A su modo, Javier Milei se asemeja al niño del cuento de Hans Christian Andersen que, para escándalo de la buena gente, gritó “el rey va desnudo”. Si bien el niño hizo un aporte valiosísimo al reino, no pudo contribuir mucho más; desde aquel momento, les correspondía a otros confeccionar la indumentaria faltante. Por su parte, Milei logró que más de la mitad del electorado dejara de creer en las fantasías voluntaristas que, durante décadas, habían cautivado al grueso de la clase política nacional. Convencida de que tarde o temprano la realidad se adaptaría a sus ilusiones, la “casta” que denunció con vehemencia desbordante llevaba al país hacia un abismo.
¿Será éste el significado histórico de la irrupción imprevista del anarcocapitalista rabioso? Son cada vez más los convencidos de que “el rumbo” que fijó Milei es el correcto pero que el gobierno que formalmente encabeza es tan disfuncional que será incapaz de superar los obstáculos en el camino. Al permitir que sus presuntos subordinados, entre ellos la hermana Karina y el hermano de la vida Santiago Caputo, protagonicen batallas internas feroces por cuotas de poder, Milei está saboteándose a sí mismo. Es un mandatario que no manda. Para colmo, no se trata de diferencias ideológicas entre dos facciones, lo que podría tener cierto sentido, sino de ambiciones personales incompatibles.
Aunque los detalles del conflicto que se dirime en las redes sociales fétidas que aquí, como en casi todos los demás países, se ven ocupadas por sujetos que aprovechan el anonimato que facilitan para basurear a los rivales de turno y expresarse de manera cloacal, raramente merecen la atención de la mayoría, lo que sí trasciende da la impresión de que la Casa Rosada se ha transformado en un manicomio. Mientras no surja una alternativa coherente al gobierno actual, Milei podrá seguir minimizando la importancia del espectáculo que están brindando los personajes que lo rodean, pero a menos que tenga muchísima suerte, llegará el día en que todo se vendrá abajo. Se equivoca el ministro de Economía, Luis Caputo, cuando dice que “el riesgo Kuka” no existe; está vivito y coleando en el seno del gobierno libertario que, en todo salvo lo financiero y, es de esperar, la voracidad cleptocrática, comparte con el kirchnerismo los vicios que lo hicieron inviable.
A esta altura, es evidente que Milei cometió un grave error estratégico cuando, a inicios de su gestión, optó por mantener a raya a Mauricio Macri y otros dirigentes que se ofrecieron a acompañarlo y suministrarle cuadros técnicos experimentados. Como jefe indiscutido de una coalición amplia resuelta a manejar la economía con realismo y eficacia, no hubiera tenido que depender de los caprichos de integrantes de un partido que fue improvisado de la noche a la mañana para sacar provecho de su popularidad. Como no pudo ser de otra manera, La Libertad Avanza se llenó pronto de oportunistas, excéntricos y narcisistas poco talentosos que no sumarían nada al conjunto sino que, por el contrario, se las arreglarían para ponerlo en ridículo sin preocuparse en absoluto por el impacto en la opinión pública de su conducta.
¿Se siente cómodo Milei con el partido revoltoso que se creó de la nada en base a su presunto carisma? Siempre y cuando sus miembros se cuiden de discrepar de sus dictámenes contundentes, por raros que algunos sean, parece estar más que dispuesto a tolerar sus extravagancias que, huelga decirlo, no suelen ser tan distintas de las suyas. Es como sí se hubiera propuesto destruir no sólo la adhesión de tantos argentinos a conceptos socioeconómicos irracionales sino también el respeto por los principios que hacen posible la convivencia pacífica en sociedades pluralistas, como los relacionados con la libertad de expresión.
Si bien el presidente no ha intentado instalar un régimen de censura a fin de amordazar a quienes tienen opiniones que a su juicio son inaceptables, nunca ha vacilado en condenarlos verbalmente con la virulencia extrema que ha patentado. Detrás de la máscara libertaria, acecha un totalitario decidido a librar una guerra sin cuartel contra pensamientos que a su entender son malsanos.
Lo mismo que los de Néstor Kirchner y Carlos Menem, el gobierno de Milei es endogámico aunque, por fortuna, Javier no es el patriarca de una familia numerosa. Así y todo, no titubeó en dejar que su hermana se encargara de los asuntos políticos que tanto le aburren. Acaso por ser consciente de sus propias limitaciones, Karina no quiere que otros tengan acceso al gran patrimonio político que su hermano ha acumulado, razón por la que lo protege como una avara, expulsando a todos aquellos que en su opinión podrían estar pensando en apropiarse de algunos centavos sueltos.
Es lo que hizo Karina cuando Macri trataba de formalizar una alianza. También se siente sumamente preocupada por las hipotéticas amenazas planteadas por mujeres que, de un modo u otro, se acercan a la órbita presidencial, sean como novias o, en el caso de Victoria Villarruel, personas que tienen cierto peso político. Desde el punto de vista de Karina, las mujeres son aún más peligrosas que los varones. Fue de prever, pues, que tarde o temprano se enemistaría con Patricia Bullrich que, luego de soñar con ser la heredera política de Macri, parece tener en mente erigirse en la sucesora natural de Milei cuya imagen pública está deteriorando con rapidez debido no sólo a su irascibilidad incontenible sino también a su cada vez más notoria incapacidad para disciplinar a la tropa.
Las elecciones presidenciales del año que viene ya se han asomado por el horizonte. Para ganarlas, Milei tendrá que convencer a una parte sustancial de la ciudadanía que, a pesar de los problemas personales de cada uno, le convendría apoyarlo porque es el único en condiciones de guiar al país hacia un destino mejor. Por lo tanto, necesitará conectarse emotivamente con una multitud de individuos que propenden a culparlo por todas las dificultades económicas que los atribulan. Puede que sea injusto, ya que Milei está procurando reemplazar el modelo que en última instancia es responsable de la caída en pobreza de millones de familias por otro que les brindaría más oportunidades, pero la política es así; “piove, Roma ladra”, como dicen los italianos de quienes atribuyen todos sus problemas a la maldad del gobierno de turno.
Hablando de Roma, los jerarcas de la rama local de la Iglesia Católica aprovecharon el 25 de mayo para criticar tangencialmente al gobierno mileísta. El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cueva, en efecto lo acusó de permitir que “una nube de desmembramiento social” cubriera el país, para entonces pedir más “dialogo” y menos “terrorismo de las redes”. Aunque Milei no se dio por aludido, el influyente diputado libertario Alberto Benegas Lynch contraatacó fustigando a quienes “militan con sotana el regreso del peronismo que nos dejó 57 por ciento de pobres”, además de especializarse en la “permanente demonización del individuo, la riqueza y la romanización de la pobreza” que, dice, “los deja siempre en mal lugar”. ¿Está en lo cierto Benegas Lynch? Muchos coincidirían, ya que no es ningún secreto que la doctrina social de la Iglesia tiene mucho más en común con el pensamiento peronista que con cualquier variante del liberalismo, sea la clásica o la que, debidamente modificada, está en la raíz del libertarismo mileísta.
Otra preocupación de la Iglesia Católica tiene que ver con el avance constante de una plétora de congregaciones evangélicas que ya se han establecido en muchas zonas desfavorecidas. Las autoridades eclesiásticas temen que, como está ocurriendo en Brasil, terminen apoderándose de la religiosidad popular. Grupos católicos ya se han movilizado en un intento de frenar la construcción en la ciudad de Buenos Aires de un “megatemplo” de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días al lado del Monasterio de Santa Catalina, un edificio de la época colonial que, dicen, corre peligro de derrumbarse a causa de las obras que están en marcha.
Se trata de un episodio más de la larga batalla que está librando el catolicismo contra “las sectas”, casi todas de origen estadounidense, como la de los mormones del “megatemplo”, que parecen estar más en sintonía con la vida moderna que la vieja Iglesia romana. Para desazón de tradicionalistas como la vicepresidenta Villarruel, lo que está ocurriendo en este ámbito refleja el “cambio de mentalidad” que el Gobierno -del que sigue siendo un miembro cismático- está esforzándose por impulsar. Asimismo, el que el presidente de la República haya elaborado un credo sincrético sumamente heterodoxo para su uso personal no puede sino molestar a los persuadidos de que el ser nacional es católico por antonomasia.
De todos modos, el que las arcanas creencias teológicas de Milei no hayan incidido mucho en su imagen personal hace pensar que, en este ámbito por lo menos, la Argentina es un país llamativamente pluralista en que pocos manifiestan mucho interés en disputas religiosas que, en algunas sociedades, aun son capaces de provocar guerras espantosas. Para frustración de los obispos, ya se han ido los días en que era habitual rendir tributo a la supuesta autoridad moral de quienes dicen hablar en nombre de Dios, razón por la que es tan escasa su influencia en los debates políticos que se celebran.















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