Un coche con banderas estadounidenses, israelíes y otras anteriores a la revolución de 1979 ondean al pasar junto a un grupo de manifestantes antirrégimen iraní reunidos frente al Parlamento en el centro de Londres, Inglaterra. (Brook Mitchell / AFP)

“No guerra, no paz” y no acuerdo

La salida de emergencia que encontró Trump para huir de la guerra con Irán al precio de una “derrota humillante” y un choque inédito con Netanyahu.

Una “no guerra” que es también “no paz”. Paradojal, indescifrable,  pero también la definición más precisa de la realidad hasta el resonante anuncio de lo que podría definirse como un “no acuerdo”.

Masud Pezeshkián definió como “no guerra y no paz” la situación que existió hasta que se anunció lo que intenta poner fin al conflicto, aunque podría eternizarse como el armisticio coreano de 1953.

Desde el escaso poder que le confiere la teocracia persa, el presidente bregó por salir de la situación que paralizó la economía y empobreció aceleradamente a la población. Junto con Pezeshkián, también se preocupó por la necesidad de reactivación económica  Mohammad Bagher Qalibaf, el influyente titular del Majlis (parlamento) que está un par de pasos más cerca del fanatismo belicista de los comandantes del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica.

Esa poderosa corporación de fanáticos quería mantener a pleno la situación imperante, convencida de que beneficiaba más al régimen iraní que a la Casa Blanca. Una ventaja visible en la indisimulable ansiedad de Donald Trump por acabar el conflicto cuanto antes.

Se lo veía deambular errático buscando una salida de emergencia y, ante cualquier atisbo de entendimiento, anunciaba con bombos y platillos un acuerdo a renglón seguido desmentido por el régimen de los ayatolas o pulverizado por un bombardeo israelí en el Líbano.}

Demasiado ansioso por finalizar la guerra, Trump dejaba a la vista que la superioridad militar no compensa su debilidad política para mantener una situación de conflicto donde no se vislumbra posibilidad alguna de capitulación del régimen o de su completa destrucción. Y esos objetivos proclamados con certeza total de que serían alcanzados en dos o tres semanas son el parámetro de la victoria que justificaría haber entrado a esta guerra empujado por Netanyahu.

Los halcones del régimen quisieron explotar al máximo esa debilidad política que inutiliza la superioridad militar de Estados Unidos. Mientras más larga se hiciera la “no guerra y no paz” que obligara a mantener el costoso despliegue naval norteamericano, más ansioso se volvería Trump por encontrar un punto final y, por ende, menos exigencias le pondría al régimen para cesar las acciones militares y comenzar negociaciones hacia un acuerdo definitivo de paz.

El punto límite de esa presión iraní para ampliar su victoria sobre lo que el ayatola Jomeini llamaba el “Gran Satán”, está en las cercanías de la elección legislativa de noviembre. Pasado ese punto límite y asegurada la mayoría demócrata en ambas cámaras, el jefe de la Casa Blanca, rencoroso y perdido por perdido, podría ordenar un ataque de devastación apocalíptica para vengarse de sus verdugos iraníes.

Para Pezeshkián y el ala política urgida de reiniciar las exportaciones de petróleo y reactivar la paralizada economía iraní, ya era suficiente y alcanzaba sobradamente para cantar victoria. Pero la Guardia de la Revolución Islámica quería explotar aún más la debilidad política de Trump y su inexorable choque con el líder que lo llevó a esta guerra asegurándole un triunfo fulminante y total en tiempo record: Benjamín Netanyahu.

¿Por qué los halcones chiitas terminaron aceptando el cese del fuego y el inicio de negociaciones hacia un acuerdo de paz? En alguna medida, porque la amenaza norteamericana de ocupar la isla de Kharg, que es el surtidor que carga los buques cisternas con el petróleo iraní de exportación, parecía un tiro de gracia. Pero principalmente, al generalato iraní lo doblegó la presión de China.

Al recibir a Trump en Beijing y hacerlo sentir insignificante a la sombra del gigante asiático, Xi Jinping aceptó ayudarlo a salir del laberinto en el que deambulaba extraviado y donde se licúa peligrosamente su vigor electoral. Además, el conflicto también tuvo su impacto negativo en la economía y en la producción energética de  China, aunque el extravío norteamericano le daba a Xi un instrumento para presionar a su visitante por el cese del envío de armas a Taiwán y por una tregua en la guerra arancelaría que le declaró el jefe de la Casa Blanca.

Por eso el mundo escuchó el resonante anuncio del acuerdo que impuso el cese de hostilidades de boca de Shehbhaz Sharif, el primer ministro de Pakistán, que es la pieza del régimen chino en el ardiente tablero del Oriente Medio.

Lo acordado no garantiza sostenibilidad en el tiempo. Además, obvió incluir temas claves en la resolución del conflicto. Por eso la “no guerra y no paz” desembocó en un “no acuerdo”, oxímoron que sirvió para que Trump encontrara una salida de emergencia pero garantiza poco y nada respecto al equilibrio en la región. El régimen no fue destruido ni capituló. Lo único que resolvió momentáneamente el “no acuerdo” es la reapertura del Estrecho de Ormuz.

Pero el bloqueo de ese paso era un problema creado por la guerra. Irán jamás había clausurado esa yugular petrolera. La guerra iniciada por Netanyahu y Trump le mostró ese instrumento formidable y, con él, tomó como rehén a la economía global y particularmente a la norteamericana.

Trump finge demencia al presentar el desbloqueo de Ormuz una victoria. El mundo ve otra cosa. The New York Times lo resumió de manera categórica: “es una derrota humillante” del magnate neoyorquino y de su gobierno ultraconservador.

Que la guerra concluye con una victoria del régimen criminal y oscurantista de los ayatolas persas lo confirma el choque entre Trump y Netanyahu.

El primer ministro israelí quería continuar el conflicto hasta destruir al régimen o imponerle una rendición incondicional. Sólo eso le sirve para fortalecerse en el escenario político de su país. Pero el “no acuerdo” que Trump usa como salida de emergencia no garantiza siquiera la renuncia iraní a su programa nuclear ni la destrucción de su arsenal de misiles balísticos. Tampoco menciona el apoyo de Teherán a Hezbolá y Hamas.

Para colmo, el mundo escuchó al magnate neoyorquino llamándolo “loco de mierda”, diciendo que lo salvó de ir a la cárcel por corrupto y que, por su culpa, “el mundo odia a Israel”. Si algo faltaba Trump lo gritó tras el último bombardeo israelí antes de acordar esta tregua: “si Netanyahu no puede con Hezbolá sin matar a todo el mundo, le encargaremos ese tema a Siria”.

Nadie hubiera imaginado hasta hace unas semanas que alguna vez escucharía a un presidente norteamericano encumbrar a un ex comandante de Al Qaeda, el líder sirio Ahmed al Sharaa.

Si así ocurriera, la potencia que intervino militarmente en el Líbano sosteniendo al chiismo pro-iraní entre 1976 y 2005, ahora regresaría pero con la misión opuesta: destruir a Hezbolla.

Desopilante, sí, pero muchas cosas son desopilantes en la región en la que Trump se extravió en el laberinto de la “no guerra y no paz” del que escapó con un “no acuerdo”.

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