Friday 15 de May, 2026

OPINIóN | Hoy 17:56

Lluvia con sol: Creedence, la misálgica y el vacío que viene

Entre la lluvia y el sol: cómo la IA amenaza con vaciar de sentido la vida cotidiana y empujar a millones a un nuevo tipo de tedio social.

Hay canciones que envejecen como documentos porque capturan una estructura. Creedence Clearwater Revival grabó dos piezas que funcionan así. Bad Moon Rising anuncia que algo se está gestando bajo una superficie luminosa, y Have You Ever Seen the Rain nombra la experiencia de una lluvia interior en pleno sol. El contraste es estructural. La música suena clara mientras el contenido señala una desalineación. Afuera todo funciona. Adentro algo se apaga.

El caso de Creedence sirve como muestra porque el salto fue rápido. En poco tiempo pasaron de la periferia al centro del sistema cultural, con éxito, dinero, agenda llena y visibilidad global. La fricción que organizaba la vida cotidiana se resolvió de golpe. Así, el entorno cambió de régimen y el interior no tuvo tiempo de reconfigurarse al mismo ritmo. La banda produjo señales de alarma con melodías amables, sin embargo la ruptura interna avanzó. El grupo se disolvió en la cima y no hace falta atribuir causas personales. Sólo alcanza con observar la dinámica, cuando el alivio exterior es total y abrupto, el interior pierde objeto. Luego, la orientación se quiebra no por lo que falta sino por lo que sobra.

En mi teoría misálgica el sufrimiento no es un accidente ni una patología, sino un estado comparativo que organiza la conducta. Siempre hay un intercambio entre sufrimiento y alivio. Cuando los sufrimientos primarios se resuelven, el sistema no entra en calma estable. Cambia de régimen. Aparece el sufrimiento por ausencia de fricción. Aparece el tedio con conciencia. Aparece lo que llamo sonambulismo lúcido a escala individual, y es el sujeto que sigue operando, cumple funciones, responde estímulos, pero su vector interno se apagó. Es malestar por desalineación entre capas que avanzan a velocidades distintas.

La metáfora de la lluvia con sol describe ese punto exacto. El exterior ofrece alivios completos, aunque internamente se registra un déficit relativo porque la comparación ya no se hace contra el pasado de escasez sino contra un presente demasiado perfecto. La homogeneidad media suele anestesiar el contraste. La excelencia unilateral lo amplifica. El sufrimiento surge por gradiente, no por nivel absoluto.

Ese patrón se repite cada vez que el cambio es abrupto. Fama súbita, riqueza inmediata, saltos sociales extremos, la velocidad rompe la continuidad y las relaciones previas pierden espejo operativo. Al mismo tiempo, las nuevas relaciones llegan sin historia. El sujeto queda suspendido entre dos regímenes. Y aunque no falta nada esencial queda un vacío que no es emocional en el sentido clásico, sino funcional.

La pandemia ofreció un adelanto comprimido de esta dinámica. Durante el encierro millones de personas perdieron de golpe la fricción cotidiana que estructuraba sus días con el traslado, la oficina, el roce social obligatorio y la agenda impuesta desde afuera. El malestar fue masivo e inmediato pero había un marco temporal que lo contenía. La expectativa de regreso organizaba una narrativa: esto es transitorio, vamos a volver. Esa promesa funcionó como amortiguador, así, el sufrimiento estaba enmarcado y por lo tanto era tolerable.

Lo interesante es lo que pasó después. Cuando la normalidad volvió, no volvió igual porque una porción significativa de la población descubrió que no quería regresar a la fricción anterior, pero tampoco sabía qué hacer sin ella. En Estados Unidos lo llamaron “la gran renuncia” y lo midieron en términos corporativos. En Argentina el fenómeno no necesitó oficinas ni contratos para manifestarse, porque la fricción no fue la del empleo formal sino la del rebusque diario, la changa, el movimiento callejero que estructura el día sin reloj ni recibo de sueldo. Cuando eso se cortó, quedó expuesto que la este trajín generaba sentido. No hacía falta que fuera bien remunerada ni estable, solo hacía falta que existiera. La pandemia fue el ensayo, sin embargo, la inteligencia artificial es la función.

Porque la automatización masiva introduce el mismo problema a escala social, pero con una diferencia decisiva, ahora no hay retorno. Con la pandemia existía la promesa de volver, pero con la obsolescencia funcional que trae la inteligencia artificial la pausa no existe. La capacidad productiva de una porción enorme de la población se vuelve prescindible de manera progresiva e irreversible. La fricción que daba sentido al día a día se evapora sin sustituto a la vista.

Cualquier argentino que haya visto a un jubilado caminar sin rumbo por un centro comercial un martes a las once de la mañana sabe de qué se trata, no es pobreza. En muchos casos hay ingreso, hay techo y cobertura médica, sin embargo se perdió la estructura. Las relaciones que organizaban la jornada laboral desaparecieron y no fueron reemplazadas por otras de densidad equivalente. El entretenimiento llena horas pero no genera un intercambio significativo. Ese jubilado desorientado en un shopping es la imagen anticipada de lo que viene a escala masiva cuando la automatización retire del circuito productivo a millones de personas que todavía están en edad activa. La diferencia es que el jubilado al menos tiene la narrativa de una vida laboral cumplida. El desplazado por inteligencia artificial no va a tener ni eso.

En dos o tres años una porción enorme de la población quedará sin trabajo productivo. El alivio material reduce sufrimientos primarios pero no genera por sí mismo un nuevo intercambio estructurante. El organismo humano, individual y colectivo, funciona bajo tensión. Al desaparecer la tensión significativa no aparece serenidad duradera sino la desorientación. Y cuando ese sonambulismo lúcido que describí como fenómeno individual se multiplica por millones, deja de ser un problema psicológico y se convierte en un fenómeno social, en una actividad sin vector, estímulos sin narrativa, identidades efímeras, conflictos sin objeto claro, distracciones intensas que alivian por momentos y se agotan rápido.

Desde la teoría misálgica el punto no es condenar la tecnología ni idealizar el trabajo. El punto es reconocer una ley de funcionamiento. Cuando se elimina una clase de sufrimiento, otra ocupa su lugar. El sufrimiento es al mismo tiempo dolor y motivo. Quitar el motivo sin crear una fricción alternativa produce vacío operativo. Proponer entretenimiento permanente no resuelve el problema porque no introduce contraste estructural. Introduce anestesia intermitente.

El sentido de la vida no aparece como una meta que se alcanza al subir una pirámide. No hay un sentido final esperando arriba, sino una dinámica de intercambios que mantiene al sistema orientado. Cuando el intercambio se corta, el sistema pierde dirección. Creedence cantó ese momento sin nombrarlo porque la lluvia en el sol como metáfora poética es, en realidad, una señal de desincronización.

La inteligencia artificial acelera esa desincronización. La velocidad a la que sucede impide la adaptación orgánica y el entorno social no acompaña. El interior queda sin objeto. No hay solución técnica que restituya de manera automática la fricción perdida. La abundancia sostenida sin función no produce estabilidad. Produce una nueva forma de sufrimiento, más silenciosa, más difícil de nombrar, más extendida porque algo está demasiado resuelto en un solo plano.

El proceso es previsible: primero alivio, luego extrañeza, después tedio consciente. Más tarde, llega la búsqueda de fricciones sustitutas. Algunas serán constructivas y otras no. La historia no ofrece salidas definitivas sino desplazamientos. Reconocer esto abre un espacio que la pura inercia tecnológica no contempla, y es el espacio donde se puede pensar qué tipo de fricciones nuevas vale la pena construir antes de que el vacío las elija por nosotros. Creedence lo vio temprano y cantó con música clara lo que se gestaba en la sombra. Ese mismo contraste es el que ahora se amplifica a escala de civilización.

Las cosas como son.

 

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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Mookie Tenembaum

Mookie Tenembaum

Analista internacional, autor de Desilusionismo.

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