Mientras una parte de la dirigencia política habla para su propio círculo rojo, el ciudadano argentino atraviesa una realidad cada vez más dura. No se trata de una discusión abstracta, ni de una pelea de nombres, cargos o estrategias electorales. Se trata de familias que no llegan a fin de mes, trabajadores que pierden poder adquisitivo, pymes que cierran, comercios que no venden, jóvenes sin empleo y hogares que ya no pueden sostener un alquiler.
La economía real está dando señales de alarma. En abril, la inflación fue del 2,6%, acumuló 12,3% en el primer cuatrimestre y alcanzó el 32,4% interanual. Pero detrás de esos porcentajes hay algo mucho más concreto: transporte que aumenta, servicios que pesan cada vez más, comunicación, educación, vivienda, luz, gas y combustibles que golpean todos los meses el bolsillo de las familias y los costos de quienes producen.
Ese impacto no lo sufren solamente los hogares. Lo sufren también las pymes, las micropymes, los comercios de barrio, los talleres, las pequeñas industrias y los emprendedores que todos los días levantan la persiana sin saber si van a poder cubrir los costos. Según CAME, las ventas minoristas pymes cayeron 3,2% interanual en abril, con una baja acumulada del 3,5% en el primer cuatrimestre del año. Es decir: se vende menos, se consume menos y se achica la actividad de quienes sostienen buena parte del empleo argentino.
Cuando un comercio no vende, no estamos hablando solamente de una caja que cierra en rojo. Estamos hablando de un trabajador que puede perder su empleo, de un proveedor que deja de cobrar, de una familia que se endeuda, de un barrio que pierde movimiento y de una comunidad que se debilita. Cada persiana baja es una señal de que algo profundo se está rompiendo.
La situación de la industria nacional también muestra un deterioro preocupante. El INDEC informó que en febrero de 2026 la producción industrial manufacturera cayó 8,7% interanual, un dato que refleja el golpe que reciben sectores productivos frente a la caída del mercado interno, el encarecimiento de costos, la falta de crédito y la presión de productos importados.
Las pymes y micropymes no tienen espalda financiera infinita. No pueden trasladar todos los aumentos a precios porque la gente no compra. No pueden sostener empleados si las ventas se desploman. No pueden invertir si no hay crédito productivo. No pueden competir en igualdad de condiciones si el Estado abandona la defensa de la producción nacional.
Y mientras eso ocurre, miles de argentinos enfrentan otra angustia cotidiana: pagar el alquiler. Familias enteras destinan cada vez más parte de sus ingresos a sostener un techo. Muchas achican gastos básicos, se endeudan, vuelven a vivir con familiares o directamente quedan al borde de la calle. La vivienda, que debería ser una base mínima de dignidad, se convirtió para muchos en una carga imposible.
También están los que ya quedaron afuera del sistema. Personas sin trabajo, trabajadores informales, changarines, jóvenes que buscan su primera oportunidad, mayores de 50 años que no logran reinsertarse, familias que dependen de un ingreso cada vez más insuficiente. Ese pueblo no aparece en las discusiones de salón. No tiene lobby. No tiene mesa chica. No tiene voceros en el círculo rojo. Pero existe. Y necesita respuestas.
Por eso, la pregunta de fondo es simple: ¿qué necesita hoy el ciudadano argentino?
Necesita que la política vuelva a mirar la calle. Necesita que la dirigencia deje de hablarse a sí misma y empiece a hablarle al pueblo que está pasando necesidad. Necesita que se escuche al trabajador, al comerciante, al pequeño industrial, al emprendedor, al desocupado, al jubilado, al inquilino y a la familia que todos los meses hace cuentas para ver qué paga y qué deja de pagar.
Defender la industria nacional no es una consigna vieja. Es defender empleo argentino. Defender a las pymes no es defender a un sector empresario aislado. Es defender al trabajador, al proveedor, al barrio, al consumo y al entramado social que sostiene la vida cotidiana de millones de argentinos.
No hay justicia social posible con fábricas cerradas. No hay movilidad social con trabajadores empobrecidos. No hay mercado interno con salarios que no alcanzan. No hay comunidad posible con comercios vacíos y familias expulsadas de sus hogares.
El peronismo tiene una responsabilidad histórica: volver a poner en el centro al pueblo, al trabajo, a la producción y a la industria nacional. No puede quedar atrapado en discusiones internas mientras la economía real se desangra. La política no puede transformarse en una conversación entre dirigentes, consultores y operadores mientras el ciudadano argentino espera una respuesta concreta.
La Argentina necesita un rumbo productivo, nacional y humano. Un modelo que cuide el mercado interno, que proteja a las pymes y micropymes, que promueva el crédito para producir, que defienda el trabajo argentino y que entienda que detrás de cada número hay una familia, un esfuerzo y una historia.
Hoy más que nunca, la política debe volver a estar donde está la necesidad: al lado del ciudadano argentino, del trabajador, del que produce, del que busca trabajo, del que no puede pagar el alquiler y del que siente que nadie lo escucha.
Porque cuando se apaga una pyme, se pierde mucho más que una empresa. Se pierde trabajo. Se pierde consumo. Se pierde comunidad. Se pierde país. La Argentina no se reconstruye hablando para el círculo rojo. Se reconstruye escuchando al pueblo, defendiendo el trabajo y cuidando la producción nacional.
*El autor es empresario PyME de la construcción.
por Gustavo Mendelovich















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