Papa León (CEDOC)

El Papa contra la inteligencia artificial

León XIV y su prédica contra las nuevas tecnologías que llegaron para dominar al mundo. La tensión entre tradición y modernidad.

En comparación con personas como Elon Musk, que temen que la Inteligencia Artificial, que ya ha superado con creces a la inteligencia natural en la resolución de problemas complejos, pueda acabar extinguiendo a la especie que la creó, el Papa León XIV es un optimista. Si bien en su primera encíclica, Magnifica Humanitas, enumeró muchos aspectos que podrían salir muy mal, también asumió que, con una regulación adecuada, la IA podría ser una fuerza al servicio del bien. Esta parece ser la opinión generalizada. A pesar de sus temores, Musk y otros están invirtiendo miles de millones de dólares en el desarrollo de la IA. Argumentan que, si China toma la delantera, estará en posición de dominar el mundo, por lo que Estados Unidos se ve obligado a hacer todo lo posible por competir.

Por ahora, todo esto es mera especulación; algunos han llegado a atribuirla al deseo de Musk y compañía de conseguir más inversiones para sus negocios. Es que a esta altura nadie sabe realmente qué efecto tendrá la IA en el mundo. Por el lado positivo, casi a diario algún experto reconocido afirma que ayudará a encontrar curas para muchas enfermedades mortales, pero también están quienes predicen que, dentro de un par de años, reemplazará entre el veinte y el treinta por ciento de los empleos que aún existen, lo que, claro está, tendría consecuencias sociales catastróficas.

Para más señas, la IA ya está revolucionando la guerra: gracias en gran parte a ella, los ucranianos están empezando a expulsar a los invasores rusos de su territorio al crear zonas de exclusión cada vez mayores entre ellos y sus enemigos, además de dotar a enjambres de drones con la capacidad de decidir por sí mismos, por así decirlo, la mejor manera de atacarlos.

Sea como fuere, no cabe duda de que el espectro de la IA está teniendo un impacto desmoralizador en millones de personas. Como nos recuerda el Papa, la suposición de que puede superar en inteligencia a la humanidad supone un desafío para nuestra autoestima colectiva. Puede que la mera existencia de la IA reduzca la creatividad humana como sucedió en los casi mil años entre el colapso de la civilización grecorromana y el Renacimiento italiano, cuando la supuesta necesidad de someterse a la presunta voluntad de una deidad todopoderosa y omnisciente —la IA del Medioevo—, tuvo un efecto psicológico asfixiante.

Además de consumir cada vez más recursos materiales, ya que requiere enormes cantidades de electricidad (los centros de datos consumen más que la mayoría de los países) y agua, la IA está desalentando a los jóvenes a estudiar con la dedicación de generaciones anteriores. Combinado con el efecto negativo sobre los hábitos de lectura y, por lo tanto, sobre la alfabetización que generan los teléfonos inteligentes y otros dispositivos derivados del vertiginoso progreso tecnológico, la IA permite a los estudiantes universitarios producir ensayos e incluso tesis doctorales sin tener que hacer nada más que pedirle a un "asistente de investigación" que haga el trabajo por ellos.

Durante muchos años, economistas y otros expertos han insistido en la importancia de lo que denominan "capital humano". Según ellos, el futuro pertenece a los países que cuentan con un gran número de hombres y mujeres bien formados y con conocimientos tecnológicos, en lugar de aquellos con abundantes recursos naturales fácilmente explotables pero con habitantes ignorantes conforme a las pautas internacionalmente vigentes. Esto ha tenido sentido desde hace tiempo. Al fin y al cabo, como muchos han señalado, Suiza y Singapur son mucho más ricos que el Congo o Bolivia, y es probable que sigan siéndolo. Impresionados por tales argumentos, los gobiernos de todo el mundo crearon nuevas universidades y ampliaron las ya existentes con el objetivo declarado de aumentar el capital humano a su disposición.

Pero entonces surgieron grandes problemas. En casi todos los países relativamente ricos, un número considerable de egresados universitarios pronto se vieron obligados a aceptar trabajos que habían sido enseñados a considerar apropiados para sus inferiores. "¿Por qué una persona con un título por el que a menudo ha pagado una fortuna debería verse obligada a ganarse la vida lavando platos, preparando hamburguesas o reponiendo estanterías?", se preguntaban con pesar. Como ha sucedido una y otra vez, la discrepancia entre lo que parecían esperanzas razonables y una realidad desalentadora ha generado descontento entre los "sobrecualificados y subempleados", lo que ayuda a explicar la agitación que afecta no solo a los países desarrollados, sino también a otros que buscan unirse a ellos.

Esto no es sorprendente. Cuando se unen, estos descontentos —que conforman lo que algunos han denominado una lumpen intelectualidad en todos los países occidentales— son peligrosos. A lo largo de los años, han proporcionado líderes y carne de cañón a movimientos extremistas de izquierda y derecha decididos a destruir el statu quo y a todos aquellos que lo defienden; no hay razón para pensar que esta vez serán más pasivos que quienes fueron como ellos en el pasado. Son rebeldes con muchas causas, pero con pocos objetivos alcanzables.

Y ahora, para colmo, la IA ha comenzado a dejar sin trabajo a millones de personas con formación académica y, si los presuntos expertos tienen razón, dentro de poco hará lo mismo con muchos otros empleos. Entre los más perjudicados ya se encuentran personas especializadas en programación informática y campos similares; pronto se hizo evidente que la IA puede cumplir dichas tareas mucho mejor que los individuos talentosos que solían monopolizarlas y, tal como van las cosas, está a punto de desplazar a la mayoría de ellos.

¿Significa esto que se equivocan los que afirman que, a partir de ahora, la gente tendrá que reciclarse aproximadamente cada cinco años para mantenerse al día con el cambio tecnológico mediante la adquisición de nuevas habilidades? Quizás sí. El modelo educativo recientemente instaurado, en el que los profesores se esfuerzan por preparar a los estudiantes para el mercado laboral, ya sea el actual o sus sucesores en las próximas décadas, sin preocuparse por la educación en el sentido tradicional de la palabra, y les dicen que los títulos universitarios son beneficiosos porque aumentan considerablemente su capacidad de generar ingresos, podría quedar obsoleto muy pronto.

Si bien durante muchos años plomeros, electricistas y así por el estilo no tendrán dificultad para encontrar clientes, no se puede decir lo mismo de muchas personas con títulos en informática, y mucho menos en campos como los estudios de género o los estudios poscoloniales, que se crearon por razones claramente políticas. Para los jóvenes que aún no han decidido qué hacer con sus vidas, esta incertidumbre sobre lo que les depara el futuro solo puede resultar desalentadora. Hace apenas un par de generaciones, sus equivalentes podían aspirar con confianza a carreras profesionales de hasta medio siglo, en las que ascenderían paso a paso, pero hoy nadie parece tener la menor idea de lo que les espera a quienes aún cursan la secundaria cuando ingresen a la universidad, si es que ese es su objetivo, y mucho menos en los años posteriores.

El mundo académico está cambiando rápidamente: en Estados Unidos, los profesores universitarios sin plaza fija a menudo dependen de ayudas públicas para subsistir. Lo mismo ocurre con el periodismo, que, hace relativamente poco, experimentó un auge, de ahí la efímera popularidad de los "estudios de comunicación" en universidades de muchas partes del mundo, antes de verse golpeado por internet, que acaparó gran parte de los ingresos publicitarios de los que dependían los principales periódicos y cadenas de televisión, obligándolos a probar suerte en línea. Muchos se hundieron, llevándose consigo a la mayoría de sus empleados. Un destino similar podría aguardar a un número considerable de abogados, expertos financieros e incluso médicos si, como algunos predicen con bastante verosimilitud, la IA se adentra aún más en sus respectivos ámbitos.

Como todo lo demás, la educación está en constante cambio. Durante las últimas cuatro o cinco décadas, la mayoría de los sistemas se han orientado a satisfacer las demandas del mercado laboral, priorizando la formación profesional sobre las creencias anticuadas sobre el valor de lo que durante milenios se han llamado humanidades. Sin embargo, con los drásticos cambios económicos y, por ende, sociales que están sucediéndose con rapidez, esta postura parece ahora errónea. Quizás sería más sensato que las escuelas, universidades y otras instituciones similares se concentraran nuevamente en enseñar a los jóvenes sobre las raíces de la civilización a la que pertenece su país y en transmitirles lo que el notable poeta y pensador cultural victoriano Mathew Arnold describió memorablemente como "lo mejor que se ha pensado y dicho" por nuestros antepasados que ha sido conservado en los libros. Asimismo, deberían tener en cuenta las creencias que florecieron durante un tiempo antes de ser descartadas y, al profundizar en la historia de nuestra especie, ayudarlos a ubicarse en la historia de la humanidad para que puedan comprender mejor lo que sucede en el mundo.

En esta Nota