Emprender en Argentina dejó de ser hace tiempo una excepción para convertirse en parte estructural de su matriz productiva. Aun en contextos desafiantes, el país sostiene de manera consistente niveles elevados de actividad emprendedora, tanto por oportunidad como por necesidad. Los últimos datos del Global Entrepreneurship Monitor ubican a la Argentina entre las economías con mayor tasa de actividad emprendedora temprana de la región, impulsada por una combinación de talento calificado, sofisticación tecnológica creciente y una cultura que naturaliza el riesgo como parte del instinto de supervivencia en Argentina. En esa línea, el país también registra uno de los niveles más bajos de miedo al fracaso, por debajo del 20% - menos de la mitad que en el 84% de los países participantes del estudio -, siendo un rasgo cultural que contribuye a explicar la persistencia emprendedora.
Ese dinamismo convive, además, con un ecosistema startup que empezó en los últimos 2 años a recuperarse del bajón de 2023, superando los US$500 millones en 2025. Esta recuperación del piso de US$74 millones dos años antes está apalancada en inversiones en startups con ambición regional, con un auge de emprendimientos invertidos en el interior del país, y un mayor interés de fondos internacionales por la eliminación de barreras para la entrada y salida de capitales.
En paralelo a ese fenómeno más visible -el de los unicornios, las rondas de inversión y la internacionalización- ocurre otro movimiento igual de profundo, aunque menos narrado: la migración de talento desde el mundo corporativo hacia proyectos propios, startups y scale-ups. Se trata de ejecutivos, especialistas y líderes que, tras años de carrera en grandes compañías, deciden capitalizar su experiencia en iniciativas emprendedoras. No hablamos del estereotipo del emprendedor joven de Silicon Valley que comienza desde cero, sino de perfiles con trayectoria en gestión, estrategia, finanzas o innovación que trasladan su know-how corporativo a estructuras más ágiles.
Ese cruce tiene implicancias relevantes. Quienes dan el salto desde la corporación no sólo aportan expertise técnico: llevan consigo metodologías de planificación, entendimiento de frameworks estratégicos, disciplina operativa, gestión por indicadores, cultura de procesos y capacidad de ejecución en escala. Pero, al mismo tiempo, enfrentan un proceso inverso de desaprendizaje. Emprender después de años en organizaciones grandes exige aprender a moverse sin una gran estructura de soporte, redefinir la tolerancia a la incertidumbre y reemplazar la validación jerárquica por validación de mercado, donde no se necesitan tres escenarios, ciento veinte slides y cinco niveles de aprobación. Lo que se traduce en una mayor agilidad para decidir y pasar a la acción.
En ese recorrido personal -que en mi caso también implicó pasar de estructuras consolidadas a la construcción de un proyecto propio- el principal aprendizaje no estuvo en lo que sabía, sino en cómo tuve que reconfigurarlo. Entender cuándo aplicar lógica y rigurosidad corporativa y cuándo evitarla se volvió una habilidad crítica.
Otro de los aprendizajes que suele emerger con fuerza en quienes migran desde la corporación hacia el emprendimiento es el valor del network construido a lo largo de la carrera profesional. La red de contactos deja de ser un activo reputacional para convertirse en un recurso estratégico concreto. Cuando se comunica el salto, aparece algo difícil de cuantificar pero decisivo en la práctica: la voluntad genuina de acompañar. A veces se traduce en oportunidades de negocio; otras, en conversaciones que ayudan a ordenar decisiones en contextos de alta incertidumbre.
El intercambio con pares que ya atravesaron ese camino y dieron el salto de la relación de dependencia a emprender resulta especialmente valioso porque permite desmitificar la vida emprendedora y entenderla en su dimensión real: exigente, incierta y, al mismo tiempo, profundamente movilizadora. Con el tiempo, esos mismos vínculos comienzan a abrir puertas de colaboración, alianzas comerciales o desarrollo conjunto de proyectos.
Lo interesante es que este nuevo perfil corporativo-emprendedor, se vuelve cada vez más relevante para el ecosistema. En un contexto donde el capital busca modelos sostenibles y escalables, la combinación de mentalidad emprendedora con disciplina de gestión aparece como una ventaja competitiva.
A la luz de este escenario, para quienes evalúan dejar la corporación y emprender en Argentina hoy, emergen algunas recomendaciones prácticas. La primera es tomarse el tiempo necesario para identificar un problema real que movilice la decisión de emprender. Más que partir de una idea, el punto de inicio suele estar en la intersección entre aquello que nos apasiona, aquello en lo que se tiene sólido expertise y aquello que el mercado necesita resolver. A esto se suma la importancia de interactuar tempranamente con quienes experimentan el problema que se busca resolver: escuchar, preguntar y comprender en profundidad esa necesidad antes de diseñar soluciones evita desvíos estratégicos y fortalece la propuesta de valor.
En segundo lugar, resulta clave asignar tiempo de calidad al desarrollo de esa iniciativa: no relegarla a momentos marginales de la agenda, sino generar espacios concretos de análisis, investigación y validación. Las iniciativas que prosperan suelen ser aquellas que se trabajan con la misma disciplina que cualquier responsabilidad corporativa. Otro factor decisivo es no transitar el proceso en soledad. Asociarse con perfiles complementarios no sólo potencia capacidades, sino que también aporta sostén emocional y perspectiva en los momentos de mayor incertidumbre. Finalmente, aparece un componente menos técnico pero igual de determinante: la confianza personal. Prepararse, apoyarse en la red de contactos y nutrirse de la experiencia de otros reduce riesgos, pero llega inevitablemente un punto en el que la decisión exige avanzar aún sin garantías plenas. Porque emprender no implica ausencia de miedo, sino la capacidad de gestionarlo y transformarlo en acción consciente.
*Jean Del Pino es Co-fundador y Director de Guayerd, Commit y BDP Group.
por Jean Del Pino















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