Error clásico. La automedicación y la autoprescripción colocan al paciente en el lugar de evaluador de sus propios síntomas. (Cedoc)

Automedicación descontrolada: crece la venta de psicofármacos

Entre un 4 y 6% de aquellos destinados a inducir el sueño o a bajar la ansiedad.

Una de las transformaciones más significativas de las sociedades contemporáneas no se expresa en grandes revoluciones tecnológicas ni en cambios visibles del paisaje urbano, sino en una mutación silenciosa de los modos en que los individuos procesan el malestar. La expansión sostenida del consumo de ansiolíticos, sedantes, hipnóticos y estimulantes plantea una pregunta que ya no pertenece sólo al ámbito médico, sino al de la ética y la cultura: ¿estamos medicando la vida cotidiana? Lejos de ser un fenómeno circunstancial, este proceso se consolida como una respuesta colectiva a la incertidumbre económica, la precarización del trabajo, la aceleración de los ritmos sociales y la dificultad creciente para tolerar la frustración, el insomnio o la ansiedad como parte de la experiencia humana.

Índices. En Argentina, relevamientos de la Confederación Farmacéutica Argentina (COFA) en distintos años muestran que la venta de psicofármacos crece de manera sostenida entre un 4 y 6 por ciento, especialmente aquellos destinados a inducir el sueño o disminuir la ansiedad. Es por ello que se entiende que durante todo el 2025, las ventas de hipnóticos y sedantes subieron un 10 por ciento en relación al 2024. Fenómeno que no se explica sólo por un aumento de diagnósticos clínicos, sino por la expansión de prácticas de automedicación y autoprescripción que colocan al paciente en el lugar de evaluador de sus propios síntomas y administrador de su tratamiento. 

La Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) define el uso racional de medicamentos como aquel en el que los pacientes reciben fármacos apropiados a sus necesidades clínicas, en dosis ajustadas, durante un período adecuado y al menor costo posible. Todo desvío de estos principios constituye, por definición, un uso irracional.

Desde esta perspectiva, la automedicación no es una conducta inocua. Si bien existen medicamentos de venta libre destinados al alivio de dolencias menores, el problema aparece cuando esta lógica se extiende a fármacos que requieren diagnóstico, seguimiento y evaluación periódica. En esos casos, la automedicación se convierte en una forma de autoprescripción que puede enmascarar síntomas, generar interacciones peligrosas y producir efectos adversos acumulativos. La Organización Mundial de la Salud advierte que más de la mitad de los medicamentos que se consumen en el mundo se utilizan de manera inapropiada y que cerca del 50 % de los pacientes no sigue correctamente las indicaciones terapéuticas.

Para el doctor Ezequiel Germano, subjefe de Clínica Médica del Hospital Universitario Austral, “esta tendencia no debe leerse sólo en términos clínicos, sino culturales”. La automedicación expresa una relación instrumental con el cuerpo y la subjetividad, donde cada incomodidad debe ser eliminada de inmediato y sin mediaciones. Germano subraya que “ninguna sustancia que ingresa al organismo es neutral y que todo fármaco, aun el más difundido, tiene efectos secundarios, interacciones posibles y riesgos que deben ser evaluados por profesionales”. La cultura del “tomar algo” ante cualquier malestar no sólo aumenta la exposición a esos riesgos, sino que debilita la construcción de una relación reflexiva con la propia salud.

Los medicamentos más elegidos para estas prácticas revelan cuáles son las angustias dominantes. Las benzodiacepinas como el clonazepam o el alprazolam, los hipnóticos como el zolpidem y diversos estimulantes se utilizan para gestionar cansancio extremo, dificultades para dormir, ansiedad persistente o problemas de concentración. En muchos casos, estos consumos se inician como soluciones transitorias, pero terminan instalándose como hábitos crónicos. La tolerancia farmacológica obliga a aumentar las dosis, y la dependencia psicológica y física vuelve difícil la interrupción sin síntomas de rebote.

Revés sanitario. Las consecuencias de este proceso no se limitan a los individuos. La ANMAT y otros organismos sanitarios advierten que el uso indebido de medicamentos tiene impactos colectivos, desde el aumento de consultas por efectos adversos hasta el desarrollo de resistencias bacterianas en el caso de los antibióticos. Estas resistencias constituyen hoy uno de los principales problemas de salud pública a nivel global. En el plano de la salud mental, el consumo indiscriminado de psicofármacos puede retrasar diagnósticos precisos y reemplazar abordajes integrales que incluyen psicoterapia, cambios de hábitos y acompañamiento profesional.

Este escenario reactualiza un debate clásico, el de la medicalización de la vida cotidiana. Desde esta perspectiva, la medicina no sólo cura enfermedades, sino que redefine qué conductas, emociones y experiencias son consideradas patológicas. Tristeza, cansancio, nerviosismo o dificultades para dormir, históricamente entendidas como reacciones humanas ante contextos adversos, tienden a ser reinterpretadas como trastornos que requieren intervención farmacológica. El problema no es negar el sufrimiento, sino reducirlo a una variable química sin considerar sus dimensiones sociales, económicas y simbólicas.

Así, el debate ético se vuelve inevitable. Hasta qué punto es legítimo transformar malestares existenciales en diagnósticos clínicos. Dónde se traza el límite entre el alivio terapéutico y la normalización del consumo permanente de fármacos. Preguntas que exigen políticas públicas orientadas a la educación sanitaria, al fortalecimiento del vínculo médico-paciente y a la promoción del uso responsable de medicamentos. Según la ANMAT, este uso implica no sólo respetar las indicaciones profesionales, sino comprender que ningún medicamento reemplaza una vida saludable, el descanso suficiente y redes de contención social.

En este punto, la figura del médico recupera un rol central, no como mero prescriptor, sino como intérprete de síntomas y mediador entre el saber científico y la experiencia subjetiva del paciente. Germano advierte “que la consulta médica no puede ser sustituida por búsquedas en internet ni por recomendaciones informales, porque el diagnóstico es un proceso que integra historia clínica, contexto vital y evaluación integral”. Sin ese marco, la medicación se vuelve un parche que no resuelve las causas profundas del malestar.

Responder a la pregunta inicial implica aceptar una paradoja. Sí, estamos medicando la vida cotidiana, pero no porque la medicina haya avanzado demasiado, sino porque la sociedad ha delegado en los fármacos la tarea de gestionar conflictos que exceden lo biológico. El desafío consiste en reconstruir una cultura del cuidado que reconozca el valor de los medicamentos sin convertirlos en sustitutos de vínculos, de tiempo y de escucha.

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