Robots delivery (CEDOC)
Video viral: el robot delivery no puede reemplazar a los repartidores humanos
En redes sociales se difundieron videos de los accidentes que los autómatas inteligentes provocan en espacios públicos.
Los robots de reparto —también conocidos como “robots delivery”— pasaron en pocos años de ser una curiosidad tecnológica a una presencia concreta en calles, campus universitarios y barrios residenciales de distintos países. Se trata de pequeños vehículos eléctricos, diseñados para transportar comida o paquetes a baja velocidad por veredas o espacios peatonales. Su desarrollo está estrechamente ligado al crecimiento del comercio electrónico y a la necesidad de optimizar el tramo más costoso de la logística: la entrega final al cliente.
Estos dispositivos utilizan una combinación de sensores, inteligencia artificial y control remoto. Incorporan cámaras, radares y sistemas como LiDAR para “ver” su entorno, evitar obstáculos y planificar rutas en tiempo real. Además, aunque se los presenta como autónomos, en muchos casos operan bajo supervisión humana remota, especialmente cuando enfrentan situaciones complejas o fallas en la navegación. Su funcionamiento se apoya en algoritmos de planificación de rutas, aprendizaje automático y sistemas de comunicación constante con centros de control, lo que evidencia que la autonomía total aún es limitada.
La implementación de estos robots se ha expandido de manera desigual. Empresas como Starship Technologies o Avride han desplegado flotas en Estados Unidos, Reino Unido, Estonia y Finlandia, así como en campus universitarios norteamericanos, donde el entorno controlado facilita su operación. En Asia, países como Corea del Sur y Japón también experimentan con estos sistemas en entornos urbanos y “smart cities”, mientras que en Europa se han realizado pruebas piloto en ciudades como Zaragoza.
Por otra parte, el recibimiento por parte del público ha sido ambivalente. En algunos contextos, los robots son percibidos como una innovación útil que reduce tiempos de espera y responde a la escasez de mano de obra en el sector logístico. Sin embargo, también generan desconfianza, curiosidad e incluso rechazo. Estudios etnográficos muestran que conviven percepciones que los consideran “adorables” o “eficientes” con otras que los ven como intrusivos o problemáticos en el espacio público.
Una de las dimensiones más controvertidas es la interacción directa con peatones. Lejos de ser ignorados, los robots suelen convertirse en objeto de atención y, en muchos casos, de agresión. En ciudades como Filadelfia, a pocas semanas de su implementación, se registraron ataques físicos: transeúntes que los pateaban, los volcaban o los utilizaban como asiento. Este tipo de conductas ha sido interpretado por especialistas como una extensión de tensiones sociales trasladadas a objetos tecnológicos, donde la ausencia de consecuencias inmediatas facilita el vandalismo.
El fenómeno también se amplifica en redes sociales, donde abundan videos virales que muestran fallas, accidentes o situaciones ridículas protagonizadas por estos dispositivos. Compilaciones difundidas en plataformas digitales exhiben robots cayendo por escaleras, siendo atropellados o interfiriendo con el tránsito, lo que alimenta una narrativa de ineficiencia y fragilidad tecnológica. A esto se suma un tono de burla o “bullying digital”, con usuarios que celebran los incidentes o expresan rechazo hacia la automatización por temor a la pérdida de empleos.
Los accidentes reales, aunque relativamente poco frecuentes, han tenido alta visibilidad mediática. En Chicago, por ejemplo, robots de reparto atravesaron paneles de vidrio en paradas de autobús, generando daños materiales y obligando a las empresas a pedir disculpas públicas. En Corea del Sur, un robot colisionó con un vehículo en un cruce peatonal, lo que abrió un debate sobre la responsabilidad legal en este tipo de incidentes. Estos episodios refuerzan la percepción de que la tecnología aún presenta limitaciones en entornos urbanos complejos.
En cuanto a la experiencia del usuario, uno de los puntos críticos es la eficiencia. Aunque los robots prometen reducir costos y tiempos, existen quejas relacionadas con demoras, especialmente debido a su baja velocidad y a la necesidad de detenerse constantemente ante obstáculos o situaciones ambiguas. Investigaciones sobre logística señalan que los tiempos de entrega —y, por ende, la satisfacción del cliente— siguen siendo un desafío central en este tipo de sistemas. Comentarios de usuarios en foros y comunidades digitales también reflejan frustración por trayectos lentos o interrupciones frecuentes en el servicio.
En conjunto, los robots de delivery representan una innovación en pleno desarrollo, con avances significativos pero también con tensiones sociales, técnicas y regulatorias aún no resueltas. Su presencia creciente en el espacio público no solo redefine la logística urbana, sino que también expone nuevas formas de conflicto entre humanos y máquinas en la vida cotidiana.