Trump (Pablo Temes)

La insufrible ubicuidad de Donald Trump

El resto del mundo depende de la voluntad del excéntrico presidente norteamericano. La marcha en su contra y la guerra en Medio Oriente.

Para su inmensa satisfacción, Donald Trump sabe que todos los demás mandatarios del planeta, asesorados por un sinfín de especialistas acreditados en los temas estratégicos, políticos y comerciales que los preocupan, además de centenares de millones de mortales comunes, están pendientes de sus palabras. ¿Las entienden?  Puesto que a Trump le encanta despistar a sus interlocutores por suponer que es de su interés mantenerlos en vilo y por lo tanto raramente alude a sus intenciones reales, ni siquiera los miembros principales de la administración que encabeza se creen capaces de interpretar fielmente todos sus dichos.

Para colmo, Trump es por lejos el presidente más locuaz de la historia norteamericana, tal vez de la universal. Pocos días transcurren sin que pronuncie un discurso largo lleno de improvisaciones chistosas, participe de una conferencia de prensa y, antes de irse a dormir, escriba algunas parrafadas impactantes para su medio social favorito. Se trata de una especie de monólogo interior o una corriente de conciencia joyceana interminable que, si fuera cuestión de las divagaciones de un personaje menos eminente, carecería de importancia, pero sucede que Trump es, como suelen recordarnos sus compatriotas, “el hombre más poderoso del mundo”. Bien que mal, sus palabras pesan.

A diferencia de sus antecesores en la Casa Blanca, Trump aspira a rediseñar el orden internacional. Se comporta como un demiurgo que ha sido convocado por el destino no sólo para restaurar “la grandeza” de Estados Unidos, cuando no la del Occidente en su conjunto, sino también para poner en su lugar a rivales como China y, mientras tanto, frustrar las aspiraciones de rebeldes peligrosísimos contra lo que queda del viejo orden mundial como los ultra-islamistas de Irán, de ahí la guerra que está librando en el Oriente Medio.

Aunque Estados Unidos e Israel tienen motivos que son claramente legítimos para querer hacer trizas del régimen de ayatolas que se afirman resueltos a aniquilarlos y es más que probable que sus esfuerzos en tal sentido cuenten con el apoyo decidido de la mayoría abrumadora de los iraníes, el que Trump sea una figura tan inverosímilmente polémico está contaminando todos los debates en torno al conflicto. Quienes lo odian suelen pasar por alto los crímenes de lesa humanidad cometidos por la Guardia Revolucionaria Islámica y los paramilitares de la Basij, mientras que muchos políticos y comentaristas norteamericanos y europeos han caído en la tentación de atribuir la ofensiva imprevista que desató a nada más que la impulsividad de un narcisista despreciable y al deseo del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu de dejar atrás sus problemas políticos y legales. Por razones de política interna, algunos claramente quieren que salga airosa la dictadura teocrática.

Así pues, el mundo está asistiendo a una guerra en que muy pocos procuran comprender los motivos reales de los protagonistas. Convencidos de que Trump es un imbécil salido del mundillo mafioso de los bienes raíces neoyorquinos, lo tratan como un analfabeto de instintos violentos que no entiende nada de geopolítica y que se ha dejado engañar por su socio israelí.  

En cuanto a los ayatolas iraníes, sus creencias son tan ajenas a las occidentales que motivan más incredulidad que interés entre los supuestos expertos en asuntos internacionales. ¿Realmente toman en serio los teócratas iraníes que aún siguen vivos aquello del regreso salvador del duodécimo imán, Muhammad al-Mahdi, que según ellos queda oculto por decreto divino desde el siglo IX? Cuesta creerlo, pero a través de los siglos movimientos basados en ideas que para el hombre moderno son igualmente estrafalarias han provocado muchas convulsiones sanguinarias, de suerte que es por lo menos factible que algunos iraníes sí se imaginen en vísperas de las batallas apocalípticas que, según los religiosos más fanatizados, precederán al tan esperado día del juicio final.     

La negativa de los sobrevivientes del régimen islamista a reconocer que han sido derrotados militarmente y que por lo tanto deberían rendirse incondicionalmente, como hicieron en circunstancias parecidas hace casi ochenta años atrás los nazis alemanes y los imperialistas japoneses, ha desconcertado a Trump. Como tantos otros norteamericanos, el magnate da por desconcertado que en el fondo todos los habitantes de la Tierra quieren las mismas cosas -paz, bienestar y así por el estilo- y a su modo comparten los mismos valores, razón por la que en su opinión no tiene sentido que los iraníes que apoyan a la dictadura “de Dios” sigan luchando contra fuerzas militares que son tan superiores a las propias que serían plenamente capaces de reducir todas sus ciudades a escombros humeantes. Según la lógica norteamericana actual, la conducta de los teócratas difícilmente podría ser más irracional, pero sucede que, para ellos, morir como mártires sería infinitamente mejor que traicionar a la causa con la que se sienten identificados y de tal modo contribuir a su eliminación definitiva.

Los islamistas iraníes reaccionaron frente a la embestida de Trump disparando misiles balísticos y drones contra países árabes vecinos, sin discriminar entre presuntos amigos y enemigos declarados, y en efecto clausurando el estrecho de Ormuz para hacer subir el precio mundial del crudo.  Por ser el bolsillo “la víscera más sensible del hombre”, como dijo una vez Perón, al provocar nerviosismo en los mercados mundiales, los iraníes obligaron a Trump a pensar en los eventuales méritos de declarar terminada la guerra antes de alcanzar los objetivos que se había propuesto al iniciarla.

Según las encuestas de opinión, con escasas excepciones los norteamericanos se preocupan mucho más por el precio de la nafta en la estación de servicio local que por lo que podría suceder si los ayatolas finalmente consiguieran pertrecharse de un arsenal nuclear o por el destino del pueblo persa bajo un régimen vengativo que nunca ha vacilado en masacrar a quienes se le oponen. Otra carta en manos de los islamistas es la proximidad de las elecciones legislativas; si en el otoño boreal hay botas norteamericanas sobre terreno iraní, los republicanos de Trump, que en la campaña electoral que lo llevó de vuelta a la Casa Blanca dijo una y otra vez que nunca se le ocurría empezar una guerra en el exterior, podrían perder muchos votos, pero a menos que el gobierno norteamericano esté dispuesto a hacer lo necesario para mantener abierto el estrecho de Ormuz, una profunda crisis económica mundial imputable a la guerra le costaría el apoyo ya tibio de todos los aliados tradicionales de Estados Unidos.

La personalidad sobradora de Trump incide tanto en la opinión tanto de los integrantes de los gobiernos de todos los países del mundo, y en la de la ciudadanía rasa, que desde inicio de las hostilidades, muchos están procurando minimizar las dimensiones de la amenaza planteada por la República Islámica que, además de estar resuelta a adquirir bombas nucleares y de poseer ya los medios precisos para permitirle usarlas no sólo contra Israel y sus vecinos sino también contra Europa, ha invertido muchísimo dinero en células terroristas repartidas a lo ancho y lo largo del planeta. Aunque muchos acusan a Trump de actuar prematuramente porque, dicen, no hay evidencia firme de que Irán estuviera por transformarse en una potencia nuclear dentro de un par de semanas, sería más realista lamentar que quienes lo precedieron en el poder no hicieran lo mismo años antes.

Sea como fuere, por ser el régimen actual iraní uno cuya legitimidad no se debe a la voluntad popular o un arreglo constitucional sino a lo que sus adherentes creen es la ley indiscutible de Dios, puede perder el poder temporal sin por eso renunciar al deber que se atribuye de determinar el comportamiento de todos los demás. Como los combatientes del llamado Estado Islámico, sus adherentes se creen divinamente autorizados para perpetrar actos de terrorismo tanto en Irán como en otras partes del mundo. Así pues, aún cuando consiguieran derrocarlo los norteamericanos -o, lo que sería mucho mejor, el pueblo iraní-, continuará luchando por mucho tiempo. Mal que les pese a las víctimas del salvajismo yihadista, el poder de resistencia del islam militante es mucho mayor que el del comunismo u otros credos políticos y económicos porque no depende de factores materiales.

Lo mismo que otros credos religiosos, el islam radical puede  resurgir después de sufrir derrotas aplastantes en la arena política o en el campo de batalla con tal que conserve la capacidad para atraer a quienes buscan alternativas a las normas culturales o, por decirlo de algún modo, espirituales imperantes en la sociedad en que viven. Con todo, esto no quiere decir que el extremismo islámico sea invulnerable a presiones que harían caer a un gobierno laico. Hace apenas tres meses, una proporción sustancial de la población de Irán se alzó en rebelión no sólo contra un régimen asesino sino también contra la ocupación del espacio público por energúmenos clericales.  Y a pesar de que la apostasía sea un crimen capital en el mundo musulmán, según algunos investigadores presuntamente imparciales, el cristianismo está ganando cada vez más adeptos entre los hartos de la prepotencia islámica.

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