Bordar y cocinas, dos tareas clásicas para alejar a los chicos del celular. (Gentileza Vicky Guazzone di Passalacqua y Pexels)
Diversión “vintage” para alejar a los chicos de las pantallas
Para cortar con celulares y tablets nada mejor que las actividades analógicas. Pintura, cerámica y bordado, los talleres más convocantes.
El delantal manchado de témpera, la arcilla seca bajo las uñas, el hilo que se enreda entre los dedos. En talleres de todo el país, cada vez más chicos eligen poner a prueba sus habilidades manuales en lugar de deslizar un dedo por la pantalla. Y no se trata de una moda pasajera.
Desarrollar la paciencia
Muchos chicos se acercan a un taller de cerámica con la costumbre de las redes sociales instalada, donde todo parece resolverse en segundos y salir bien a la primera. La arcilla no funciona así, y ese contraste termina siendo la puerta de entrada a otra experiencia.
Sabrina Fonseca, licenciada en Artes Visuales y docente en el taller Klin, lo ve repetirse clase tras clase de cerámica. "Cuando tocan el material y se dan cuenta de las posibilidades que tienen, hay algo que los lleva al terreno de lo real", explica. La reacción no es igual en todas las edades: los menores de 12 años encuentran un territorio de juego, mientras que preadolescentes y adolescentes se topan con un desafío que exige paciencia.
Lo primero que buscan los padres, cuenta Fonseca, es que sus hijos trabajen la paciencia y la disciplina. A la vez, encuentran en el taller un espacio donde el chico se conecta con otra persona, con un material que no responde a la voluntad de nadie y, de paso, consigo mismo. Esa búsqueda se vuelve más nítida en la preadolescencia, cuando aparece otro desafío: la frustración. La docente ve que muchos chicos, en especial las mujeres, llegan con la expectativa de que todo salga perfecto y de mostrarse así al mundo, algo que la arcilla rara vez permite.
Del hilo al pincel
Otros materiales que ganan terreno frente a las pantallas son la aguja y el hilo. Agustina Giorgio y Francisca Hollman, fundadoras de Tienda Rosaura, ya trabajaron la técnica con más de mil chicos de distintos contextos socioeconómicos y notan que todos terminan enganchados, cada uno a su manera. "Decimos que bordar es urgente. Si los papás están preocupados porque los chicos están con los dispositivos, deberían ofrecerles opciones, verán que se van a enganchar", cuentan. Como explican, "tal vez a uno le gusta crear con colores estridentes, a otro le puede gustar lo detallista, a otro la sensación de pinchar la tela", y cada uno a su manera encontrará su interés.
Ambas socias llegaron al emprendimiento por un camino que empezó lejos del oficio. A Giorgio la operaron de un tumor cerebral cuando su hija tenía nueve meses, y en plena internación le pidió a Hollman, amiga de la facultad, que cuando le dieran el alta le enseñara a coser. Lo que arrancó como algo terapéutico, hacer móviles y muñecos, fue creciendo hasta convertirse en un proyecto que hoy no solo vende kits para bordar en casa, sino que organiza talleres asiduamente.
El mismo alivio de estar lejos de una pantalla aparece en las clases de dibujo y pintura de Mariela Gradin, diseñadora gráfica que hace nueve años tiene su propio taller. Ahí no hay una consigna única, cada chico elige qué hacer y trabaja de forma individual, en grupos de hasta 25. Y lo que más valoran los padres no es tanto el resultado sino el proceso, dos horas de concentración que no tienen que ver con un teléfono o una tablet.
"En pandemia noté un auge increíble. Las clases eran virtuales y los alumnos nunca dejaron de venir, además de muchos otros nuevos", recuerda. Desde entonces la demanda no paró de crecer. Gradin aprovecha ese interés para sumar también ideas de cómo encarar un proyecto y resolver un desafío visual, aunque la propuesta siga siendo, ante todo, un lugar para jugar.
Lo que sabe la ciencia
Detrás de la intuición de tantos padres hay evidencia científica. Distintos estudios encontraron asociaciones entre mayor tiempo de pantalla en la primera infancia y diferencias en redes cerebrales vinculadas al lenguaje y a las funciones ejecutivas, además de mayor irritabilidad, peor regulación emocional y más dificultades para dormir. Clara Dadourian, psicóloga y co-directora de Aulas Conscientes, resume el problema de fondo: "El cerebro infantil se desarrolla a través de la interacción activa con el mundo", explica. Cuando un chico construye, pinta, cocina o modela, no solo ejercita la motricidad, también activa redes cerebrales vinculadas al movimiento, la percepción, la atención y la planificación. Esa integración, sostiene la especialista, es una de las razones por las que estas experiencias son tan valiosas para el aprendizaje.
Y además de asistir a algún taller, también es posible comenzar en casa. No hace falta comprar materiales especiales ni planificar grandes proyectos, una caja con cartón, papel, cinta y témperas alcanza para abrir un espacio de creatividad. Dadourian agrega que también sirve sumar a los chicos a tareas cotidianas como cocinar, hacer jardinería o armar un regalo. Lo importante no es el resultado sino ofrecerles un rato para crear, concentrarse y disfrutar sin la inmediatez de la pantalla.
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