Bondi a Finisterre (Pablo Temes)
La gran pesadilla europea
La crisis de Ceuta marcó un nuevo hito en la problemática migratoria del Viejo Continente. El dilema del gobierno español.
Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Tienen razón: las difundidas por el mundo de la irrupción en Ceuta de más de 72.000 marroquíes y subsaharianos, casi todos varones jóvenes “de edad militar”, tuvieron un impacto internacional mucho más fuerte que el producido por los discursos apasionados de centenares de políticos habitualmente calificados de derechistas.
Con todo, la reacción casi instantánea de las autoridades de la Unión Europea que, en efecto, acusaron al gobierno español de facilitar la entrada al bloque de hordas de inmigrantes ilegales, se debió no sólo a la espectacularidad de las imágenes sino también al clima anímico imperante en la región. Muchos europeos sienten que sus países están bajo sitio y que contingentes aguerridos de “bárbaros” ya están dentro de las puertas. Y si bien los gobiernos europeos, con la excepción del español del socialista Pedro Sánchez, se han comprometido a aumentar mucho el gasto militar por si al ruso Vladimir Putin se le ocurre atacar a más vecinos occidentales, el grueso de la población cree que el islamismo plantea un peligro que es decididamente mayor que el supuesto por el imperialismo neo-zarista del autócrata del Kremlin que, al fin y al cabo, ha sido incapaz de incorporar Ucrania a sus dominios.
El nerviosismo que se ha apoderado de Europa puede entenderse. Después de décadas en que la mayoría imaginaba que la historia quedaba atrás y que durarían para siempre la paz y la prosperidad módica que disfrutaba, ha tenido que reconocer que podrían repetirse los horrores del pasado. Al informarles Donald Trump que en adelante no contarían con el escudo militar estadounidense, los europeos se sienten inermes frente a los tentados a sacar provecho de su debilidad. Si bien poseen los recursos económicos y humanos que necesitarían para reconstruir sus fuerzas armadas, para hacerlo tendrían que gastar mucho menos en programas de bienestar social, una eventualidad que, por razones evidentes, no está del grado de políticos que se han acostumbrado a comprar popularidad con el dinero ajeno.
También incide la sensación ya generalizada de que el gran experimento multicultural de las elites progresistas del continente ha fracasado de manera desastrosa. Convencidas de que la buena voluntad que dichas elites se atribuyen les permitiría superar todos los obstáculos, se negaron a tomar en serio la experiencia a través de los siglos de otras sociedades e incluso aquella del Líbano que, a partir de los años sesenta del siglo pasado, se ha visto desgarrado por conflictos sectarios, o de Irlanda del Norte en que las diferencias entre católicos y protestantes sirvieron para justificar un sinfín de atentados terroristas.
Así las cosas, no extraña que tantos europeos teman lo peor y que, aprovechando los ya ubicuos medios sociales, los equivalentes modernos de los arúspices romanos vaticinen guerras civiles y otras calamidades. Para hacer aún más ominosos los presagios, la conciencia de que, debido a la miopía de la clase política, las economías de muchos países europeos se asemejan cada vez más a la argentina, está intensificando el pesimismo de quienes ya dan por descontado que pronto estallarán crisis financieras aún más costosas que la que se inició en 2008 y puso fin a un período prolongado de crecimiento.
Aunque la mayoría de los intrusos que entraron en Ceuta terminó saliendo mansamente del enclave español al darse cuenta de que no le sería nada fácil seguir viaje hacia las tierras de promisión del otro lado del Mediterráneo, el episodio alarmó a casi todos los gobiernos de la Unión Europea, liderados en esta oportunidad por el italiano encabezado por la derechista Giorgia Meloni y el dinamarqués de la socialista Mette Frederiksen. En seguida, amonestaron al español por no hacer lo suficiente para defender la frontera común.
Meloni y Frederiksen distan de ser los únicos dirigentes europeos que saben muy bien que en sus propios países está creciendo la hostilidad popular hacia las ya nutridas comunidades musulmanas y tienen motivos de sobra para temer que lo ocurrido en Ceuta sirva para intensificarla todavía más, ya que coincidió con una serie de ataques islamistas contra civiles en Alemania y otros países. Aunque no hubo ningún vínculo directo entre la conducta de jóvenes que, al grito de guerra “Alláhu Akbar” -"Alá es el más grande”-, acuchillaron a quienes encontraron en la calle en Berlín, Paris u otras ciudades y la invasión de una localidad española ubicada en África, que con toda probabilidad fue instigada por el gobierno marroquí molesto por la visita de Sánchez a Argelia, para muchos se trataba de manifestaciones del mismo fenómeno islamista.
Como pudo preverse, Trump no vaciló en aprovechar lo que tomó por más evidencia de que la civilización occidental se ve amenazada de muerte por hordas tercermundistas que, con la colaboración de la izquierda que está ganando terreno en Estados Unidos, están procurando colonizarla. Imputó lo sucedido en Ceuta a “los esfuerzos deliberados” del gobierno socialista de Pedro Sánchez por “permitir y facilitar la migración ilegal masiva hacia Europa” al regularizar de golpe la situación de más de medio millón de inmigrantes sin papeles que vivían en su país. Y para rematar, Trump calificó a Ceuta y otro enclave español en la costa norteafricana, Melilla, de “territorios marroquíes ocupados”: habla así porque quiere castigar a España por la negativa del gobierno socialista a gastar más en sus fuerzas armadas y por oponerse a la estrategia norteamericana en el Oriente Medio.
En Europa escasean los admiradores de Trump, pero muchos comparten la actitud que ha asumido frente al multiculturalismo pregonado por progresistas convencidos de que, por motivos humanitarios, los países ricos deberían mantener abiertas las puertas para que sigan entrando millones de personas de culturas y creencias radicalmente distintas de las occidentales y que, en muchos casos, no tienen ningún deseo de respetar las costumbres de sus anfitriones. Por el contrario, el auge de partidos de la llamada “ultraderecha” en todos los países europeos se debe a la sensación de que gobiernos de otras tendencias han estado dispuestos a sacrificar la población nativa en aras de una ideología según la cual la soberanía nacional es un concepto primitivo y que, de todos modos, es inmoral anteponer los intereses de la sociedad propia a las de la comunidad global.
Hasta fines del siglo pasado, los más contrarios a la inmigración masiva eran los izquierdistas, ya que perjudicaba principalmente a los obreros no calificados, pero cuando el grueso de la clase trabajadora dejó de votar por candidatos socialistas o comunistas para respaldar a derechistas como la francesa Marine Le Pen, decidieron que les convendría más solidarizarse con los recién venidos. También lo harían muchos empresarios que querían disponer de mano de obra barata. Por razones parecidas, gobiernos preocupados por las dimensiones del producto bruto nacional de su país se dieron cuenta de que la importación de grandes contingentes de obreros sin formación ayudaría a aumentarlo, si bien lo haría a costa del ingreso promedio.
Así pues, los progresistas que aún dominan las instituciones culturales y profesionales, burócratas gubernamentales de formación similar y empresarios muy importantes se combinaron para impulsar la inmigración descontrolada que tantas tensiones está provocando en los países considerados desarrollados. Si bien la alianza así supuesta está batiéndose en retirada frente a la “ultraderecha” -epíteto que se aplica a cualquier persona o grupo que se opone a la ortodoxia progresista de turno-, sigue intentando frustrar en los tribunales los esfuerzos de dirigentes como Meloni por frenar la entrada de inmigrantes de origen africano o asiático.
Tanto el gobierno español como el marroquí están procurando minimizar la importancia de la breve invasión de Ceuta, pero ya es tarde para que el episodio sea recordado como algo meramente anecdótico. Muchos europeos lo tomaron por una advertencia de lo que podría sucederles si bajan la guardia y están presionando a los políticos para que tomen medidas más severas para fortalecer no sólo las fronteras comunitarias sino también las nacionales.
Asimismo, los preocupados por lo que podrían tener en mente los presuntos enemigos de su estilo de vida entienden que los islamistas cuentan con el apoyo de correligionarios largamente establecidos en Europa, razón por la que se oye con frecuencia creciente la palabra novedosa “remigración”, o sea, la expulsión por razones religiosas o ideológicas de los musulmanes aun cuando no hayan cometido ningún delito y tengan todos los papeles en regla. Hace apenas un par de años, propuestas tan draconianas merecían el repudio de virtualmente todos, pero últimamente han cambiado tanto las actitudes que los gobiernos de países antes célebres por su voluntad de acoger inmigrantes sin preocuparse por sus antecedentes, como Suecia, están presionando a aquellos refugiados que siguen aferrándose a las costumbres de su país de origen para que vuelvan a casa. Al ofrecerles hasta 37 mil dólares si lo hacen voluntariamente, el gobierno sueco está informando, de manera nada sutil, a los demás musulmanes que ya no son bienvenidos.
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