Mundo / 11 de julio de 2015

Triunfo y derrota en Grecia

El referéndum griego y cómo interpretar la victoria del “No”. La economía y el Partenón: pasados de esplendor y presente en ruinas.

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ELEGIR. El presidente Tsipras y los griegos decidieron no ajustar.

El referéndum desciende del ostracismo, una institución impulsada por Clístenes cinco siglos antes de Cristo, en la que el ciudadano ateniense votaba por expulsar o no de la polis a quien hubiera cometido una falta grave.
El primer ministro griego hizo una apuesta de riesgo que, de haberle salido mal, lo hubiera expulsado del gobierno. Sin embargo, no es tan fácil interpretar el triunfo del “No” a las imposiciones europeas como un gran triunfo del gobierno de Syriza. De hecho, en el medio de los festejos, el triunfador Alexis Tsipras sacrificó a Yanis Varoufakis, su ministro de Fianzas y principal negociador, en el altar de la eurozona.
Sucede que la política griega lleva tiempo extraviada. Y como en el mitológico laberinto de Dédalo, la salida no está a la vista y adentro todos deambulan sin mantener una dirección.
De hecho, cuando aún estaba en la oposición, Tsipras y su coalición de izquierda radical atacaban los ajustes que hicieron Yorgos Papandreu y después Antonis Samarás. Exigían la salida de la eurozona y la recuperación de la moneda propia, el dracma.
Sin embargo, cuando acertadamente convocó a un referéndum para que los griegos rechazaran el ajuste durísimo y de resultado incierto que le imponía “la troika”, fue Bruselas la que dijo que votar “Oxi” (No) implicaba optar por salir de la eurozona. Cuando ese mensaje se instaló en la sociedad que se encaminaba hacia las urnas para responder una pregunta larga y compleja, las encuestas mostraban una clara mayoría a favor del “Nei” (Si). Entonces Tsipras tuvo que girar en el aire y salir a decir que el “No” en modo alguno implicaba salir de la eurozona y que el gobierno de Syriza va a mantener el euro como moneda, aunque negociando desde una posición más firme frente a la ortodoxia prepotente de la UE.
De tal modo, el referéndum golpeó a Bruselas y a Berlín, apoyando al gobierno de la izquierda griega, pero en el trayecto Tsipras tuvo que girar el eje de su discurso y proclamar, con todas las letras, lo que hasta entonces no había proclamado con tanta claridad: Grecia debe seguir en la UE y con el euro.
Logrando que el “Oxi” no sonara antieuropeo, consiguió que el “Nei” sonara anti-patria. No obstante, igual que Bruselas, Tsipras triunfó al mismo tiempo que era doblegado.

La economía griega es como el Partenón: tienen un pasado de esplendor, un presente en ruinas y a la culpa se la puede dividir en tres.
El templo dórico de la acrópolis fue construido en el apogeo de la democracia ateniense. Lugar de culto a la diosa de la sabiduría y la guerra, el Partenón reflejaba el poderío económico y militar de lo que en el siglo V aC aún era una gran potencia.
En los siguientes milenios, pasando por el sometimiento a diferentes imperios, el templo de Atenea se alejó del Olimpo y veneró a otros dioses y profetas. Pero llegó con su estructura intacta hasta el siglo XVII.
Que en la actualidad sea una ruina tiene tres responsables: los jenízaros del ocupante otomano, que usaron el Partenón como depósito de pólvora; los sitiadores venecianos, que lo atacaron provocando la explosión que destruyó gran parte de su estructura, y la embajada inglesa, que terminó de descascararlo al sacar los frisos que habían sobrevivido al estallido, para llevarlos al Museo Británico.
El esplendor había comenzado a insinuarse en el período micénico, descripto por Homero en la Ilíada y la Odisea; dio un salto con la aparición de los primero físicos, Tales, Anaxímenes y Anaximandro, que iniciaron la revolucionaria tarea de bajar el pensamiento del Olimpo y llevarlo a la observación de la naturaleza, para explicar los fenómenos del mundo.
Paralelamente, nacía la polis y, con ella, otra concepción revolucionaria: el Cratos (poder) salió de las manos de un hombre investido por los dioses, para situarse en un punto equidistante de los ciudadanos: la ley. Y en el marco de esa sociedad de iguales que debatían en el ágora, la filosofía elevaba el pensamiento hasta alturas insospechadas.
En aquel momento de esplendor, Grecia le aportó instrumentos económicos al mundo. Aristóteles fue un impulsor de la propiedad privada, explicando que es más productiva que la propiedad común y, aunque rechazaba el pago de intereses en los préstamos, fue en la polis ateniense donde aparecieron los primeros bancos y desarrollaron la primera estructura protocapitalista.
No solo la cultura occidental tiene a Grecia en su raíz; también el capitalismo y la actividad financiera. Realidades hoy en ruinas.

Como en el caso del Partenón, la culpa de que la economía griega esté en ruinas se reparte en tres: el bipartidismo surgido tras la caída de la “dictadura de los coroneles”; la visión unidimensional de “la troika” al imponer ajustes letales a los países débiles de la eurozona y, en menor medida, la temeridad con que se manejaron Alexis Tsipras y Yanis Varoufakis.
Cuando la disputa entre el coronel Papadopoulos, el brigadier Yoannidis y el general Metaxas puso fin al régimen militar, en el marco del cual había abdicado el rey Constantinos, dos dinastías familiares se adueñaron de la naciente democracia republicana: los Karamanlis y los Papandreu.
Desde mediados del setenta, se alternaron en el poder la centro-derechista Nueva Democracia, de Karamanlis, y el socialdemócrata PASOK, de Papandreu.
Konstantinos Karamanlis fue el presidente que, en 1981, introdujo a Grecia en la Comunidad Económica Europea, mientras que Stefanópulos era el jefe de Estado cuando el país adoptó el Euro.
Los socialdemócratas fueron a la saga en estas decisiones, pero sus gobiernos cometieron la misma tropelía de los conservadores: dilapidar los préstamos europeos, sin realizar las reformas exigidas para modernizar y volver más productiva la economía.
Con mayor responsabilidad de los conservadores, el bipartidismo creó una deuda gigantesca, sin haber desburocratizado el Estado ni modernizado la economía. Pudo hacerlo porque los conservadores adulteraban las estadísticas para ocultar el déficit. Y cuando Yorgos Papandreu transparentó esa realidad y luego Antonis Samaras formó un gobierno que incluyó a los socialdemócratas y a DIMAR (desprendimiento de Syriza) para implementar ajustes exigidos por la troika, ya era demasiado tarde. Esas medidas socialmente demoledoras le abrieron la puerta al antisistema.
La ortodoxia europea allanó el camino a Syriza, por aplicar una fórmula eficaz para bajar déficit pero inservible para reactivar y generar crecimiento. Pero para ganar en el referéndum, Syriza tuvo que cambiar sobre la marcha su posición respecto del Euro. Por eso, en lugar de amedrentarse ante la magnitud del “No”, Alemania cuestionó al gobierno griego. Y por la misma razón, mientras festejaba la victoria, Alexis Tsipras levantó como una bandera blanca la renuncia de su duro ministro de Finanzas.

 

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