Exceso en el uso del celular. (Shutterstock)
La dictadura del "doble check"
La ansiedad es un sentimiento habitual en redes sociales. Una respuesta provocada por los algoritmos que esconde una sensación de vacío e impotencia.
El mensaje está ahí. Lo viste. Lo leíste. Y no respondiste. Tal vez porque estabas ocupado, porque se te pasó o porque, simplemente, no era prioridad. Pero en el otro extremo de la pantalla, alguien ya lo notó. Y en su cabeza, se activó el proceso: “¿Por qué no me contesta?, ¿estará enojado?, ¿le pasa algo?, ¿habrá visto mi otro mensaje en Instagram?, ¿subió una historia y no me respondió a mí?”. En un segundo, una nimiedad se vuelve una crisis.
El visto es mucho más que una confirmación de lectura: se convirtió en un arma psicológica y en una forma de medir el poder. Saber que alguien leyó y no respondió es, en el ecosistema emocional digital, el equivalente a hablarle a alguien en la vida real y que se quede mirándote sin contestar. Pero con un agravante: no hay lenguaje corporal ni tono de voz que lo matice. Solo un indicador frío e implacable que confirma que el otro podría haber respondido, pero no lo hizo. Y en esa brecha de interpretación infinita, nuestra mente construye los escenarios más paranoicos posibles.
Antes, la espera tenía márgenes. Te llamaban al fijo y si no estabas, no estabas. Te dejaban un mensaje en el contestador y lo escuchabas cuando podías. Hoy, el tiempo de espera se mide en minutos, en segundos. La inmediatez es la norma. Y el silencio, un vacío insoportable. ¿Cómo pasamos de la paciencia a la desesperación en menos de dos décadas?
El visto de WhatsApp. El visto de Instagram. El “activo hace 5 minutos” en Messenger. Rastros digitales que nos exponen en todo momento. Pero más allá del drama interpersonal, hay algo más profundo. Aprendimos a sentirnos presionados a responder sin demora: si no contestamos enseguida, sentimos que fallamos, y si el otro tarda, lo leemos como un rechazo. La ansiedad se infiltra en nuestra cotidianidad a través de una simple burbuja azul.
El problema es emocional, pero también técnico. Los algoritmos saben que la incertidumbre nos mantiene atrapados. En plataformas como TikTok o Instagram, los mensajes directos no tienen la misma urgencia que en WhatsApp, pero han implementado dinámicas similares: notificaciones de actividad, avisos de “está escribiendo”, indicadores de cuándo alguien estuvo en línea por última vez. Todo está diseñado para que volvamos a verificar y a calmar la angustia.
Un estudio de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) investigó cómo la urgencia de respuesta en redes incluida la presión de contestar mensajes afecta la salud mental de los estudiantes. Los resultados mostraron que un 39 % de los participantes presentó niveles altos de ansiedad relacionados con el temor de no responder o no recibir respuesta a tiempo. Además, se observaron cuadros moderados de estrés y depresión ligados a esta lógica de “estar siempre disponible”.
Si hay un escenario perfecto para llevar nuestra ansiedad al máximo, es WhatsApp Stories. Es la versión digital del chisme cotidiano. Podemos ver quién las miró, y además la lista de visualizaciones aparece ordenada por algún misterioso algoritmo. ¿Por qué cierto contacto aparece siempre arriba? ¿Es alguien que nos mira con frecuencia o simplemente un capricho del sistema? Peor aún, no sabemos si la persona realmente miró nuestra historia o si su dedo resbaló mientras pasaba entre actualizaciones. ¿Cuántas veces nos ha pasado ver que alguien miró nuestra story y asumir que significa algo? ¿Cuántas veces hemos sentido una ansiedad absurda porque vimos la story de alguien y ahora “sabe” que la vimos? Hasta el plomero que llamaste una vez termina viendo tus historias sin que puedas explicarlo.
Pero el impacto real está en las relaciones. Mujeres con las que tuve una conexión sentimental siguen viendo mis stories meses después, aunque ya no hablamos. Antiguos prestadores de servicios con los que no terminé en buenos términos aparecen entre mis primeros espectadores. ¿Les pasa a ustedes también? ¿Es pura casualidad o el algoritmo juega con nuestras percepciones para mantenernos enganchados? Incluso LinkedIn se ha sumado a esta lógica: la posibilidad de ver quién visitó tu perfil sin que lo sepas, el registro de tu actividad dentro de la red.
En ese escenario, cada “visto” se convierte en una moneda de cambio emocional. Preferimos encasillar la interacción en un like o en un mensaje ignorado, antes que tolerar la duda o el silencio. Pero esa necesidad de certeza nos atrapa en un juego que el algoritmo incentiva: cada vez queremos saber más rápido por qué no contestan y quién vio nuestras historias.
Tal vez la verdadera libertad pase por aprender a soltar el control cuando la respuesta no llega, más que por desconectarnos del todo. En un mundo regido por el “visto”, atrevernos a convivir con la demora, la ambigüedad y el silencio es la única forma de recuperar un espacio de calma que la tecnología no puede ni debe reemplazar.
Joan Cwaik es escritor y divulgador del desarrollo de tecnologías emergentes y su impacto social. Ha impartido más de 500 conferencias en 20 países, incluyendo el G20 Young Entrepreneurs Alliance, tres charlas TEDx, Campus Party y eMerge Americas. Es autor de “El Algoritmo: ¿Quién decide por nosotros?” (Planeta, 2025) y “El Dilema Humano” (Galerna, 2021), declarados de interés por la Cámara de Diputados y la Legislatura porteña. Profesor en la Universidad de San Andrés y Head of Marketing LATAM en Maytronics. Columnista en diversos medios del país.
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