Teletrabajo (CEDOC)

Dilemas de la virtualidad

De la casa al trabajo

Los empleados valoran la flexibilidad, pero más compañías insisten en mayor presencialidad, pero sin una estrategia de afrontar su costo.

Tras un lustro de experimentar la flexibilidad laboral, el escenario corporativo enfrenta hoy su paradoja más cruda: el 'home office' ya no es una bandera indiscutida de eficiencia, sino un rompecabezas que muchas organizaciones todavía no logran armar con la misma precisión con que gestionaban la asistencia. Existe una tensión creciente entre un talento que defiende su autonomía y empresas que, tras agotar el modelo, endurecen sus políticas buscando recuperar el control de su cultura y productividad.

Expectativa vs. realidad. Según el último informe de Randstad, 83% de los argentinos trabaja hoy de manera totalmente presencial, pero 51% preferiría un esquema híbrido, combinando días en la oficina y días de home office. La brecha entre deseo y realidad es evidente.

Uno de los principales argumentos para justificar la vuelta a la presencialidad es la productividad. Pero los datos no siempre respaldan esa narrativa. El estudio del Centro Conciliación Familia y Empresa (CONFyE) del IAE Business School, realizado en 16 países en 2025, arroja resultados contundentes en el caso argentino: 45% afirmó que desde que trabaja en remoto superó los objetivos establecidos por su empresa; 53% aseguró haberlos cumplido; 76% considera que su productividad aumentó trabajando desde casa y 79% dice ser más eficaz en modalidad remota.

Además, 9% renunciaría si se le exigiera volver a la presencialidad total y 53% comenzaría a buscar otro empleo con mayor flexibilidad. Un resultado inapelable.

Los argumentos empresariales. Mientras tanto, un informe reciente de Resume Builder sobre casi 1.000 líderes empresariales en Estados Unidos anticipa que una de cada tres compañías planea eliminar por completo el trabajo remoto en 2026. Casi la mitad espera que su personal asista al menos cuatro días por semana a la oficina. Las razones esgrimidas son el “espíritu de equipo”, el supuesto efecto acelerador del trabajo cara a cara y justificar el costo de oficinas ya contratadas. Este último punto contrasta con los “gastos de locación” que, en Argentina, suelen ser uno de los grandes beneficios del trabajo remoto para la empresa. La tendencia al rebalanceo tarifario de los últimos meses también da un espaldarazo al factor ahorro combinado con un diseño que asigne espacios y tareas en función de las posibilidades reales.

En Argentina, el esquema dominante en grandes empresas sigue siendo el híbrido-69%, según PwC-, aunque con reglas cada vez más estructuradas.

Los malos hábitos del home office. Una investigación de la Universidad Abierta Interamericana (UAI)sobre teletrabajo en Argentina revela que el fenómeno es mucho más complejo que una simple dicotomía entre casa y oficina.

El teletrabajo trajo ventajas evidentes: ahorro de tiempo de traslado, mayor autonomía y mejor conciliación en algunos casos. Pero también expuso riesgos significativos.

Muchas organizaciones comenzaron a advertir que esos desajustes también tenían consecuencias operativas. Jornadas extendidas difíciles de auditar, horas extras discutidas, diferencias en la interpretación de turnos, problemas para validar asistencia en esquemas híbridos y tensiones en la liquidación bajo convenios complejos empezaron a formar parte de la nueva normalidad.

Lo que en un inicio parecía un simple desafío cultural terminó revelando un vacío estructural: la falta de herramientas claras para administrar una modalidad laboral que ya no era completamente presencial ni completamente remota y que trascienda el mero hecho del control como objetivo en sí mismo. Entonces, el debate deja de ser ideológico y se vuelve técnico. ¿Cómo se controla la asistencia en modelos híbridos? ¿Cómo se gestionan accesos en organizaciones con múltiples sedes? ¿Cómo se audita cumplimiento sin invadir privacidad?

Herramientas. La respuesta a esas preguntas no vino de un regreso al pasado, sino de una transformación silenciosa en la forma de entender el control.

Frente a ese escenario, empresas especializadas en gestión de accesos y asistencia comenzaron a cerrar esa brecha, con plataformas capaces de integrar distintas capas de control dentro de un mismo sistema que permita validar la presencia de un colaborador desde un celular cuando trabaja en modalidad remota, registrar accesos mediante sensores o biometría cuando lo hace en una sede física y, al mismo tiempo, procesar automáticamente variables complejas como turnos rotativos, nocturnidad o tolerancias horarias. “Las organizaciones ya no buscan solo registrar ingresos y egresos, sino integrar en una misma plataforma la gestión de presencialidad, trabajo remoto, cumplimiento normativo y automatización de cálculos complejos, con datos auditables en tiempo real”, explica Alejandro Monforte, gerente de Investigación y Desarrollo de Cronos, compañía que desarrolla esta clase de soluciones. La tecnología más demandada ante esta nueva realidad del trabajo es aquella que funciona como un sistema nervioso central que conecta puntos distantes. “Mientras un dispositivo móvil o un sensor biométrico validan una identidad mediante geolocalización o rasgos físicos, un software procesa esa información en tiempo real cruzándola con la ‘teoría de control’ de la empresa”, agrega Monforte.

Pero la discusión ya no es blanco o negro. La evidencia indica que el trabajo remoto puede ser altamente productivo. También muestra que, sin un adecuado diseño organizacional, puede erosionar bienestar y vínculos.

En 2026, el desafío no es elegir entre casa u oficina, sino construir modelos híbridos inteligentes, con reglas claras, tecnología adecuada y liderazgo consciente. Porque si algo dejó en claro la experiencia global del home office es que el trabajo cambió para siempre. La pregunta ahora es si las organizaciones sabrán gestionar y están dispuestas a invertir en esa transformación sin volver a reproducir los errores del pasado.

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