Patricia Bullrich (Cedoc)

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Patricia Bullrich, entre la reforma laboral y una candidatura: la negociadora de la casta

La senadora se adjudica los éxitos parlamentarios del Gobierno. El sueño del 2027 y los roces con Karina Milei.

“Vogue” fue uno de los grandes hits de Madonna. Se estrenó en 1990, luego de que, dice la leyenda, la diva pop viera ese particular estilo de baile -“voguing”, inventado por las comunidades negras, queers y latinas como una forma de protesta- en una fiesta para recaudar fondos contra el SIDA. Desde entonces el tema, que en su momento rompió todos los récords, se convirtió en uno de los himnos LGBTQ+. 36 años después de su lanzamiento volvió a sonar, pero en los pasillos del Senado.

Patricia Bullrich -o mejor dicho su “equipo de campaña permanente”, como se llama el grupo de Whatsapp que se creó para las elecciones del 2025 y que todavía sigue activo con la idea de “instalar la marca Patricia”- subió un video a sus redes jugando con esa canción. El clip fue posteado horas después de que la reforma laboral tuviera media sanción en la Cámara Alta. Dura exactamente 45 segundos, y muestra a la senadora como ama y señora del recinto: ella caminando a paso firme por los pasillos del Senado con un traje rojo con una escarapela, ordenando a la bancada libertaria que conduce, siguiendo el debate, peleándose, y festejando el triunfo. Bullrich, a diferencia de Madonna, no bailó para la cámara, pero la música y los movimientos de la senadora iban ajustados. El video parece lo que es: no sólo un relanzamiento de la imagen de la otrora ministra de Seguridad, a la que se busca reconvertir en la rueda central del engranaje del Gobierno, sino también una pieza de campaña política. Que haya alcanzado casi el millón de visitas en sus distintas redes sociales y, en especial, que quien quiere retener el monopolio del manejo político del Gobierno solo aparezca en un brevísimo paneo, solo hizo crecer esa idea. Muchos creen eso, empezando por Karina Milei, con quien Bullrich mantiene la tensa calma que suele anteceder a las tempestades.

Mientras que el Gobierno atraviesa el que quizás sea su mejor momento político, la senadora quiere retener la atención y el protagonismo. Se logró vender como la gran negociadora del oficialismo, ese lugar que había quedado vacante luego de la salida de Guillermo Francos, y sueña con un futuro electoral en el 2027.

A la carga. En junio, unos días antes de que comience el Mundial, Bullrich va a cumplir 70 años. De esas siete décadas, casi tres (27 años, para ser exactos) se le fueron ocupando cargos en el Estado, bajo distintas administraciones, lo que a más de uno le daría para identificarla como uno de los miembros más prominentes de “la casta”. Ahora, por llegar a su aniversario número setenta, Bullrich dice en la intimidad que está en “otro momento” de su vida. Que, a diferencia de lo que pasaba hasta hace no tanto, ya no se le va toda la líbido en la política. Sus más cercanos cuentan que incluso ellos están sorprendidos: hasta diciembre estaban preocupados por cómo le impactaría en el ánimo pasar de la dinámica de la gestión del ministerio de Seguridad -en lo que eran jornadas maratónicas que a veces iban desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche- a la del Parlamento, donde hay días enteros en los que, a nivel político, no sucede nada. En ese círculo cuentan que Bullrich está “disfrutando” del momento: aprovecha huecos libres para tomar clases de tenis -junto con el paddle, de sus deportes preferidos-, se fue de vacaciones con sus tres nietos durante diez días a Costa Rica, y mira el programa de chimentos de Ángel de Brito por las noches. “Hace algunos años, Patricia se levantaba y se acostaba todos los días pensando primero en cómo destruir a Larreta y después en cómo ser presidenta. Hoy está en otra sintonía”, dicen cerca suyo.

En el equipo de la senadora juran que no sólo son declaraciones de buena fe, sino que tienen pruebas: lo dócil -“teniendo en cuenta cómo es Patricia”- que fue a la hora de aceptar dejar el ministerio por la senaduría. Ese fue un convite envenado de Karina Milei, que la empujó a ser la primera candidata en la Ciudad de Buenos Aires en octubre del año pasado. Desde que nació La Libertad Avanza, la menor de la familia Milei tiene como leitmotiv procurar que nadie de ese espacio se anime a discutirle en popularidad a su hermano. Todas las figuras que tuvieron algún tipo de vuelo propio fueron sistemáticamente barridas por la hermanísima que, como Atila, no quiere que ni siquiera el pasto crezca tras su paso. La desconfianza de ella hacia Bullrich -sumado al rechazo que tuvo siempre hacia los dirigentes del PRO- era, por lo tanto, de esperar. En especial teniendo en cuenta el profuso historial político de “la Piba”.

Karina, la dueña de la lapicera, empujó al Senado a Bullrich. No sólo eso: en todas las listas -las nacionales, las de Buenos Aires y las de la Ciudad- fue extremadamente celosa a la hora de darle lugar al bullrichismo, a pesar de que la otrora ministra se “llevó” a siete diputados del PRO a engrosar el bloque oficialista sobre el cierre del año pasado. Sin embargo, la secretaria general no es conocida por su generosidad. Al interior del equipo de la entonces ministra surgió la duda de si dar la pelea o, como indicaría el manual de la táctica política, esperar al momento indicado. Decidieron poner la otra mejilla.

El 2026 comenzó con la agenda pasando por el Congreso, en un momento donde el oficialismo parece no encontrar resistencias. Por la propia dinámica del año político, y por la impronta de Bullrich, las luces empezaron a posarse sobre la flamante senadora. Quien primero notó esto, y antes del video de “Vogue”, fue la propia Karina.

El 29 de enero sucedió una escena que corrió como pólvora en el oficialismo. Bullrich venía armando reuniones informativas y discusiones abiertas sobre la reforma laboral desde el arranque del año. Había hecho una antes en Mar del Plata y aquel día tocaba la Capital, en una charla con el economista oficialista Claudio Zuchovicki y el diputado Guillermo Montenegro. Sabiendo que CABA es un lugar políticamente sensible, donde la secretaria general tiene a sus dos alfiles, Pilar Ramírez y Manuel Adorni, la senadora le hizo llegar la notificación por el evento. El subtexto estaba claro: había un riesgo cierto de que esa actividad se tomase como un prelanzamiento de la candidatura por la jefatura del Gobierno porteño, y que por lo tanto estallara una guerra anticipada. Sin embargo, todo marchaba sobre ruedas hasta un par de horas antes del comienzo de la actividad. “Sumalo a Manuel”, fue el mensaje que le llegó entonces al equipo de Bullrich, sin lugar para medias tintas o negociaciones. Sobre la hora, el jefe de Gabinete se sumó al panel, y una vez que concluyó Karina también se subió al escenario para la foto final. “Ella lo que hizo fue decir mirá, acá está mi candidato para la Ciudad, no te confundás que mando yo”, dice una fuente parlamentaria que está en La Libertad Avanza desde sus inicios. Toda la escena fue sentida como un baldazo de agua fría para el bullrichismo. Aunque admiten que fue una situación incómoda, en ese mundo intentan minimizar las tensiones. “Patricia está para lo que pida el equipo, no tiene ganas de andar peleando como en otros momentos. ¿Querían que sea senadora? Fue senadora. ¿No la quieren más? Bueno, deja el cargo. ¿La quieren de vicepresidenta o para la Ciudad? Está bien”, dicen.

No sólo con Karina hay chispazos. Con Santiago Caputo tuvo discusiones a grito pelado cuando ella estaba en el ministerio y frecuentaba la Casa Rosada. Además de una cuestión etaria, casi de piel, a Bullrich jamás le gustó el hecho de que el asesor estrella pretendiera monopolizar las áreas sensibles de la gestión a la par de su renuencia a tener un cargo formal, algo que al menos en los papeles lo dejaba fuera de una posible causa judicial futura. Es algo bien distinto a lo que le sucedía a Bullrich: Pablo Grillo, el fotógrafo salvajemente atacado durante una cobertura el año anterior, ya pidió públicamente que la Justicia alcance no sólo al cabo Guerrero, quien le disparó, sino a quien entonces era ministra.

Esa mala sintonía con Caputo continúa en esta nueva etapa. El hecho de que Bullrich haya intentado monopolizar las negociaciones para sacar la reforma laboral no le cayó en gracia a los soldados de “Las Fuerzas del Cielo”. Ezequiel Atauche, que reporta a las filas del “Mago del Kremlin”, era el jefe de la bancada libertaria hasta el desembarco de Bullrich en el Senado. Además, el mejor indicador para predecir el futuro suele ser el pasado: el asesor estrella tuvo conflictos y fue un gran instigador de la salida de Guillermo Francos. Bullrich hoy parece ocupar ese mismo rol, por lo que no sería para nada una sorpresa que esta tensión escale.

 

Futuro. Los que insisten con que la senadora hoy está en otra “sintonía” también adjuntan otra evidencia: un video de ella lagrimeando en el Senado, luego de escuchar a María Eugenia Rodríguez relatar el asesinato de su hija de nueve años. La imagen de la otrora montonera llorando no es algo que se suela ver.

¿Será real esta “nueva” Bullrich? ¿O es todo una puesta en escena? Guillermo Yanco, su esposo desde hace 28 años -ahora reconvertido en actor de una obra de la calle Corrientes- suele rememorar una anécdota: en la primera salida que tuvieron, su futura esposa le aclaró que su única regla era que nunca la obligara a elegir entre “él y la política”. “Porque me voy a quedar con la política”, remató entonces.

Lo que tiene entonces el Gobierno, escondido atrás del éxito por la aprobación de la reforma laboral y la baja de la edad de imputabilidad, puede ser un problema latente. Bullrich es senadora por seis años más y no está a tiro de decreto de ser echada -como sí sucedía durante su gestión en el ministerio-, dialoga con sectores que el resto del gobierno no -como la CGT-, es aplaudida por el público libertario y, subida al clima de época, tiene ambiciones. “Alguien como Patricia nunca jamás va a abandonar su sueño de ser Presidenta en algún momento, el día en que eso pase significa que está muerta”, aventura alguien que la conoce hace décadas.

Solo como un ejercicio teórico: ¿qué pasaría en un futuro si la senadora decide ser candidata a jefa de Gobierno porteño y Karina le dice que no? ¿Podría llegar a jugar por afuera, o al menos amenazar con eso? Es una pregunta que late en el círculo rojo, al menos como hipótesis.

Del lado de la senadora descartan de plano cualquier teoría conspirativa, y ofrecen como prueba la buena sintonía -que sigue creciendo, dice este bando- entre ella y el Presidente. Bullrich prefiere reunirse mano a mano con Milei, apostando a una relación personal con el libertario que a otros en el pasado les terminó saliendo caro. Karina no perdona a quien pretende tener un vínculo directo con su hermano sin pasar antes por su intermediación. Vale la pena recordar una anécdota que cuenta la periodista Emilia Delfino en el libro que escribió sobre Victoria Villarruel, una pelea entre la entonces candidata y Milei. “Voy a ser vicepresidenta y no puedo poner a nadie en la lista”, le recrimina ella, a lo que el libertario responde: “Y yo tampoco, y eso que voy a ser Presidente”. 

Por eso es que algunos que conocen a Bullrich hace tiempo dicen que ella no va a esperar ninguna aprobación a la hora de ir a buscar la silla de Jorge Macri. De hecho, Bullrich iba a ser parte de una comitiva del oficialismo que viajó a principios de febrero a Madrid, un convenio con la universidad complutense en el que se invitaba a legisladores del Gobierno a ver cómo se gestionaba la municipalidad de la capital española. Finalmente, por las sesiones extraordinarias y la reforma laboral, la senadora no pudo ir.

Ese deseo de ir por la Capital Federal no parte solo como una última mojada de oreja al PRO, el espacio que la cobijó durante casi una década y con el que ahora está más que mal -con el ex presidente, de hecho, se interrumpió el diálogo, mientras que Cristian Ritondo se quejó en público por cómo se manejó durante el tratamiento de la reforma laboral-, sino como un viejo anhelo de tener poder propio. “Está cansada de que le digan qué hacer, de tener jefes”, dicen.

Todavía falta mucho, y por ahora tendrá que lidiar con el delicado equilibro del ecosistema libertario. Habrá que ver quién gana la pulseada.

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