Los dolientes ondean una bandera con los retratos del actual líder supremo de Irán, Mojtaba Khamenei (izquierda), y su padre asesinado, Ali Khamenei, durante una procesión fúnebre en honor al líder supremo iraní asesinado, Ali Khamenei, y miembros de su familia en Teherán. (OZAN KOSE / AFP)
No hay con quién firmar
Un repaso del historial de incumplimientos iraní para plantear una alternativa más dura: rendición y presión.
La discusión sobre Irán está mal planteada desde el origen. The Economist publicó un editorial titulado "How to end the war in Iran", y repite el mantra que circula por todas las redacciones occidentales: que Estados Unidos e Irán deben volver a la mesa, alcanzar un acuerdo imperfecto pero funcional, reabrir el estrecho de Ormuz y limitar el programa nuclear iraní a cambio de aliviar sanciones.
Por su parte, el Washington Post, el Financial Times y Le Monde publican variaciones sobre la misma melodía. Todos ellos omiten tres preguntas elementales, y al esquivarlas construyen argumentos que se derrumban ante el menor escrutinio.
La primera pregunta es con quién se firmaría ese acuerdo, porque nadie sabe realmente quién manda hoy en Teherán. El régimen iraní es una arquitectura opaca donde conviven al menos cuatro centros de poder con tensiones crecientes. El Líder Supremo, Mojtaba Jamenei, hijo de su antecesor Alí. La Guardia Revolucionaria, llamada Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, es el ejército paralelo que controla la economía, el programa nuclear y las operaciones exteriores.
Luego está el gobierno civil, encabezado por un presidente que es una figura decorativa en cuestiones estratégicas. Y el cuarto es el clero tradicional de Qom, que conserva influencia doctrinal. La literatura especializada de los últimos tres años documenta fracturas crecientes entre estos centros tras el asesinato de Soleimani, la sucesión acelerada de comandantes, las protestas de 2022 y 2025, y los bombardeos recientes. Firmar un acuerdo con cualquiera de estas facciones no garantiza que las otras lo respeten.
La segunda pregunta es más grave. Irán tiene un historial de incumplimiento sistemático que merece ser formulado con precisión, porque los editoriales occidentales lo evaden. El patrón no consiste en violar abiertamente los acuerdos firmados, sino en cumplir selectivamente lo verificable mientras se mantienen en paralelo capacidades ocultas y documentación para el programa militar, listas para cuando convenga. El Acuerdo de París de 2004, negociado con Alemania, Francia y Reino Unido, se desmoronó en menos de dos años. El Protocolo Adicional de la Agencia Internacional de Energía Atómica, firmado en 2003, nunca se ratificó y se aplicó de forma selectiva. Las instalaciones nucleares de Natanz y Fordow se construyeron en secreto y solo se revelaron cuando la inteligencia occidental las expuso, no por declaración voluntaria iraní.
El famoso acuerdo nuclear de 2015, el JCPOA, firmado durante la presidencia de Obama, se celebró como un triunfo diplomático. La Agencia Internacional de Energía Atómica certificó el cumplimiento técnico durante varios años en los parámetros medibles, niveles de enriquecimiento y acceso a instalaciones declaradas. Sin embargo, en 2018 el Mossad israelí sustrajo de un depósito en Teherán un archivo completo que demostraba otra cosa. Durante todos esos años de supuesto cumplimiento, Irán había preservado intacta la arquitectura documental, técnica y humana del programa militar que el acuerdo supuestamente desmantelaba. Cumplió lo que podía verificarse y mantuvo en paralelo la capacidad de reanudar esos esfuerzos cuando lo decidiera. Esa es la definición operativa del incumplimiento iraní: no la transgresión abierta, sino la preservación clandestina de la arquitectura completa bajo la apariencia de cumplimiento técnico.
Por otra parte, el régimen iraní no es un Estado convencional que busca normalizarse: es el centro operativo de una red terrorista internacional documentada. Los atentados contra la Embajada de Israel en Buenos Aires en 1992 y contra la AMIA en 1994 fueron planificados y financiados desde Teherán, con Hezbolá como brazo ejecutor, una organización que funciona como extensión directa de Irán, con financiamiento, entrenamiento de la Fuerza Quds e instrucciones operativas. La justicia argentina emitió órdenes de captura internacional contra funcionarios iraníes de alto rango por esos ataques, pero ninguno fue entregado. Entre tanto, algunos recibieron promociones a cargos ministeriales. Al mismo tiempo, el fiscal Alberto Nisman apareció muerto en Buenos Aires en 2015, días antes de presentar su denuncia contra el encubrimiento argentino del caso AMIA. Pedirle a este régimen que honre un acuerdo nuclear es pedirle a un pirómano que custodie un depósito de combustible.
Aquí reaparece una disputa filosófica antigua. Thomas Hobbes, el pensador inglés del siglo XVII, sostuvo que entre Estados no existe derecho internacional porque no existe autoridad superior capaz de imponerlo. Immanuel Kant, el prusiano del siglo XVIII, propuso lo contrario: una paz perpetua construida sobre pactos racionales entre naciones civilizadas. Los editorialistas de The Economist son kantianos por hábito profesional. Creen que el derecho internacional existe, que los tratados se cumplen y que la razón prevalece sobre el interés. La evidencia empírica demuestra que Hobbes tenía razón. Irán violó sistemáticamente la sustancia de cada acuerdo firmado y el régimen sobrevivió a cada instancia. Un derecho sin mecanismos eficaces de imposición no es derecho, es aspiración. Llegar a un acuerdo con quien no cumple acuerdos no es diplomacia, sino rendición disfrazada.
La alternativa real tiene dos componentes. El primero es exigir rendición absoluta y entrega inmediata de todo el material nuclear, los 400 kilogramos de uranio altamente enriquecido más las centrifugadoras, bajo supervisión directa y permanente. El segundo componente es cortar la electricidad. Cortar la energía del régimen significa dejarlo sin agua bombeada, refrigeración, comunicaciones digitales o capacidad de reprimir protestas urbanas mediante vigilancia electrónica. La red eléctrica iraní tiene puntos de falla concentrados en pocas centrales térmicas y subestaciones que pueden neutralizarse sin bombardeo masivo. Un régimen sin salida negocia de otro modo. La historia de 40 años demuestra este segundo escenario.
Existe además una alternativa distinta, y menos dolorosa: involucrar a Rusia como garante del acuerdo. Rusia no es un modelo de cumplimiento, pero en términos generales respeta los pactos cuando tiene intereses materiales comprometidos en ellos. Moscú cumplió durante décadas el tratado de reducción de armas estratégicas con Estados Unidos, hasta que el conflicto ucraniano alteró el cálculo. Para que Rusia acepte este papel hace falta ofrecerle algo que desee intensamente, y ese algo está disponible: el retiro o la moderación sustancial del apoyo estadounidense a Ucrania como parte del acuerdo. Ese es el precio real de una garantía creíble sobre Teherán, especialmente en un período en que la guerra no es favorable para Moscú.
Si además recibe concesiones específicas, participación en el mercado energético regional, reconocimiento de zonas de influencia en el Cáucaso y Asia Central, y asume responsabilidad directa sobre el comportamiento iraní, Moscú tendrá incentivos materiales para contener a sus clientes. Rusia controla proveedores técnicos clave del programa nuclear iraní desde la construcción de la central de Bushehr, suministra combustible y servicios de reprocesamiento, y tiene palancas operativas que Occidente no posee. Un acuerdo tripartito con Rusia como fiador material, no meramente diplomático, es menos improbable que un acuerdo bilateral con un régimen opaco y fracturado. Tiene un costo estratégico alto para Kiev y para Europa oriental, y ese costo debe ponerse sobre la mesa con claridad.
Toda propuesta que omita el historial de incumplimiento, la dimensión terrorista y la fractura interna del régimen no es análisis, sino retórica. Los editoriales occidentales prefieren esta retórica porque es más confortable que la realidad. La verdad es que Irán negoció durante 40 años mientras construía capacidad nuclear y expandía redes terroristas por tres continentes. El próximo acuerdo, si se firma en los términos que propone The Economist, servirá para que Irán gane tiempo hasta la próxima crisis, previsiblemente con arma nuclear operativa. El error no está en los detalles técnicos, sino en suponer que hay con quién firmar y que lo firmado se respeta.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast "El Observador Internacional", disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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