Jean-Philippe Kindler (Cedoc.)

Libros: A la mierda la autoestima, dame lucha de clases

El artista alemán Jean-Philippe Kindler propone volver a la política si se quiere recuperar la felicidad. Porque el bienestar es una construcción colectiva y no un asunto personal. Aquí, un adelanto de su ensayo que acaba de llegar a las librerías argentinas.

Cuando alguien reivindica políticamente el derecho a una buena vida para todos, enseguida se le ridiculiza por utópico. Los programas asociados a tales reivindicaciones se describen como “poesía social de izquierda” o incluso como “política de carta de los Reyes Magos”. Difamar -desde posiciones conservadoras- la política de la buena vida como ingenua hasta la estupidez, haciendo referencia a una realidad que es, en última instancia, muy compleja, está dando sus frutos: a la izquierda se le da muy bien decir lo que le parece mal y apenas se atreve a hablar de lo que le parece bien, aquello por lo que lucha y por lo que quiere luchar. Este pudor respecto a lo utópico les pone muy fácil a conservadores y neoliberales devaluar retóricamente la pretensión de maximizar el bien común, relegándola al reino de los fantasmas ideológicos. Es clásica la referencia a la supuesta “falta de alternativas” al modelo de producción y las relaciones sociales capitalistas. Me ocurre muy a menudo en mesas redondas, cuando mi crítica a las relaciones de producción capitalistas es rebatida por un participante que pregunta: “¿Y cuál es la alternativa? ¿El socialismo? Sabemos que eso no funciona”. Es así como se naturalizan en el discurso público las relaciones capitalistas. El consenso social va como sigue: “Sí, el capitalismo tiene sus trampas, pero sigue siendo lo mejor que tenemos”. No es casualidad que esta retórica recuerde a la legendaria frase de Winston Churchill: “La democracia es la peor de todas las formas de gobierno, a excepción de todas las demás”. No hay que ignorar el contexto en el que Churchill la pronunció, el momento en que los nacionalsocialistas asesinaban industrialmente a millones de personas en territorio europeo y la democracia como forma de gobierno funcionaba como baluarte contra los movimientos fascistas. Sin embargo, la afirmación de Churchill, tantas veces repetida, muestra además que en general se asume que democracia y capitalismo no son siempre ideales y, sin embargo, no hay alternativa. Aunque este no es solo el credo de la clase media conservadora. También muchos en la izquierda parecen haber asumido hace tiempo la falta de alternativas a la democracia liberal organizada en torno a la economía de mercado y practican la limitación de daños en un espíritu de negociación colectiva.

 

 

Entonces, gran parte del discurso público de la izquierda consiste esencialmente en reivindicaciones cosméticas: un poco más de salario por aquí, una cuota femenina para las grandes empresas por allá. Las feministas parecen más interesadas en que su capitalismo alternativo sea lo menos discriminatorio posible. Las ideas radicales que conciernen al bien común son siempre sospechosas de ensoñación o cinismo. Al fin y al cabo, dicen, siempre podremos esperar un poco más para la revolución del proletariado y, por otro lado, la política de izquierda se vende al público como una amenaza fundamental al orden democrático. Si hiciéramos las cosas como pretende la izquierda, destruiríamos la economía y acabaríamos inmediatamente en el comunismo totalitario. Por eso, en lugar de armar un gran revuelo, debemos luchar por los pequeños cambios que suponen una mejora concreta e inmediata en la vida de la gente, de modo que las ideas colectivistas y críticas se sustituyen por conceptos políticos centrados en la felicidad del individuo. En la sociedad de las singularidades las ideas relevantes son telegénicas e instagramables: ¿cómo puedo evitar el burn-out? ¿Cómo quiero que se dirijan a mí? ¿Los blancos pueden llevar rastas? ¿Tengo TDAH (trastorno por deficit de atención)? ¿Es mi exnovia una narcisista patológica? ¿Soy racista si no comparto un cuadrado negro en Instagram? No quiero devaluar ni polemizar con estos autocuestionamientos, especialmente los de los jóvenes. Las cuestiones de identidad contienen importantes preocupaciones políticas y esto no pretende ser una contribución al cinismo “antiwoke”, que también parece cada vez más popular dentro de la izquierda. Para mí, es simplemente un hecho notable del discurso liberal de izquierda que exista una idea muy detallada de cómo debería ser la buena vida del individuo y, al mismo tiempo, haya una brecha tan grande cuando se trata de conceptos de maximización colectiva del bien común. Incluso la izquierda ha perdido el interés en el “nosotros”, quizá porque muchos desconfían de ese “nosotros”, no sin motivo. El “nosotros” burgués que tan a menudo se invoca en los discursos políticos hace referencia a la sociedad mayoritaria, pero no a aquellos de los que se espera que se ajusten incondicionalmente a lo que algunos llaman "germanidad". "Germanidad" significa aquí pertenencia a una misma nación a pesar de todas las diferencias, significa compartir los valores culturales asociados a ella y exigir que quienes quieran formar parte los asuman incondicionalmente. En los círculos conservadores esta exigencia dirigida a los inmigrantes suele denominarse "integración", aunque el término implica algo que no es precisamente una invitación al encuentro, a la unión en un hogar común. Por lo general, la integración conlleva una exigencia de adaptación, más conocida como "asimilación". El escepticismo hacia el "nosotros" es, por tanto, sensato, especialmente en un país donde la constitución del "nosotros" siempre ha producido un "ustedes" contra el que luchar. Aquí es donde se pone de manifiesto la naturaleza perversa de la política de identidad: no se ofrece nada común sin una llamada a la diferenciación.

 

 

Y, sin embargo, aquí queremos defender el concepto de buena vida para todos. Soy muy consciente de la dificultad de este empeño, porque es extremadamente difícil encontrar denominadores comunes dentro de la guerra de trincheras de la izquierda y proponer aspectos compartidos que no busquen al mismo tiempo diferenciarse de los demás de la forma más radical posible. No obstante, estoy plenamente convencido de que existen. Permítanme decir lo siguiente: convertir estos denominadores comunes en el objetivo último de la crítica emancipadora de la que, idealmente, surgirá un nuevo valor para una utopía política de izquierda, exige un grado considerable de voluntad de compromiso por parte de unos y otros, al tiempo que hace necesario que nos distanciemos, al menos un poco, de las sensibilidades particulares. En su libro “Las mentiras que nos unen”, el filósofo británico Anthony Appiah describe la identidad humana como "mentira necesaria": al pertenecer a una nación, religión o incluso a una comunidad de destino y sacrificio, las personas se engañan a sí mismas sobre el hecho de que son diferentes, sobre todo para proclamar "¡en este aspecto, somos iguales!". Tal es la fuerza de la política de identidad. Aquí no se pretende oponerse a ello en principio, sino solo señalar que para la izquierda debe volver a cobrar importancia el elemento común, porque une a la inmensa mayoría: se trata de la pertenencia a una clase que no posee nada más que su propia fuerza de trabajo, que intercambia por un salario.

 

 

Margaret Thatcher, ex Primera Ministra de Gran Bretaña, seguramente la política neoliberal más influyente del mundo, pronunció en cierta ocasión unas palabras notables: "Echan la culpa de sus problemas a la sociedad. Y, como sabemos, no existe tal cosa como la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales, y sus familias. Y el Gobierno no puede hacer nada si no es a través de la gente, y la gente debe antes que nada ocuparse de sí misma. Es nuestro deber cuidar de nosotros mismos y luego, también, cuidar de nuestros vecinos".

Thatcher lo dice claramente: no existe la sociedad. Hay hombres y mujeres, hay familias. Se trata de la piedra angular absoluta de la ideología neoliberal. Solo existe el individuo y solo podemos actuar como Estado si el individuo se hace las preguntas cruciales: ¿cómo he llegado a esta miseria? ¿Por qué estoy en tan mala situación? ¿Por qué no tengo vivienda? ¿Por qué no tengo pensión? ¿Por qué me discriminan? La palabra clave aquí es "despolitización" o, alternativamente, "antipolítica". Thatcher y los demás pensadores neoliberales antes y después de ella han insistido repetidamente en la noción de responsabilidad individual. La sociedad se convierte así simplemente en la suma de individuos que tienen que organizarse según el lema "Pensando en uno mismo, se piensa en todos". Es bien sabido que los políticos neoliberales andan preocupados por reducir el margen de maniobra político. Cuando en la esfera pública se argumenta insistentemente a favor de mercados no regulados, impuestos bajos y libertad empresarial, estamos ante actores que entran en política para impedir que se haga política.

Hasta aquí el consenso de la izquierda. Sin embargo, no quiero detenerme ahí. Me gustaría argumentar que la sociedad de insociables de Thatcher también ha encontrado un anclaje incuestionable en el discurso liberal de izquierda posmoderno. La frialdad de Thatcher es sustituida por el "individualismo sensible". Así, las preferencias morales de los jóvenes pasan por distanciarse de la "gente tóxica", dedicarse a un "autocuidado" conspicuo, consumista y entregado a la fetichización de su propio yo. A nivel global lo llaman “self-love”, aquí lo llamaremos "autoestima". Cualquier cosa que me haga sentir inseguro, que me desafíe, me cuestione, que perciba como injusticia o perjuicio -según mi propia definición-, puedo y debo desterrarla de mi vida de una vez por todas sin más justificación, porque mi derecho a la felicidad tiene prioridad sobre la necesidad de mi interlocutor de ser escuchado. Esta sociedad imaginada es también una sociedad de insociables; como la idea de que se piensa en todos cuando cada uno piensa ante todo en sí mismo. La vida psicologizada en extremo se convierte así en medio para fantasías grotescas de autorrealización: ¿quién me es útil en el camino hacia mi verdadero yo y quién no? ¿Qué topicazos moralizantes puedo regurgitar en posts de Instagram de color pastel para mostrar que soy uno de los buenos?

A primera vista, los jóvenes parecen no tener complejos políticos. Son sensibles al lenguaje, critican el racismo, hacen confesiones penitentes sobre sus privilegios inmerecidos. Según sus biografías de Tinder, son extremadamente empáticos y conocen su tipo de personalidad, comen comida vegana y evitan volar, por lo que, en general, se esfuerzan por superar lo que el sociólogo Hartmut Rosa describiría como "relación agresiva con la naturaleza y la gente".

Sin embargo, estos mismos conceptos de maximización de la felicidad individual solo se asemejan superficialmente a un contraprograma cultural que plantee la exigencia neoliberal de autooptimización. Al fin y al cabo, la obsesión por el propio yo también se manifiesta claramente en los innumerables llamamientos a amarse a uno mismo y a nuestro cuerpo imperfecto, a dirigirse a los semejantes de forma correcta y con sensibilidad respecto al género, a comportarse de forma sostenible y con bajas emisiones. El bien del individuo nunca se pone en relación con el bien de la comunidad. Hay una flagrante falta de análisis económico. El hecho de que racismo y sexismo no sean fenómenos que se den exclusivamente entre racistas y personas racializadas o sexistas y personas cosificadas, sino que tienen una base material, económica, ya no parece interesar a gran parte de la izquierda. Cuando nos percatamos de que son sobre todo las personas de origen inmigrante las que trabajan en condiciones inhumanas en las granjas porcinas y en las fábricas de carne, queda meridianamente claro que las condiciones de producción capitalistas crean sectores en los que se explota a los individuos en función de su origen o género. La creencia errónea de que la discriminación puede abolirse con un proceso interno de autodepuración cuasirreligiosa choca con la constatación de que las personas de origen inmigrante tienen más del doble de riesgo de pobreza que el resto de la población.

El gerente de una empresa puede ser muy consciente de sus privilegios y seguir siendo gerente. No obstante, las demandas de diversidad y representación tienen sentido porque se basan en las experiencias concretas de exclusión de los inmigrantes. Sin embargo, no hace del mundo un lugar mejor que los trabajadores del almacén de Amazon sean también explotados por mujeres, queers y personas racializadas. En consecuencia, el capitalismo ofrece un compromiso envenenado: en lugar de abolirla, ¿preferimos hacer más diversa la explotación? Quizás mejore algo la vida de los individuos, pero una política de izquierda debe ser más radical: una clase dominante diversa sigue siendo una clase dominante. Esto deja claro que la explotación no es una experiencia de discriminación como otras, sino la base material de diversas formas de discriminación.

 

 

Es concebible que en el capitalismo todo el mundo se dirigiera correctamente a los demás y se comportara respetuosamente, no se contratara a la gente en función del color de piel o su sexo, sino de su cualificación, pero hay algo de lo que el capitalismo no puede prescindir, por muy conscientes que seamos de ello: la explotación. Si queremos superarla radicalmente, nunca lo conseguiremos dentro de las relaciones de producción capitalistas, porque estas se basan esencialmente en el hecho de que ciertas personas poseen los medios de producción, independientemente de su identidad. Y luego están los otros, los que no poseen nada más que su fuerza de trabajo, que intentan vender en el mercado. Según Karl Marx, este antagonismo es la definición central de la clase social: hay quienes explotan y quienes son explotados. Sin embargo, esto no significa que los explotados se hagan conscientes del hecho de que están siendo explotados. Como explicaré más adelante, el capitalismo no debe entenderse como un sistema autoritario diseñado por una pequeña camarilla e impuesto a la gente; no, el capitalismo pasa desapercibido, es un omnipresente e incuestionado estado de cosas y, por tanto, ausente de la conciencia de la mayoría de la gente. Así que lo que falta en los discursos liberales de izquierda, que esencialmente pretenden dar a los individuos discriminados acceso a la representación social, es eso que Marx llama "conciencia de clase".

El destino compartido de ser explotado ya no se percibe como tal. En su lugar, son los destinos individuales de las personas discriminadas los que centran la atención y a los que se intenta hacer frente mediante intervenciones de política lingüística y política de identidad ("¿A quién se le permite hablar sobre qué tema?", "¿tiene que ser diverso el consejo de administración de una empresa?"). Pretendo sacar el capitalismo del inconsciente y llevarlo a la conciencia y dejar claro que este destino común, al que llamamos "explotación", sigue existiendo hoy en día. Sobre todo en un momento en que la ideología capitalista está llevando a la gente al agotamiento físico y mental generalizado sin que siquiera se den cuenta del motivo, la lucha de clases se está convirtiendo en el deber más urgente, precisamente porque se ha vuelto difícil comunicar políticamente su necesidad.

Necesitamos con más urgencia que nunca repolitizar radicalmente la cuestión de la buena vida y elevarla del plano individual al colectivo. Esto no es posible sin superar las obsesiones individualistas. Aquí abogamos por dar un paso atrás respecto a uno mismo, porque eso es lo que significa politizarse: las personas políticas se abstraen de su propia experiencia, de su propia situación, se consideran parte de una comunidad de destino por cuyos intereses merece la pena luchar. Las personas políticas sienten el deseo de tener una relación valorativa con el mundo, combinada siempre con el deseo de iniciar un cambio a partir de esta relación. Esto no es posible en una sociedad en la que la reacción ante las experiencias de alienación es replegarse en la propia interioridad. En este contexto, "solidaridad" significa rechazar desafiantemente la omnipresente referencia pseudopolítica al ego.

 

 

¿Tenemos el valor de preguntarnos qué significa realmente tener una personalidad? ¿Tenemos el valor de exclamar altivamente "¡para qué la autoestima!"? De todos modos, no podemos acabar con el capitalismo, solo combatirlo. Y podemos hacerlo si la izquierda vuelve a reconocer ciertas áreas de conflicto social como zonas de batalla política. Somos nosotros mismos los que confirmamos constantemente el dogma de Thatcher de una sociedad insociable; no basta con culpar de ello a los malvados capitalistas. Formulemos nosotros, en cambio, conceptos políticos interesantes, que vuelvan a crear en la gente el deseo de exigir radicalmente su derecho a una buena vida. Y, sobre todo: la izquierda debe comprender por fin que no será tomada en serio si se suma a la habitual guerra de trincheras. Mientras que se acusa a los Verdes de sentir pavor a ser descritos como "partido de la prohibición", a los propios partidos de izquierda, es decir, esos que dicen trabajar por un mundo más justo, se les puede acusar de no estar haciendo política más que para sí mismos. Actualmente la gente los vota porque todo lo demás encaja aún menos con sus preferencias, no por convicción real, lo que prueba que la política de izquierdas se ha vuelto prácticamente irrelevante y acentúa la indigencia en la que se encuentra. Con el siguiente texto quisiera contribuir a cambiar este estado de cosas. Esto debe entenderse como una llamada a la acción política porque, como escribió maravillosamente Albert Camus en “El hombre rebelde”, el sufrimiento solo se hace colectivo y "aventura de todos" en la sublevación. […]

 

Jean-Philippe Kindler es artista y escritor. Ha recibido los premios Prix Pantheon en 2020 y el Premio Alemán de Cabaret en 2022 por su talento para combinar política y humor. Acaba de publicarse en Argentina su libro “A la mierda la autoestima, dame lucha de clases. Una nueva crítica del capitalismo” (Bauplan Books, Serie Cero), del cual este texto es un fragmento.

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