Friday 19 de June, 2026

MUNDO | Hoy 16:43

La verdadera guerra que Rusia está perdiendo

Rusia lleva más de cuatro años en guerra con Ucrania. En ese tiempo perdió casi todos sus aliados en el mundo, su economía se deteriora aceleradamente, y sin embargo Moscú combate y rechaza cualquier acuerdo de paz.

Rusia lleva más de cuatro años en guerra con Ucrania. En ese tiempo perdió casi todos sus aliados en el mundo, su economía se deteriora aceleradamente, y sin embargo Moscú combate y rechaza cualquier acuerdo de paz. ¿Por qué un país que pierde tanto no cambia de rumbo? La respuesta es más simple y más aterradora de lo que parece.

Para entender a Rusia hay que empezar por su billetera. El país vive esencialmente de vender petróleo, y con ese dinero paga sus hospitales, pensiones, escuelas y ahora su guerra. El problema es que la guerra destruyó esa fuente de ingresos.

Antes de invadir Ucrania, Rusia vendía su petróleo casi a precios internacionales. Hoy lo vende con un descuento de $14 dólares por barril porque los países occidentales prohíben las compras en condiciones normales. Peor aún, los costos de extraer ese hidrocarburos subieron tanto que aproximadamente la mitad de las empresas petroleras rusas están operando con pérdidas. Nunca antes había pasado algo así.

Al mismo tiempo, Rusia gasta en su ejército casi el 40% de todo su presupuesto nacional, el nivel más alto desde la Guerra Fría soviética. Para financiar eso, el gobierno subió impuestos, redujo pensiones y servicios sociales, y se endeuda internamente a tasas de interés altas. El colchón financiero que Rusia acumuló en años de altos precios del petróleo ya se agotó. No hay reservas de emergencia disponibles.

El resultado es una economía que en 2025 creció apenas un 1%, cuando dos años antes crecía al 4%. Los economistas independientes la describen como un alpinista atrapado en la “zona de la muerte” a gran altitud, es decir, todavía está en pie, todavía respira, pero el cuerpo se destruye a sí mismo con cada hora que pasa.

Los aliados que se cayeron

Mientras la economía se deteriora por dentro, el mapa de aliados de Rusia en el mundo se ha vaciado a una velocidad inusitada.

En Siria, el gobierno de Bashar al-Assad, sostenido durante años con apoyo militar ruso, cayó a finales de 2024. En Venezuela, el presidente Nicolás Maduro, que contaba con asesores y mercenarios rusos para mantenerse en el poder, fue capturado y enviado preso a Estados Unidos en una operación relámpago en enero de 2026. En Bolivia el gobierno afín a Moscú perdió el poder. Irán, que le vendía a Rusia drones para atacar Ucrania, está hoy bajo ataque militar de Israel y Estados Unidos y lucha por su propia supervivencia. Siria, Venezuela, Bolivia, Irán representan cuatro fichas caídas en menos de dos años.

Cuba y Nicaragua, que dependían del petróleo y los subsidios venezolanos para funcionar, están ahora en serios problemas. Analistas rusos advierten que si Cuba cae bajo la presión estadounidense, será la prueba definitiva para el resto del mundo de que alinearse con Rusia no sirve de protección. La promesa de un mundo “multipolar”, es decir, un mundo donde Estados Unidos no manda solo, era el principal argumento de Moscú para atraer aliados, se está vaciando de credibilidad.

Lo más revelador es cómo reaccionó Rusia ante todo esto, porque no reaccionó. No defendió a Maduro cuando pidió ayuda, tampoco en Siria cuando Assad caía. Incluso sabía con antelación que Estados Unidos operaría en Venezuela, y no avisó a China, su propio socio estratégico. Esa es la señal de un país que ya no tiene recursos para defender su periferia.

Por qué no puede parar

Aquí está la paradoja central. Si Rusia pierde tanto, ¿por qué no negocia una salida? ¿Por qué rechaza los acuerdos de paz que se proponen?

La respuesta está en la naturaleza del régimen de Putin, porque la guerra no es solo una operación militar, también es el sostén político del sistema. Mientras hay guerra, hay justificación para el gasto extraordinario que beneficia a los industriales y generales que sostienen a Putin. Con el conflicto, cualquier crítica interna puede tratarse como traición y Rusia puede sentarse a negociar con Washington como si fuera una gran potencia, que es lo que Putin busca.

Una paz en términos aceptables para Ucrania exigiría que Rusia reconozca que invadió, que perdió, y que devuelva territorio. Eso destruiría la narrativa que justificó todo, incluyendo los muertos, el gasto, y el empobrecimiento de la población rusa; para Putin eso sería políticamente mortal.

Por eso las negociaciones de paz que se realizaron en Abu Dhabi y Ginebra durante los primeros meses de 2026 no llegaron a ningún lado. Rusia participó lo suficiente para parecer razonable ante el presidente Trump, quien quiere mostrarse buscando la paz, pero bloqueó sistemáticamente cualquier avance real en cuestiones de fondo como territorio, soberanía ucraniana y garantías de seguridad.

El petróleo como oxígeno

En este contexto de deterioro acelerado, el precio del petróleo es literalmente lo que mantiene al régimen con vida. Cuando el petróleo está barato, como ocurrió durante parte de 2025, con el barril ruso cerca de los $50 dólares, los ingresos del Estado se desploman y la presión sobre el sistema se vuelve insoportable.

Pero la guerra en el Medio Oriente entre Israel, Estados Unidos e Irán disparó el precio internacional del petróleo hasta los $109 dólares por barril. Para Rusia, eso es un regalo inesperado. Incluso con el descuento forzado, vender petróleo a ese precio le permite seguir pagando su ejército y su guerra por varios meses más.

Es por eso que empresas chinas como Sinopec y PetroChina evalúan la compra de petróleo ruso varado en barcos sin comprador por las sanciones. Es un negocio sin solidaridad política, porque China consigue petróleo con descuento y Rusia consigue un comprador que necesita desesperadamente. Una ventana de oportunidad que ambos aprovechan mientras dure.

Rusia en 2026 no es una potencia que gana ni una que colapsa. Es un sistema político que sobrevive destruyéndose a sí mismo porque gasta lo que no tiene, pierde aliados que no puede defender, negocia paz que no puede aceptar, y espera que el precio del petróleo juegue a favor de sus tiempos.

La historia no conoce muchos ejemplos de cómo termina esta clase de equilibrios, y los que existen no son optimistas.

Las cosas como son.

 

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

 

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Mookie Tenembaum

Mookie Tenembaum

Analista internacional, autor de Desilusionismo.

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