Durante siglos, los filósofos discutieron por qué necesitamos al Estado y cada uno dio su respuesta. Thomas Hobbes, en el siglo XVII, dijo que sin un poder central que nos controle, la vida humana sería "solitaria, pobre, sucia, brutal y corta." Por lo tanto, nos mataríamos entre nosotros y el gobierno existe para evitar eso.
John Locke dijo algo diferente: tenemos derechos naturales, tales como la vida, la libertad y la propiedad; y necesitamos al Estado para protegerlos. Sin él, nadie garantiza que esos derechos sean respetados. Por su parte, Jean-Jacques Rousseau habló de la "voluntad general" a través del la cual el poder público expresa lo que el pueblo, en su conjunto, quiere para sí mismo. Esta no es una imposición de arriba, sino la expresión organizada de lo que todos queremos colectivamente.
Max Weber, ya en el siglo XX, lo definió de otra manera. Dijo que el Estado es la institución que tiene el monopolio legítimo de la violencia. Es decir, es el único que puede usar la fuerza con policías, ejércitos y cárceles; y hacerlo con aceptación social. Todas estas explicaciones tienen algo en común, puesto que son respuestas morales o filosóficas. Explican por qué el Estado debería existir, o por qué es justo que exista. Pero hay una razón que ninguno de estos pensadores formuló con claridad, aunque tenían todos los ingredientes frente a ellos. El Estado tiene una ventaja que no es moral sino matemática. Gana porque trabaja con números grandes y su autoridad, legitimidad y poder son consecuencia de eso. Y esa ventaja, como vamos a ver, no es absoluta. Es condicional, tiene límites, y es más frágil de lo que parece.
Dos palabras que parecen lo mismo y no lo son: riesgo e incertidumbre
Necesitamos distinguir con precisión dos conceptos que usamos como si fueran sinónimos pero que son completamente diferentes. El riesgo es cuando no se sabe qué pasará, pero se conoce cuál es la probabilidad de cada escenario. El ejemplo más claro es la ruleta, porque cuando la bola gira, no se conoce en qué número caerá. Pero se entiende que hay 37 números y que cada uno tiene la misma probabilidad. Se puede construir un modelo. Así, las compañías de seguros viven del riesgo, ya que no saben quién tendrá un accidente, pero entienden que en una ciudad de un millón de personas, cierto porcentaje sufrirá accidentes. Con ese dato se calcula qué prima se cobra.
Por otro lado, está la incertidumbre la cual, en el sentido técnico que el economista Frank Knight introdujo en 1921, es algo completamente distinto. Esta es cuando no solo no se conoce qué pasará, sino que tampoco se sabe cuáles son las probabilidades. No hay modelo posible en este último caso. Por ejemplo, ¿cuál era la probabilidad de que en 2019 apareciera una pandemia que paralizara el mundo entero? ¿Cuál era la probabilidad exacta de que internet revolucionara el comercio de la manera en que lo hizo? ¿Cuál es la probabilidad de que estalle una guerra civil en un país estable? Nadie lo sabe porque el evento es de una naturaleza que no permite probabilidades previas. A eso se le llama incertidumbre knightiana: no es riesgo sino algo que no se puede medir.
Ahora viene la parte crucial, porque el individuo vive en incertidumbre permanente. No sabe si perderá el trabajo o si la industria en la que trabaja desaparecerá. No se conoce si el barrio donde vive se deteriorará o prosperará. Y lo más relevante es que aunque existieran estadísticas sobre todas esas cosas, no le sirven para saber qué le sucederá individualmente.
Saber que el 3% de los hombres a una edad determinada desarrollan cierta enfermedad no te dice nada sobre si se estará en ese 3% o en el 97% restante. Cada uno es una sola persona, con una sola vida y sin posibilidad de repetir el experimento.
El Estado, en cambio, no opera sobre individuos, sino sobre poblaciones enteras. Y esa diferencia de escala no es simplemente "más de lo mismo".
La ley de los grandes números: lo que hace y lo que no hace
Hay un teorema matemático que se llama la "ley de los grandes números". Lo demostró formalmente el matemático Jakob Bernoulli en 1713, aunque la intuición existía desde antes. Y dice que cuando se repite un experimento aleatorio muchas veces, el promedio de los resultados se acerca cada vez más al valor esperado teórico. Por ejemplo, si se arroja una moneda 10 veces, pueden salir 7 caras y 3 cruces. Eso no significa que la moneda esté cargada, sino que es la variación aleatoria con pocos intentos. Pero ante el mismo experimento 10.000 veces, el resultado estará muy cerca de 50% caras y 50% cruces. Con un millón de tiradas, la diferencia será mínima.
Esto es lo que le pasa al Estado con sus ciudadanos cuando administra a diez millones de personas, nadie sabe quién necesitará una operación de emergencia la semana que viene. Pero puede calcular con bastante precisión cuántas intervenciones habrá. No sabe quién quedará desempleado el año próximo, pero anticipa el rango aproximado. No sabe qué casas se incendiarán, pero según las tasas históricas planifica cuántos bomberos y cuántos hospitales necesita.
Ahora bien, hay una aclaración importante, la ley de los grandes números funciona cuando existe una distribución de probabilidades subyacente. Cuando hay incertidumbre genuina, del tipo que no tiene distribución conocida, agregar muchos casos no convierte mágicamente esa incertidumbre en algo calculable. Entonces, ¿cuál es la verdadera ventaja del Estado? Es algo más poderoso incluso que calcular bien porque puede equivocarse y sobrevivir al error.
El individuo que calcula mal su riesgo, quiebra. Y no hay segunda oportunidad en muchos casos. El Estado que calcula mal ajusta, refinancia, reforma y distribuye el costo del error a lo largo del tiempo y a lo largo del territorio. Cuando un huracán destruye una región, el Estado redistribuye recursos desde otras zonas, por ejemplo. Esta resiliencia ante el error es la ventaja estructural real.
Las tres condiciones que hacen funcionar la ventaja
La ventaja estadística del Estado no es automática y depende de tres condiciones al mismo tiempo: la primera es la escala porque la ley de los grandes números necesita cantidad. Un municipio de 5.000 habitantes no puede gestionar estadísticamente una epidemia ya que no tiene suficientes casos para que los promedios sean estables. Una aldea pequeña que decide hacer su propio "seguro colectivo de salud" con cien familias tendrá problemas, si en un año malo cuatro personas necesitan cirugías caras, el sistema colapsa. Con diez millones de personas, esas variaciones se absorben.
La segunda condición es la independencia entre los eventos. Para que la agregación funcione, los eventos que el gobierno gestiona tienen que ser, en lo posible, independientes entre sí. Es decir, que el hecho de que a uno le pase algo malo no aumente la probabilidad de que al vecino también algo similar al mismo tiempo. Si todos los casos del "pool" colapsan juntos, la agregación no ayuda sino que amplifica el problema. Una compañía de seguros de vida puede asegurar a mil personas porque generalmente no mueren todas a la vez. Pero si asegura a mil soldados que van a la misma batalla, el pool no funciona; ante una masacre, mueren todos juntos. La independencia desaparece y con ella la ventaja estadística.
La tercera condición es la capacidad fiscal de absorber shocks a lo largo del tiempo. El Estado necesita financiar los momentos malos con la predicción de una crisis, pero las crisis no ocurren distribuidas uniformemente en el tiempo, sino concentradas. El Estado necesita "suavizar" esos golpes, con más gasto en los años malos y recuperación en los años buenos.
Argentina ilustra este punto porque con población suficiente la escala existe, sin embargo el problema es su incapacidad fiscal crónica para absorber shocks. Esta destruye en la práctica la ventaja estadística, por lo tanto, cuando llega una crisis, no hay margen de maniobra. El Estado argentino tiene el pool de ciudadanos sin el balance económico para activar la ventaja. Por lo tanto, el beneficio estadístico existe en teoría pero no opera en la realidad.
El Estado puede destruir su propia ventaja
Aquí viene una paradoja que el análisis corriente no suele ver. Dijimos que la segunda condición es que los eventos sean independientes entre sí, pero el Estado, al regular y gestionar todo, frecuentemente produce correlación donde antes había independencia. En otras palabras, el Estado puede destruir la condición que hace funcionar su propia ventaja con regulaciones homogéneas, políticas monetarias centralizadas o incentivos fiscales uniformes. Cuando todos los bancos están obligados a operar de la misma manera, cuando todas las empresas responden a los mismos incentivos fiscales, cuando todos los actores del mercado siguen las mismas reglas, sus comportamientos se sincronizan. Y cuando las cosas salen mal es para todos al mismo tiempo.
El ejemplo más brutal de la historia reciente es la crisis financiera de 2008. Los bancos habían construido modelos matemáticos sofisticados para gestionar el riesgo de sus carteras de hipotecas. Esos modelos asumían que los casos en que la gente deja de pagar su hipoteca eran eventos independientes; por ejemplo, si Juan en Miami no paga, eso no afecta la probabilidad de que María en Seattle tampoco lo haga. Pero todos tomaban riesgos similares, bajo las mismas condiciones macroeconómicas, estimulados por los mismos incentivos. Cuando el mercado colapsó, lo hizo en todas partes simultáneamente. La correlación que los modelos ignoraban arruinó la independencia que asumían. AIG, una de las compañías de seguros más grandes del mundo, vendió protección sobre esos pools de hipotecas. Cuando todos colapsaron juntos, AIG necesitó el rescate estatal más grande de la historia hasta ese momento. Y la ironía central es que parte de ese colapso de independencia fue causado por el propio marco regulatorio que el Estado había impuesto. El Estado necesita diversidad e independencia para que su ventaja funcione, pero su propia acción regulatoria tiende a producir homogeneidad. Es una tensión estructural sin solución perfecta.
Por qué el Estado no puede ser voluntario: la coerción como condición necesaria
Imaginemos un seguro de salud completamente voluntario al que nadie está obligado a afiliarse. El resultado es que los jóvenes sanos calculan que probablemente no van a necesitarlo, así que no se afilian y se quedan con la plata. El pool queda formado principalmente por personas que saben que van a necesitar atención médica tales como los enfermos crónicos, los mayores y quienes tienen condiciones preexistentes. Como el pool tiene más gente enferma, los costos suben, por lo tanto, las primas suben. Eso hace que los sanos de riesgo moderado, es decir, quienes dudaban, también abandonen. Así, se ingresa a un espiral en el que los costos y las primas suben. Eventualmente el sistema colapsará porque solo queda la gente que más necesita el servicio y nadie puede financiarlo.
Esto se llama "selección adversa" en economía, y es el mecanismo por el cual los buenos riesgos abandonan el sistema y solo quedan los malos. El Estado resuelve este problema con coerción e ingresa a todos al pool, quieran o no. El impuesto obligatorio garantiza la diversidad necesaria para funcionar. Y esto tiene una consecuencia incómoda porque la ventaja estadística del Estado no existe sin coerción. Sin el poder de obligar, el sistema colapsa hacia selección adversa. La coerción no es un defecto del Estado ni una traición a la libertad individual que lamentablemente toleramos, sino la condición técnica que hace funcionar la arquitectura.
Los ejemplos concretos que muestran cómo funciona
La salud pública es el caso más ilustrativo. Nadie sabe si desarrollará cáncer de colon. Es incertidumbre pura a nivel individual. Pero el Estado calcula con aproximación suficiente cuántos casos habrá en una población de determinadas características: edad promedio, hábitos, factores ambientales. Con eso puede planificar hospitales, comprar medicamentos en volumen y financiar investigación que ningún individuo podría pagar. Y cuando sus estimaciones fallan, como ante un brote inesperado o una epidemia; redistribuye recursos entre regiones sin que nadie quiebre individualmente.
Los sistemas de pensiones muestran tanto la lógica como su límite. El individuo no sabe cuánto tiempo vivirá o qué enfermedades enfrentará en la vejez. Tampoco sabe cuánto representarán sus ahorros en treinta años. El Estado agrega todas esas incertidumbres individuales y en la suma emergen regularidades, y puede calcular la esperanza de vida promedio de la generación, el costo aproximado de la atención geriátrica, junto al valor real del dinero a largo plazo.
Sin embargo, están en crisis los sistemas de pensiones en el mundo desarrollado. Esto sucede cuando se viola la condición de independencia y una generación entera, como los baby boomers, envejece simultáneamente. El pool no falla porque la idea sea incorrecta sino porque una de sus condiciones necesarias se deterioró con demasiada correlación demográfica.
La infraestructura de transporte muestra la lógica en su versión más simple. Ningún individuo puede financiar una autopista. Pero el Estado calcula el uso agregado de millones de personas a lo largo de décadas y construye infraestructura cuyo costo, distribuido sobre ese uso total, resulta viable. La incertidumbre de cada individuo sobre cuánto va a usar la autopista se convierte, a escala, en regularidad estadística perfectamente planificable.
El problema de la varianza: los promedios no bastan
Las personas no experimentamos promedios, sino lo que nos pasa a nosotros. Y un sistema que funciona perfectamente en promedio puede ser políticamente insostenible si hay muchas personas que caen fuera del promedio de manera drástica. Imaginemos un sistema de salud que funciona maravillosamente para el 90% de los casos pero que falla brutalmente para el 10% restante. Los números agregados pueden ser excelentes y el gasto per cápita puede ser eficiente. Pero ese 10% que el sistema destruye generará una crisis de legitimidad que eventualmente desestabilizará todo.
Esto no invalida la lógica estadística del Estado pero agrega una condición que va más allá de los números, ya que la arquitectura probabilística del Estado necesita no solo funcionar bien en promedio sino también controlar cuánto sufren los que quedan fuera del promedio. Un Estado que optimiza el promedio sin atender los casos extremos construye su propia crisis política.
La inteligencia artificial y la paradoja que invierte la intuición
La llegada masiva de la inteligencia artificial cambia el escenario de una manera que parece, a primera vista, debilitar la ventaja del Estado. La intuición común dice que si cada individuo tiene acceso a enormes bases de datos, algoritmos sofisticados y predicciones personalizadas, entonces la brecha de información entre la persona y el Estado se reduce. El individuo puede calcular mejor su propio riesgo, por lo tanto el monopolio del Estado sobre el procesamiento de información estadística se erosiona. Eso es parcialmente cierto pero incompleto, y posiblemente el razonamiento va en dirección opuesta.
Si millones de personas y empresas toman decisiones usando modelos similares de inteligencia artificial, porque los algoritmos más poderosos son los mismos para todos, sus decisiones se homogenizan. Cuando el sistema recomienda vender, todos venden o cuando identifica una oportunidad, todos la toman.
La independencia entre decisiones cae dramáticamente con una correlación sistémica en aumento. Y bajo la lógica que hemos visto, eso no debilita la necesidad de instituciones grandes que absorban shocks sino que la fortalece. La inteligencia artificial concentra el riesgo en lugar de distribuirlo, al sincronizar comportamientos que antes eran independientes. Las implicaciones para el diseño institucional de las próximas décadas son enormes y todavía no se las piensa con la seriedad que merecen.
Más allá del Estado: el límite supranacional
El cambio climático, las pandemias de alta mortalidad, los colapsos financieros globales comparten una característica, no respetan fronteras. Un Estado individual, incluso uno grande, no tiene un pool suficientemente grande para absorber esos shocks por sí solo. Pero esto no contradice la lógica desarrollada hasta aquí, por el contrario, la extiende. Si la ventaja del Estado es estadística, y esta mejora con el tamaño del pool, entonces la dirección lógica es hacia estructuras de agregación cada vez mayores con bloques regionales, instituciones supranacionales u organismos globales. El problema real es que coordinar Estados soberanos es extraordinariamente difícil. El costo de lograr que distintos países cedan soberanía y compartan el pool crece más rápido que el beneficio de hacerlo. Hay rendimientos de escala en la coordinación.
Lo que todo esto implica
Si la ventaja del Estado es estadística antes que moral, se siguen consecuencias que cambian cómo pensamos el problema. La legitimidad del Estado no depende principalmente del contrato social sino de si hace lo que estructuralmente le toca hacer, absorber la incertidumbre individual con suficiente resiliencia como para sobrevivir a sus propios errores. Un Estado que no hace eso, independientemente de su legitimidad formal, de sus elecciones democráticas o constitución, no cumple con sus funciones. Es como un puente con los planos correctos pero construido con materiales defectuosos.
El debate entre Estado y mercado no es ideológico en su núcleo. Es técnico sobre qué mecanismo convierte más incertidumbre en riesgo gestionable con mayor eficiencia, según el tipo de problema. Los mercados son superiores cuando la información está dispersa y los eventos son suficientemente independientes, como el mercado de frutas y el desarrollo de aplicaciones de software.
El Estado es superior cuando los eventos están correlacionados, los horizontes temporales son muy largos, o el pool privado es insuficiente; por ejemplo en salud pública, pensiones, defensa e infraestructura básica.
Hobbes tenía razón, pero por una cuestión más precisa que la formulada. No solo necesitamos al Leviatán para que no nos matemos entre nosotros, también porque somos individuos que operamos en incertidumbre radical y no sabemos qué sucederá. Así, el Leviatán es la única institución que, por su escala y su resiliencia ante el error, puede hacer esa incertidumbre estadísticamente manejable.
La conclusión que resume todo
El Estado es una arquitectura probabilística, en lugar de ser un árbitro moral que existe para hacer el bien, o la expresión de la voluntad del pueblo. Una máquina diseñada para convertir incertidumbre individual, lo que no se puede predecir a nivel de una persona, en riesgo gestionable a nivel colectivo. Lo hace usando la ley de los grandes números, la resiliencia ante el error y la coerción para incluir individuos en un pool completo. Y como toda arquitectura, su valor no depende de las buenas intenciones de quienes la fundaron sino de si está bien construida. Así, un puente diseñado por personas bondadosas pero construido con materiales defectuosos se cae igual. Un Estado con constituciones nobles y líderes bien intencionados pero sin capacidad fiscal, sin diversidad interna y con correlación endógena entre sus eventos no cumple su función estadística. Esa es la razón por la que el Leviatán gana porque opera con números que ningún individuo puede igualar, cuando las condiciones se dan.
Las cosas como son
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