Milei (Pablo Temes)
Las elecciones de las que depende Milei
Los comicios en los que Donald Trump se juega su continuidad en la Casa Blanca son clave para su aliado argentino. Qué puede ocurrir si ganan los demócratas.
Hoy en día, pocas personas toman en serio la idea de Blaise Pascal de que, si la nariz de Cleopatra hubiera sido un poco más corta, el rostro de la tierra sería ahora distinto, ya que ella no habría logrado atraer a Julio César primero y, después de su muerte, a Marco Antonio, una aventura que terminó muy mal para ella y para su país que se vio incorporado al Imperio Romano. Al igual que la “teoría de los grandes hombres” de la historia decimonónica que fue formulada por Thomas Carlyle, tales nociones parecen demasiado elitistas. En cambio, en la “era de las masas” en que aún vivimos, está de moda asumir, como hizo León Tolstoi en un capítulo singular de su gran novela Guerra y paz, que el destino de un país depende mucho menos de las decisiones tomadas por individuos prominentes que de fuerzas sociales oscuras que son difíciles de detectar o medir pero que determinan prácticamente todo.
Tal perspectiva no resulta convincente. ¿Habría evolucionado Argentina de la misma manera en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial si Juan Domingo Perón nunca se hubiera alistado en el ejército ni hubiera incursionado en la política? ¿Y sería su situación actual prácticamente la misma si, en 2023, Javier Milei hubiera seguido siendo un polemista televisivo fogoso y otra persona hubiera asumido la presidencia? Por supuesto que no; al igual que en todos los demás países, gran parte de lo que sucede depende de las decisiones tomadas por individuos que ocupan cargos clave; restarles importancia carece de sentido.
Otro tanto cabe decir de Estados Unidos, país que, bajo el mandato de Donald Trump, un hombre que supedita prácticamente todo a sus propios caprichos personales, atraviesa una transformación tan llamativa como la que Milei está impulsando en Argentina. En ambos casos, los cambios impulsados por el mandatario enfrentan una fuerte resistencia y podrían revertirse si los hombres responsables de ellos perdieran el poder.
Aunque sus respectivas ideologías difieren enormemente -entre otras cosas, Trump es mercantilista y Milei partidario del libre comercio-, ambos líderes, obsesionados consigo mismos, tienen mucho en común y sus personalidades son curiosamente similares. Es por tal motivo que sienten instintivamente que pertenecen al mismo equipo. Para quienes no los quieren, son sujetos sumamente antipáticos que tratan a sus críticos y rivales con un desprecio manifiesto y disfrutan haciendo declaraciones escandalosas en las redes sociales, de las que son adictos. Odian a los periodistas de los medios tradicionales. También comparten una marcada inclinación por las imágenes escatológicas.
Hasta ahora, tanto Milei como el país se han visto beneficiados por su alineamiento automático con Trump. De no haber sido por la disposición del norteamericano a financiarlo hace un año, cuando atravesaba graves dificultades, la Argentina se habría visto azotada por un tsunami financiero que habría acabado con el programa de reformas estructurales que Milei intenta imponer a toda costa y, con ello, con su presidencia. Sin embargo, lo que hasta ahora ha sido la principal carta de triunfo del anarco-capitalista podría estar a punto de convertirse en una desventaja muy costosa.
Para él, los resultados de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, previstas para el 3 de noviembre, serán tan importantes que los de las presidenciales que tendrán lugar casi un año después. Para el país, importarán aún más. Si los republicanos pierden el control del Senado y de la Cámara de Representantes, Trump se convertirá en un mandatario debilitado -un “pato rengo”, según la jerga norteamericana- bajo el ataque implacable de unos demócratas que, salvo contadas excepciones, lo detestan profundamente. Si eso sucede, y bien podría ocurrir, sería prácticamente seguro que se esforzaran al máximo por hacerle la vida lo más difícil posible a Milei. Si ello implicara provocar una crisis económica que empobreciera a gran parte de la población de la Argentina, le atribuirían a él la culpa.
Trump sabe que está en apuros. Según la mayoría de las encuestas, su valoración personal ha caído considerablemente en los últimos meses. También sabe que, en su país, el partido de la oposición suele obtener buenos resultados en las elecciones de mitad de mandato, algo de que tanto republicanos como demócratas se han disfrutado repetidamente. No obstante, al igual que le sucede a Milei cuando él o sus aliados advierten sobre el peligro que representan los “kukas” recalcitrantes, Trump puede encontrar cierto alivio en las feroces luchas internas que desgarran a sus adversarios.Los demócratas están divididos entre tradicionalistas moderados y fanáticos “woke” que se destacan por sus ideas extravagantes sobre el género, las reivindicaciones étnicas debidamente monetizadas y cuestiones similares. Incluyen a individuos que evidentemente desprecian a su propio país y a la mayoría de sus compatriotas. Asimismo, albergan una corriente “anti-sionista” que roza el antisemitismo explícito. En la izquierda estadounidense hay muchos que odian a Israel hasta tal punto que simpatizan con los asesinos y violadores de la banda terrorista Hamas.
Trump, que da por sentado que las próximas elecciones giran en torno a su propia figura, espera desesperadamente que los votantes respalden a los candidatos republicanos no solo por las virtudes que él cree encarnar, sino también por temor a lo que haría el ala supuestamente progresista del Partido Demócrata si lograra acercarse al poder. Muchos sueñan con someterlo a un juicio político que culminara con su encarcelación.
Huelga decir que Trump se ha visto perjudicado por su decisión de unirse a Israel para atacar a la República Islámica de Irán. Al parecer, creía que una ofensiva breve bastaría para acabar con el régimen yihadista y por lo tanto no se esforzó en explicar ni al público en general ni a los aliados de la OTAN que permitir a los ayatolás iraníes hacerse con armas nucleares (algo que llevaban décadas intentando lograr), acarrearía consecuencias mucho peores que las desgracias, principalmente económicas, derivadas de la guerra. Fue una omisión grave, al igual que no haber reflexionado sobre la importancia geopolítica que tendría tomar desde el vamos el control total del estrecho de Ormuz.
Sin duda, Trump debería haber sido consciente de que, para la mayoría de los estadounidenses, pagar más por la nafta en la estación de servicio local importaba mucho más que cualquier acontecimiento en el lejano Oriente Medio. Sobra decir que la costosa prolongación de la guerra posterior se habría evitado si Estados Unidos hubiera desplegado un número suficiente de tropas terrestres, pero Trump sabía que la mayoría de sus compatriotas no le perdonarían si pusiera en peligro a un puñado de soldados, y mucho menos a un contingente numeroso.
Por ahora cuando menos, la Argentina no puede darse el lujo de alejarse de la esfera de influencia norteamericana como están haciendo Brasil y, de manera más subrepticia, muchos países de Europa. Como nos recuerdan los aumentos recientes del índice riesgo país, la economía sigue siendo muy vulnerable a las tormentas que esporádicamente agitan los mercados internacionales. Para frustración no sólo de Milei y Luis Caputo, la transición desde el corporativismo congénitamente corrupto del orden peronista hacia una versión de “normalidad” presuntamente apropiada para los tiempos que corren ha resultado ser mucho más dificultosa de lo que habían previsto, razón por la que el país necesita contar con el aval del gobierno de Estados Unidos.
¿Estaría tan dispuesto a apoyar a Milei o a un eventual sucesor de ideas económicas afines una administración demócrata? En vista del odio que tantos sienten por Trump y sus amigos en el exterior, no sorprendería que una quisiera castigar a la Argentina por haberlo apoyado.
Puesto que Trump antepone su relación personal con políticos de otras partes del mundo a virtualmente todo lo demás, si los republicanos logran salir airosos de las elecciones de medio término al país le convendría que Milei continuara en el poder por algunos años más, pero si se imponen por un margen impresionante los demócratas, sería del interés nacional que se viera remplazado por alguien menos comprometido con el hombre que muchos están resueltos a humillar por todos los medios concebibles.
Bien que mal, en el mundo actual los vínculos emotivos entre los distintos líderes nacionales importan tanto como en el pasado, cuando era habitual dar por descontado que determinarían el destino de pueblos enteros. Fue gracias a su voluntad de comportarse como un admirador acrítico de Trump que Milei consiguió sobrevivir a la crisis tremenda que fue desatada por el triunfo peronista en las elecciones legislativas bonaerenses del 7 de septiembre del año pasado; de otro modo, ni a Trump ni al secretario del Tesoro estadounidense Scott Bessent se les hubiera ocurrido prometer hacer lo necesario para apoyar al “aliado sistémicamente importante en América latina”. Estaban en condiciones de hacerlo, pero si los resultados de las elecciones del 3 de noviembre los privan de una parte sustancial del poder que aún conservan, Milei y, es de temer, la Argentina figurarán entre los grandes perdedores.
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