francia y otros países europeos prueben suerte con una versión de la “motosierra” de Javier Milei, aunque su aplicación podría correr a cargo de administraciones aparentemente de izquierdas. La mayoría de los habitantes de Francia, Italia y el Reino Unido son conscientes de que algo así se avecina. No es de extrañar que sientan temor.
Como sigue dejando claro, de manera poco grata, el comportamiento del índice de riesgo país, “los mercados” creen que el experimento de Milei podría fracasar y que es probable que la Argentina vuelva a sus viejas andadas. Podrían estar equivocados. Por extraño que parezca, en este momento la Argentina se encuentra en una situación mucho mejor que la mayoría de los países europeos, ya que, a diferencia de ellos, posee abundantes recursos naturales insuficientemente explotados que podrían generar rápidamente grandes sumas de dinero, lo que facilitaría la reestructuración de la economía que es necesaria para qué sea competitiva a nivel internacional en un mundo implacable, haciendo que el proceso sea menos doloroso de lo que, de otro modo, resultaría. Aunque, claro está, también existe el riesgo de que demasiadas personas se acostumbren a depender de la generosidad del Estado.
Otra ventaja es que gran parte de la población parece comprender que el gasto excesivo es la raíz de muchos de los problemas del país. Esto no ocurre en Francia, donde los intentos de los sucesivos gobiernos por equilibrar el presupuesto se han visto enfrentados por estallidos de agitación social cada vez más alarmantes. Emmanuel Macron no es el primer presidente francés en descubrir que, para la mayoría de sus compatriotas, tomarse las cifras en serio es un crimen contra la humanidad.
Al atribuir a la “ultraizquierda” lo que él y los miembros de su gobierno centrista consideraron un ataque feroz contra la propia Francia, Macron rompió una regla tácita según la cual todos los males de Europa son culpa de la infamia de la extrema derecha. Dada la evidente participación del partido Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon en protestas extraordinariamente violentas, a Macron no le quedó más remedio que, en la práctica, aliarse con Marine Le Pen, quien, según se prevé, será su sucesora en el Palacio del Elíseo. A ojos de muchos, la “ultraizquierda” y los islamistas ya están lanzando advertencias contra el gobierno de derechas que, según dan por sentado, llegará al poder en las elecciones presidenciales del próximo año.
Sea como fuere, por ahora la prioridad de Macron es restablecer, al menos en parte, el orden. Algunos de sus partidarios consideran que, el pasado fin de semana, debería haber declarado la ley marcial para que el ejército patrullara las calles de París y otras grandes ciudades, algo que, según el ministro del Interior, Laurent Nuñez, sucederá pronto. Incluso hay sectores de la derecha que se inspiran en Nayib Bukele, presidente de El Salvador, quien puso fin rápidamente a la violencia de las pandillas encarcelando a un gran número de personas en prisiones especiales y que, al parecer, goza de un índice de aprobación de alrededor del 90 por ciento. Por su parte, la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, ya ha anunciado que desplegará al ejército para mantener el orden en Milán.
Por fortuna para la Argentina, muchos de los elementos que convierten a gran parte de Europa Occidental en una bomba de relojería a punto de estallar no están presentes aquí. El país no ha sido objeto de un ambicioso experimento multicultural que implicara la llegada de millones de personas provenientes de culturas incompatibles. Asimismo, lejos de considerarse una reliquia vergonzosa de un pasado imperialista desastroso, el nacionalismo, con su exaltación de los símbolos patrios, se percibe como algo perfectamente normal. Buena prueba de ello es la políticamente rentable decisión de Miel de reavivar la disputa con el Reino Unido por las islas Malvinas.
No obstante, la Argentina se ha visto tan afectada como Francia, Italia o España por el desplome de la natalidad y el aumento de la esperanza de vida, factores que han contribuido en gran medida al profundo malestar que aqueja a Europa. La masiva transferencia de riqueza entre generaciones derivada de esta situación ayuda a comprender por qué tantos jóvenes suelen repudiar a sus propias sociedades. Se trata de una actitud que tanto la izquierda como los islamistas han fomentado, pero está provocando una reacción. Si bien en la mayoría de los países europeos los menores de treinta años tienden a respaldar posturas “progresistas” y a considerar el Estado-nación como un concepto obsoleto, en Francia, un sector considerable de la población joven se siente atraído por la derecha nacionalista.
Si bien en la Argentina las pasiones nacionalistas no preocupan demasiado, en Europa, una vez desatadas, amenazan con provocar un sinfín de violentos disturbios. En Francia, muchos “casseurs” se agruparon bajo las banderas de Marruecos, Argelia y, sobre todo, Palestina; al mismo tiempo, grupos de jóvenes evidentemente blancos coreaban letras de rap que ensalzaban a notorios terroristas islamistas, los mismos que, en noviembre de 2015, se encargaron de masacrar a personas similares a ellos en la sala Bataclan de París. Todo esto no puede sino enfurecer a los muchos franceses para quienes la normalidad no tiene cabida para extranjeros agresivos que los odian y desprecian abiertamente sus símbolos más preciados.
Donald Trump y su vicepresidente, J. D. Vance, se esfuerzan por avivar las pasiones en Europa. Atribuyen directamente lo que está ocurriendo a la inmigración virtualmente irrestricta desde países del Tercer Mundo e insisten en que, si no se expulsa de inmediato a la mayoría de los recién llegados, así como a los descendientes de inmigrantes anteriores que claramente no se han asimilado en los países de acogida, la civilización europea perecerá.
Hace apenas cinco años, tales propuestas se habrían considerado descabelladas; hoy, sin embargo, van camino de convertirse en parte del discurso dominante. El neologismo “remigración” ha entrado a formar parte del vocabulario político europeo. Ya no son solo los extremistas de derecha quienes exigen la expulsión inmediata de los inmigrantes ilegales y de aquellos que, tras ser admitidos, han cometido delitos; también se suman a esta demanda personas que, no hace mucho, se consideraban a sí mismas moderadas.
Otro factor que influye en la opinión pública europea es el comportamiento agresivo de los autoproclamados líderes de comunidades musulmanas bien asentadas, quienes no ocultan su determinación de expulsar a los “infieles” de los enclaves que controlan y que, además, pretenden expandir. Al actuar como colonizadores, estos individuos, muchos de ellos vinculados a los Hermanos Musulmanes -una organización prohibida en varios países de Oriente Medio-, están provocando una reacción que, en un futuro no muy lejano, podría acarrear consecuencias trágicas para millones de personas. Como ponen de manifiesto los acontecimientos en Francia, el “choque de civilizaciones” que fue planteado hace treinta años por el académico norteamericano Samuel P. Huntington, no es una fantasía de la extrema derecha, sino una realidad que acaba de entrar en una fase muy peligrosa.
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