Fito (Santa Fe)

El regreso de Fito Páez que hizo historia en Rosario

Más de 300 mil personas se reunieron en el Monumento a la Bandera para ver a Fito Páez en un recital gratuito que marcó un hito cultural en Rosario.

Hay recitales multitudinarios y hay momentos culturales que se transforman en un símbolo colectivo. Lo que ocurrió el domingo 15 de marzo en Rosario pertenece claramente a la segunda categoría. Más de 300 mil personas se reunieron frente al Monumento Nacional a la Bandera para ver a Fito Páez regresar a su ciudad con un concierto gratuito que terminó convirtiéndose en uno de los eventos culturales más grandes de la historia reciente del país.

El escenario no era uno cualquiera. El Monumento, ese espacio cargado de memoria política y social para la ciudad, se transformó por una noche en un gigantesco anfiteatro popular donde generaciones enteras se mezclaron para cantar las canciones que forman parte del ADN del rock argentino. Familias, jóvenes, turistas y rosarinos de todas las edades ocuparon el parque y las avenidas cercanas para participar de un reencuentro que tenía algo de recital y algo de ritual colectivo.

La dimensión del evento excede lo musical. En una ciudad que durante los últimos años fue mencionada con frecuencia en los titulares por la violencia vinculada al narcotráfico, el concierto también funcionó como una reivindicación del espacio público y de la cultura como herramienta de encuentro social.

Ese clima se reflejó incluso en las redes sociales. En medio de la multitud que comenzaba a llegar al Monumento, el gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, publicó un mensaje que rápidamente se viralizó: “¡VOLVIÓ ROSARIO! Ya son 280.000 personas que van a disfrutar el recital de Fito Páez en el Monumento a la Bandera”. La frase condensaba una lectura política y simbólica del evento: la idea de una ciudad que busca recuperar sus espacios públicos a través de la cultura.

El intendente Pablo Javkin también remarcó ese significado al anticipar que sería “la noche más histórica en cuanto al público”. Para la dirigencia local, el concierto representaba algo más que un espectáculo musical: una imagen potente de Rosario reencontrándose con su identidad cultural.

Más allá de las lecturas políticas inevitables, el corazón del acontecimiento estuvo en la música. Fito volvió a la ciudad donde empezó todo y lo hizo sin cobrar honorarios, con la intención explícita de que el concierto fuera abierto y accesible para todos. Ese gesto terminó reforzando el carácter simbólico del evento: el regreso de un artista consagrado al lugar donde nació su historia.

El recital comenzó con “Tema de Piluso”, una canción profundamente ligada al imaginario rosarino. Cuando sonaron los primeros acordes, una marea humana coreó una frase que ya forma parte del cancionero nacional: “Rosario siempre estuvo cerca”.

Desde ese momento el show se convirtió en un recorrido por cuatro décadas de música popular argentina. Sonaron clásicos como “Tráfico por Katmandú”, “11 y 6”, “El amor después del amor”, “Fue amor”, “La rueda mágica”, “Brillante sobre el mic”, “A rodar mi vida”, “Ciudad de pobres corazones” y el inevitable cierre con “Mariposa Tecknicolor”, uno de los himnos más reconocibles de su repertorio.

Pero el impacto del concierto no se explica solo por la lista de canciones. Lo que ocurrió en Rosario fue también la confirmación de que Fito Páez ocupa un lugar singular dentro de la cultura argentina. Pocos artistas logran sostener durante décadas una obra que atraviesa generaciones y, al mismo tiempo, mantiene un vínculo tan fuerte con su ciudad de origen.

Ese vínculo se volvió visible en cada momento del show. Fito no actuó como una estrella internacional que vuelve a su tierra por nostalgia. Más bien pareció un anfitrión que invitaba a su ciudad a celebrar su propia identidad cultural.

La escena final resumió el espíritu de la noche: cientos de miles de personas cantando al unísono frente al río Paraná mientras el Monumento iluminado funcionaba como telón de fondo. Un paisaje que combinaba rock, memoria urbana y celebración colectiva.

En una época en la que los grandes eventos musicales suelen quedar reservados a festivales privados o a entradas cada vez más costosas, el recital de Fito Páez en Rosario recordó algo esencial: que la música popular, cuando se mezcla con el espacio público, todavía tiene la capacidad de convertirse en una experiencia cultural masiva y compartida.

Y por una noche, al menos, Rosario volvió a sentirse exactamente eso: una ciudad abrazada por sus propias canciones.

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