Milei con aliados peronistas (CEDOC)
Milei juega al pragmatismo con los gobernadores
Karina ejecuta con Santilli la estrategia que Santiago Caputo proponía desde 2025: pactar con gobernadores en lugar de pelearlos a todos.
Javier Milei siempre se definió como bilardista, aunque hasta hace pocas semanas practicara exactamente lo contrario de lo que predicaba Carlos Salvador Bilardo. El director técnico campeón del mundo no fue solo un experto en el resultado por encima de la estética. Fue, sobre todo, un calculador que subordinaba el ego a la eficacia. Milei, en cambio, gobernó buena parte de estos dos años y medio guiado por el impulso, la pureza ideológica y la épica del insulto. La salida de Manuel Adorni fue el quiebre que empezó a corregir esa contradicción.
La crisis que se llevó puesto al vocero presidencial no fue un episodio menor. Dejó en pausa a un Gobierno que hasta entonces se movía con velocidad y autonomía en el Congreso. Y expuso algunas falencias en la Economía. Y sobre todo dejó una lectura que los hermanos Milei no pudieron seguir ignorando: la sangría de apoyos en el electorado blando, esa porción del oficialismo que empezaba a mirar para otro lado, volvió a acelerarse en junio según las propias encuestas que encargó la Casa Rosada. Ese dato, más que cualquier convicción doctrinaria, fue lo que terminó de convencer al Presidente de que necesitaba jugar otro partido.
Ahí aparece Diego Santilli como pieza central del nuevo esquema. Su llegada a la Jefatura de Gabinete no es un simple recambio de nombres. Es la confirmación de que Karina Milei decidió ejecutar, con otro operador, una estrategia que Santiago Caputo viene sugiriendo desde el año pasado: dejar de competir contra todo el mapa provincial y empezar a negociar con los gobernadores afines, en lugar de plantarles un candidato libertario en cada distrito. Ese giro, que hasta hace poco era mala palabra puertas adentro de la Casa Rosada, hoy es la hoja de ruta oficial.
La paradoja es que Karina ejecuta la estrategia sin abrazar al estratega. La relación entre la secretaria General y Santiago Caputo sigue congelada, y todo indica que seguirá así. Santilli hereda entonces una tarea doble: por un lado, sentarse con los mandatarios provinciales para explicarles que la era del purismo libertario llegó a su fin; por el otro, administrar la desconfianza entre dos sectores del oficialismo que compiten por el favor presidencial sin hablarse entre sí. Es, en el sentido más bilardista posible, jugar el partido con los jugadores que están, no con los que uno hubiese elegido.
El otro gran interrogante pasa por la Ciudad de Buenos Aires, y ahí el cálculo se vuelve más delicado. Karina mantiene serios reparos a una convergencia con el PRO porteño, mientras Jorge Macri ya anunció que irá por la reelección sin esperar señales de Balcarce 50. La costumbre indica que los libertarios querían arrebatarle ese poder al jefe de Gobierno antes de que estallara el escándalo Adorni. Hoy, la prioridad cambió: ya no se trata de humillar al PRO en su propio territorio, sino de decidir si conviene sumarlo como aliado táctico para fortalecer un proyecto reeleccionista que necesita gobernabilidad más que gestos de pureza.
Ahí entra la carta que más incomoda en Parque Norte: la posibilidad de que Karina le ofrezca la candidatura porteña a Patricia Bullrich en lugar de negociar con los Macri. Sería un problema mayúsculo para Jorge y para Mauricio, que además arrastran una tensión propia sobre si conviene sumar a Horacio Rodríguez Larreta a una eventual interna. La senadora, dicen en el oficialismo, es la que mejor mide hoy. Y una jugada así resolvería dos problemas con un solo movimiento: le daría a Karina un candidato propio sin fabricar uno de cero, y le quitaría al PRO su único bastión indiscutido.
El objetivo numérico que se fijaron los estrategas libertarios confirma que el pragmatismo no es solo discursivo. La apuesta es ganar en primera vuelta, con el 45% de los votos o, al menos, el 40% con una ventaja de diez puntos sobre el rival más cercano. Es una definición bilardista en el sentido más literal: no alcanza con jugar bien, hay que asegurarse el resultado antes de que el partido se complique. Y hay un dato que conviene subrayar porque contradice el optimismo público del ministro Luis Caputo: puertas adentro de la campaña se contempla, sin dramatismo, la posibilidad de perder frente a Axel Kicillof. Esa distancia entre el diagnóstico económico y el político es, quizás, la fractura interna más interesante de este nuevo ciclo.
Hay además un cambio de tono que acompaña el cambio de estrategia. El propio Milei bajó la intensidad de sus exabruptos frente a su gabinete, algo que en el oficialismo interpretan como una señal más de la nueva etapa: menos épica personal, más cálculo colectivo. Los libertarios, que llegaron al poder vendiendo la motosierra como estética y la pureza como bandera, hoy discuten colectoras, alianzas con gobernadores y hasta la posibilidad de suspender las PASO junto a Bullrich y Martín Menem. Es la gramática de la política tradicional, la misma que Milei juró exterminar.
Conviene no perder de vista que este pragmatismo tiene fecha de vencimiento propia: la economía. Todos los preparativos electorales, por más finos que sean los movimientos de Santilli o las jugadas de Karina, quedarán atados a lo que pase con la inflación y con la cantidad de dólares que los argentinos sigan comprando mes a mes. Si esa cifra se mantiene alta, ninguna alianza con gobernadores ni ningún acuerdo con Bullrich alcanzará para tapar el malestar.
Bilardo enseñaba que el peor error es dar el partido por ganado antes de tiempo. Los Milei, después de dos años y medio de jugar de memoria, empiezan a entender que la reelección no se gana con relatos sino con votos que hay que ir a buscar, gobernador por gobernador, aliado por aliado. Falta saber si ese aprendizaje llegó a tiempo o si, como tantas veces en la política argentina, el helado se derritió antes de llegar a la mesa.
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