Friday 11 de September, 2026

OPINIóN | Hoy 09:14

El hombre sin marco

Diez años de análisis fallidos sobre Trump revelan menos sobre él que sobre las herramientas con las que se lo intenta explicar. Un perfil incómodo.

Donald Trump entró en el centro de la política presidencial estadounidense en 2015 y desde entonces miles de analistas intentaron explicarlo. La mayoría fracasó. Uno tras otro se aplicaron los marcos disponibles, recorriendo populismo, autoritarismo, demagogia, narcisismo clínico o fascismo americano. Ninguno produjo predicciones acertadas. Trump perdió una elección en 2020, pero sobrevivió políticamente a una derrota que habría terminado la carrera de casi cualquier otro dirigente, y volvió a ganar en 2024. Desconcertó a sus adversarios e hizo cosas que, según los marcos, no debería haber podido hacer. El problema era que los marcos analíticos disponibles fueron construidos para describir políticos que comparten supuestos básicos con sus analistas, y Trump no los comparte. Cuando una herramienta no funciona repetidamente sobre un objeto, el problema suele estar en el instrumento.

La figura real del presidente estadounidense es más extraña que las versiones sobre él y por eso es analíticamente interesante. Los que lo apoyan lo idealizan más allá de lo que es y quienes lo rechazan lo demonizan más allá de los datos. El resultado es un perfil incómodo para casi todos.

La primera ilusión: la espontaneidad

La caracterización más persistente de Trump en los medios es la de un hombre instintivo, errático, incapaz de contener sus impulsos: tuits a las tres de la mañana, declaraciones desordenadas y cambios de posición sin aviso. La caracterización es engañosa, porque Trump convirtió la apariencia de espontaneidad en un recurso político estable que viene aplicando desde antes de bajar por la escalera dorada de la Trump Tower.

Fotogaleria Los partidarios del expresidente estadounidense y candidato presidencial republicano Donald Trump vitorean mientras el Trump Force One llega con el candidato para un mitin de campaña

La técnica es simple y por eso es difícil de detectar. Los políticos tradicionales planifican en silencio y ejecutan en público; Trump invirtió la lógica, porque planifica en público y ejecuta también en público. La exhibición es la estrategia. Cuando un tema le es desfavorable, lanza otro más grande que mueve la atención. Cuando un adversario gana terreno, ataca el flanco más visible de ese oponente. Cuando una investigación judicial avanza, la convierte en persecución política y reúne fondos con ella. Cada movimiento parece reflejo, pero en realidad es cálculo presentado como reflejo.

Conviene precisar la naturaleza de ese cálculo. Lo que opera no es diseño deliberado al modo del estratega clásico que planifica movimientos sobre un tablero, sino un reflejo adaptativo construido durante cuarenta años de iteración pública, donde lo que funciona se conserva y lo que no funciona se descarta. Es más cercano a lo evolutivo que a la planificación, pero produce resultados comparables a los de un buen plan. Los analistas tradicionales esperan estrategia en forma de coordinación silenciosa entre asesores, discusión detrás de puertas cerradas y mensajes pulidos por equipos de comunicación. Cuando ven a Trump improvisando ante una cámara, concluyen que no hay estrategia. Esa conclusión está errada en su núcleo, porque la estrategia es la improvisación misma, sostenida por una intuición notable para leer cómo va a reaccionar el público inmediato y los medios subsiguientes. Es una estrategia incorporada como segunda naturaleza después de cuarenta años de ejercicio mediático.

La prueba más simple de que no es impulsividad pura es la consistencia. Si Trump fuera impulsivo en el sentido habitual, sus errores serían aleatorios y le costarían más de lo que le aportan. La realidad es más matizada, porque Trump no elimina el costo de sus errores: los convierte en costo soportable dentro de su coalición y en erogación para sus adversarios. Su impulsividad está políticamente integrada. Otros políticos pagan por sus impulsos; Trump logró que muchos arrebatos alimenten su marca. Esa integración requiere disciplina táctica por encima del ímpetu.

La segunda ilusión: la falta de inteligencia

El segundo lugar común sobre Trump es que es estúpido. Es probablemente la caracterización más perezosa de todas, porque confunde dos cosas que deberían estar separadas: una es la capacidad cognitiva bruta y la otra es el estilo retórico y los marcos de referencia culturales.

Kamala Harris y Donald Trump

Trump habla en frases cortas, repite, vuelve sobre los mismos temas, usa adjetivos simples. Los críticos interpretan eso como indicador de capacidad limitada, y es una interpretación errada. El estilo es deliberado y funciona: las frases cortas se memorizan, los adjetivos simples se citan y las repeticiones se vuelven slogans. Los políticos que hablan en frases largas con vocabulario sofisticado pierden audiencia masiva. Trump optimizó para la captura de esa audiencia masiva, y eso requiere una inteligencia comunicacional que la mayoría de los políticos universitarios no tiene.

La pregunta de si un presidente tiene que ser intelectualmente sofisticado es, además, un interrogante mal planteado. Un presidente es jefe de Estado, decisor militar, conductor de coaliciones y productor de sentido, y la sofisticación intelectual académica no es requisito para ninguna de esas funciones. Lo que se requiere es inteligencia operativa de un tipo específico: performativa, comercial y agonística. Trump entiende la política como combate público permanente y opera en ese registro con velocidad alta y consistencia notable para un hombre de su edad.

Hay una segunda dimensión donde esa inteligencia operativa se vuelve visible: la negociación. Cuatro décadas en bienes raíces de Nueva York producen un tipo de sagacidad que la academia no estudia y los medios no reconocen. Es capacidad táctica concreta, basada en la lectura de la otra parte, en el cálculo de incentivos, en la gestión de información asimétrica y en el uso de la fuerza posicional. Trump aplica esa habilidad a la política exterior. Los resultados son mixtos, pero el método produce movimientos que sus predecesores no produjeron. No por estupidez de los predecesores, sino porque ellos operaban con otro marco.

La estrategia del aceite y el agua

Hay una imagen que ilumina mejor a Trump que cualquier análisis contemporáneo. Las clases sociales tienden a estabilizarse en estructuras que se autoperpetúan. Las élites institucionales, los grupos profesionales consolidados, las redes de poder establecidas generan formas de coordinación que se vuelven invisibles para los de adentro y opacas para los de afuera. La única forma de romper esa estabilidad es la agitación constante. Como el aceite y el agua, las clases solo permanecen mezcladas si algo las mueve continuamente. Si la agitación cesa, vuelven a separarse. La intuición es próxima a varias formulaciones maoístas sobre la persistencia de la lucha de clases y la necesidad de movimiento permanente, aunque la metáfora exacta no figura en sus escritos canónicos.

Elon Musk y Donald Trump

Trump entendió esto, probablemente no en forma teorizada sino operativamente, después de décadas de observar cómo el establishment de Nueva York lo trataba como advenedizo aunque tuviera más dinero que muchos de sus miembros. Su forma de gobernar requiere que todo quede en movimiento. Cuando todo se zarandea, las élites pierden capacidad de coordinación porque la previsibilidad desaparece. Trump remueve la previsibilidad como método y sus adversarios interpretan eso como caos. En realidad, es negarle la coordinación al adversario, no es un caos propio.

Esta es la diferencia entre Trump y casi todos los demócratas y republicanos institucionales que se le opusieron. Los institucionales necesitan que las cosas se queden quietas para coordinar. Trump necesita que se muevan para gobernar. Cuando ambos están en la misma habitación, Trump tiene ventaja estructural. Los institucionales esperan que las reglas operen; Trump remueve las reglas. Antes de que los institucionales reconstruyan las reglas, Trump ya removió las nuevas. Es agotador para los adversarios y energizante para los seguidores. Esa asimetría de costos es deliberada.

La cuarta posición frente a las cosas serias

La mayoría de los análisis sobre la relación de Trump con Dios, con la historia y con la tradición presidencial parte del supuesto de que hay tres opciones posibles: creer, no creer y dudar. Sobre esa base se discute si Trump es creyente sincero, si simula serlo para los evangélicos o si oscila entre dudar y creer. La discusión es estéril porque ignora una cuarta posición, probablemente la más común en la práctica y la menos reconocida en la teoría: no le importa.

Donald Trump

Trump opera desde esa cuarta posición frente a la mayoría de las cosas que se supone que un presidente debe tomar en serio. Frente a Dios, la historia oficial y los protocolos diplomáticos, por ejemplo. Ante las expectativas de decoro presidencial o el consenso de los expertos, su indiferencia no es desafío activo ni rebelión consciente, sino ausencia genuina de interés en jugar el juego como está establecido. Y la indiferencia, a diferencia del desafío, no se puede combatir. Al contestatario se lo enfrenta y entonces se puede pelear con él; el indiferente sigue de largo y no hay con quién pelear.

Esto desconcierta porque el sistema político democrático no tiene respuesta para alguien que simplemente no le da importancia a las cosas que ese sistema considera importantes. Los mecanismos de presión, vergüenza, indignación y escándalo requieren que el destinatario procese la presión. Si no la procesa, los mecanismos quedan inertes.

Trump construyó una carrera política sobre la inutilización progresiva de esos recursos. Cada escándalo que no lo destruyó fue una demostración pública de que los mecanismos no funcionaban sobre él. Cada demostración debilitó la próxima aplicación.

El sistema sin vergüenza

El descubrimiento operativo más importante de Trump como político es que el sistema democrático opera sobre la vergüenza como regulador central. Los políticos pueden hacer muchas cosas, pero hay cosas que no se alcanzan porque generan vergüenza pública. La amenaza de oprobio disciplina la conducta política en democracias maduras. Insultar abiertamente a un adversario, mentir sin disimulo, contradecirse en público, mostrar emociones primarias sin filtro eran cosas que un político no hacía. No por imposibilidad legal, sino por consecuencia social: la expectativa de bochorno bloqueaba la acción.

Fotogaleria El presidente estadounidense Donald Trump hizo sonar la campana de apertura de la Bolsa de Nueva York (NYSE) y del Nasdaq durante el lanzamiento de las cuentas de inversión Trump en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington, D.C.

Trump removió esa inhibición porque la vergüenza simplemente no opera en él como mecanismo. Eso le da una ventaja táctica enorme. Puede hacer cosas que sus adversarios no pueden, porque ellos todavía operan dentro del marco regulador de la vergüenza. Cuando se enfrentan, Trump tiene un repertorio más amplio. Gana por asimetría de restricciones.

Esto explica el patrón repetido de los últimos diez años. Trump dice algo que, según las reglas, no debería decir. Los adversarios se concentran en el escándalo, gastan ciclos mediáticos denunciándolo, exigen disculpas o renuncias. Trump no se disculpa, no renuncia y dobla la apuesta. Los adversarios quedan agotados; Trump, fortalecido. La técnica funciona porque la vergüenza es asimétrica. Los adversarios operan dentro del sistema y la vergüenza los disciplina. Trump opera fuera de esa lógica, y cada intercambio amplía la asimetría.

El exhibicionismo es el componente conductual de esta dinámica. Trump no esconde lo que la cultura política dice que se debe esconder. La conversación con Xi Jinping en la Ciudad Prohibida, donde Trump le pregunta en público si es cierto que nunca había invitado a nadie al palacio antes que a él, es el ejemplo perfecto. Un diplomático tradicional jamás hubiera preguntado eso en público. La interrogación es desclasante en el sentido sociológico: hace explícito el favor recibido y obliga al otro a confirmarlo públicamente. Es una técnica de poder que Trump usa instintivamente, porque es exactamente su modo de operar en la negociación inmobiliaria, hacer explícito lo que el otro preferiría dejar implícito. Funciona porque el otro queda en posición de tener que confirmar o desmentir, y ambas opciones son costosas.

La lealtad como criterio único

Trump organiza públicamente el afecto según lealtad y enemistad. Su lenguaje rara vez universaliza el cuidado: personaliza la deuda, la traición, la gratitud y el castigo. Este patrón se puede mostrar con discursos, nombramientos, insultos, perdones, respaldos y rupturas. Por lo tanto, es observable.

Javier Milei y Donald Trump

La acusación frecuente de que Trump sería un psicópata clínico ignora algo evidente: muestra afecto sostenido en círculos íntimos durante décadas. Sus hijos, su familia extendida y sus aliados leales reciben de él un tipo de cuidado que tiene continuidad temporal. Eso no se corresponde con los criterios clínicos de psicopatía. Lo que se observa es algo distinto y más interesante: una moral organizada en torno a la cercanía y la lealtad personal, no en torno a principios universales.

La élite cultural contemporánea opera con la empatía universal como norma. Cuando ve a alguien que distribuye el cuidado según cercanía, lo interpreta como una carencia, aunque esa distribución sea la forma que predominó durante la mayor parte de la historia. La empatía universal, hacia todos los seres humanos independientemente de su cercanía, es una construcción cultural más reciente, propia de cierto humanismo ilustrado. Trump opera con el modelo histórico mayoritario. Por eso lo entienden las clases trabajadoras, las comunidades evangélicas, los inmigrantes latinos católicos y los obreros del Rust Belt: operan con el mismo radio de cuidado que él. Y por eso lo rechazan los académicos, los periodistas de prestigio y los funcionarios de organismos internacionales, que funcionan con el modelo universalista y leen la concentración como déficit moral.

La conciencia moral en Trump no parece organizada como sistema codificado. No tiene un marco articulado de bien y mal que aplique a sus decisiones. Pero tiene un sentimiento moral concentrado en torno a la lealtad, el honor, la traición y la humillación. Esas categorías sí funcionan en él y, por lo tanto, la traición y la humillación lo afectan con intensidad. La pregunta abstracta de si una decisión es ética en el sentido universalista no le genera respuesta interna visible; si alguien le fue leal o no, genera respuestas viscerales sostenidas en el tiempo.

Fotogaleria Benjamin Netanyahu, posando para una foto con el presidente estadounidense, Donald Trump, en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington D.C.

Esto explica patrones de conducta que parecen contradictorios desde el marco universalista. Trump puede ser generoso con personas que lo apoyaron y despiadado con quienes lo abandonaron. Puede defender a aliados imperfectos contra críticas externas y atacar a antiguos allegados que lo criticaron. Puede ignorar el sufrimiento de poblaciones distantes mientras se conmueve sinceramente por el destino de un soldado caído al que conocía personalmente. La inconsistencia es solo aparente: la regla es coherente. La lealtad genera reciprocidad y la traición genera represalia. La universalización del cuidado no entra en el cálculo.

La coalición administrada

Trump sostiene en una misma órbita política grupos que en cualquier otro contexto serían difíciles de combinar. Evangélicos fundamentalistas conviven con libertarios ateos. Convoca a judíos sionistas y nacionalistas con elementos antisemitas en sus filas, a latinos católicos conservadores y a feministas antiestablishment, entre otros grupos contradictorios. Las coaliciones raras no son novedad en política, pero esta tiene una particularidad notable: se sostiene durante una década completa sin que las diferencias internas la fracturen.

La explicación habitual, que es una coalición de resentimiento contra las élites, es parcial. El rencor es necesario, pero no suficiente. Lo que sostiene al colectivo es la combinación de dos cosas. Primero, la antipatía común hacia la clase consolidada que cada uno de esos grupos percibe como adversaria. Segundo, y esto es lo que la mayoría de los análisis no ve, la indiferencia de Trump frente a las contradicciones ideológicas internas de su coalición.

Fotogaleria El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el director ejecutivo de la UFC, Dana White, llegan al evento de artes marciales mixtas

Trump gobierna con pocas convicciones abstractas y muchas fijaciones operativas. Tiene posiciones reconocibles: nacionalismo estadounidense, frontera dura, proteccionismo selectivo, hostilidad a burocracias autónomas, extractivismo energético y transaccionalismo exterior. Pero esas posiciones no derivan de un sistema ideológico coherente: son acumulación de intuiciones políticas que la mayoría de las veces no necesitan arbitrar entre sí. Cuando se contradicen entre grupos de su coalición, Trump no arbitra. Las incoherencias quedan en suspenso porque la figura central produce victoria, protección simbólica o venganza compartida.

Los conflictos internos no desaparecen: se postergan. Cada grupo proyecta sobre Trump lo que necesita ver. Los evangélicos ven un defensor de la fe, los libertarios ven un enemigo del Estado, los nacionalistas ven un defensor de la patria y los sionistas ven un aliado de Israel. La pantalla no está completamente vacía, pero es lo suficientemente difusa para permitir proyecciones incompatibles. Esto solo funciona si la persona en el centro no insiste en resolver las discrepancias a favor de un grupo específico. Trump no insiste, y mientras no lo haga, la coalición se sostiene.

La visión comercial del mundo

Hay un componente de la cosmovisión de Trump que merece atención específica porque rompe con dos siglos de tradición presidencial estadounidense. El presidente no comprende por qué la gente está en guerra cuando podría estar haciendo negocios. Y esto no es retórica: pasa por su estructura mental.

La tradición presidencial estadounidense tiene dos vertientes principales en política exterior. La wilsoniana, que ve a Estados Unidos como portador de una misión civilizatoria y moral, donde la guerra puede ser legítima cuando defiende valores universales; y la neoconservadora, variante endurecida de la anterior, donde el uso de la fuerza es central para imponer un orden internacional liberal. Las dos escuelas dominaron la política exterior estadounidense durante el siglo veinte. Roosevelt, Truman, Kennedy, Reagan, los dos Bush, Clinton y Obama operaron dentro de alguna versión de esa tradición. Trump representa una tercera que no había tenido representación presidencial seria desde los años veinte: la tradición comercial pura.

Para Trump, las relaciones internacionales son transacciones. Los aliados son socios que deben aportar valor proporcional a lo que reciben, y los adversarios son competidores con los que se puede negociar si la oferta es suficientemente buena. La guerra es ineficiente porque destruye capital humano y físico sin producir riqueza; las alianzas eternas son sospechosas porque comprometen recursos sin retorno; los valores universales son retórica que no produce resultados medibles. Esta visión es ajena a las dos tradiciones dominantes y por eso la mayoría de los analistas de política exterior no la entendió.

Fotogaleria El presidente estadounidense Donald Trump firma una orden ejecutiva que exige mayor investigación y flexibilidad en materia de vacunas, junto al secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr.

Los Acuerdos de Abraham son el mejor ejemplo de lo que produce este enfoque. Se construyeron sobre intereses compartidos entre Israel y varios Estados del Golfo, con un componente transaccional importante, pero también con alineamiento estratégico contra Irán, suspensión de planes israelíes de anexión en Cisjordania e incentivos estadounidenses específicos. El marco transaccional ilumina una parte central del acuerdo, pero no agota la explicación. Funcionó porque la base material era sólida y porque la diplomacia tradicional anterior no había encontrado la fórmula.

La presión sobre la OTAN para que los miembros pagaran más es un caso más matizado. El compromiso del 2% del PBI en defensa había sido formalizado por la propia alianza en la cumbre de Gales de 2014, después de la anexión rusa de Crimea y antes de la llegada de Trump. Lo que el presidente estadounidense hizo fue acelerar y politizar una presión que ya existía. La amenaza de una retirada de Washington, real o percibida, movió a varios aliados europeos que habían postergado durante años el cumplimiento. El resultado fue exitoso en términos de aumento del gasto, pero no fue una creación del republicano: fue uso agresivo de una palanca existente.

China es el caso más ambiguo. El acuerdo de fase uno, firmado en enero de 2020, prometía compras chinas adicionales por 200.000 millones de dólares en bienes y servicios durante 2020 y 2021. Las estimaciones independientes posteriores indicaron que Pekín cumplió aproximadamente con el 58% de lo prometido. Los aranceles efectivamente alteraron la balanza comercial, pero generaron costos para consumidores y empresas estadounidenses. El balance neto del enfoque transaccional con China es mixto: ni el éxito que algunos le atribuyen ni el fracaso que otros denuncian.

Ucrania es donde el modelo encuentra sus límites más claros. El intento de resolver la guerra por negociación directa con Rusia parte del supuesto de que cualquier guerra puede terminar si las partes encuentran un punto donde el desgaste por continuar es mayor que el costo de un acuerdo. En mayo de 2026 hubo una tregua de tres días mediada por Estados Unidos, pero estuvo bajo seria tensión casi desde el inicio y no produjo un acuerdo de paz definitivo. El problema es que en guerras donde la dimensión ideológica o existencial es central, los actores no calculan en términos puramente transaccionales. Algunos prefieren costos altos a concesiones simbólicas. El mesianismo religioso, el orgullo histórico y la legitimidad nacional son variables que no tienen precio de salida.

Fotogaleria El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, y el presidente estadounidense, Donald Trump, se estrechan la mano durante una reunión en la Oficina Oval de la Casa Blanca en Washington, D.C.

El riesgo del modelo transaccional aplicado a la seguridad global es la generación de vacíos que los competidores con horizonte más largo capitalizan. Cuando todo es negociable, las relaciones de confianza estructural se erosionan, y la confianza sistémica es lo que permite alianzas duraderas frente a adversarios pacientes. Trump opera con un modelo muy poderoso en ciertos contextos y limitado en otros. Los analistas tradicionales no detectan ninguno de los dos aspectos, porque no usan ese modelo.

El cerebro a los ochenta

Hay una pregunta que la cultura política no discute con seriedad, aunque cualquier respuesta requerirá tratarla como hipótesis y no como diagnóstico. Por qué Trump, a los 80 años, funciona cognitivamente con velocidad alta mientras Biden, tres años mayor, mostraba el patrón opuesto.

La teoría de la reserva cognitiva, desarrollada en neurología desde fines de los noventa, sostiene que el cerebro acumula a lo largo de la vida una capacidad de compensación que depende del uso. Los cerebros usados intensamente durante décadas desarrollan más densidad sináptica, más caminos alternativos para resolver la misma tarea, más capacidad de redirigir función cuando un área específica empieza a fallar. Esa reserva no es genética: se construye con el uso. Cuando aparece la patología asociada a la edad, los cerebros con reserva alta la absorben sin síntomas visibles durante años más que los cerebros con reserva baja.

Trump pasó cincuenta años en modo de exigencia cognitiva permanente y específica. Negociación inmobiliaria de alto riesgo, presencia mediática constante, conflicto público sostenido, exposición a litigios continuos, producción de contenido diaria desde el inicio de las redes sociales. Cada día requirió respuesta inmediata a estímulos hostiles. Biden tuvo una carrera política larga y exigente en otro sentido: operó dentro de instituciones, trabajó con asesores que producían material sustantivo e intervino en debates legislativos complejos. La exigencia de su carrera fue real, pero distinta. Más social y política, menos centrada en la producción de output propio bajo presión continua.

Fotogaleria El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, se dirige a la nación desde el jardín de rosas de la Casa Blanca en Washington, DC, después de que Donald Trump ganara las elecciones presidenciales

La diferencia visible en los últimos años probablemente no sea un accidente. Es compatible con el resultado esperable de medio siglo de uso diferenciado del mismo órgano en condiciones distintas. La lección para la cultura política es que los dirigentes que parecen estar siempre en conflicto, siempre exigidos, en modo combate, quizá estén protegiendo su cerebro más que quienes desarrollan carreras estrictamente institucionales.

Esta interpretación es hipotética. No hay escáneres cerebrales públicos de ninguno de los dos ni evaluación clínica directa disponible para verificarla. Pero la teoría de la reserva cognitiva está bien establecida en neurología, y la diferencia visible de funcionamiento entre dos hombres de cohorte cercana requiere alguna explicación. La del uso diferenciado es coherente con la evidencia general, aunque no pueda demostrarse en el caso particular.

Los psiquiatras y la regla rota

Durante el primer mandato de Trump, un grupo significativo de psiquiatras firmó declaraciones colectivas diagnosticándolo a distancia con diversos trastornos. La iniciativa fue presentada como acto de responsabilidad profesional ante una amenaza para la república. Fue, sin embargo, una violación seria de uno de los principios básicos de la disciplina.

La regla Goldwater, establecida por la Asociación Psiquiátrica Americana en 1973, prohíbe a los psiquiatras emitir diagnósticos sobre figuras públicas a las que no han examinado personalmente. La regla nace de la campaña presidencial de 1964, cuando una revista publicó una encuesta donde psiquiatras opinaban sobre la salud mental de Barry Goldwater. El candidato demandó a la publicación y ganó. La asociación profesional concluyó entonces que el uso público del título de psiquiatra para emitir juicios a distancia degradaba la disciplina y vulneraba derechos básicos.

Cuando profesionales de la salud mental firmaron declaraciones colectivas sobre Trump, la mayoría violó deliberadamente esa regla. La justificación ofrecida, que Trump era una amenaza tan grave que la regla debía suspenderse, no es psiquiátrica sino política. No todos los firmantes eran psiquiatras de la APA, de modo que no todos estaban sujetos a la misma obligación profesional, y no todo comentario sobre la conducta de una figura pública equivale a un diagnóstico. Pero el uso colectivo del prestigio clínico para emitir caracterizaciones que la disciplina considera inválidas sin examen directo es un dato.

Fotogaleria El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llega para pronunciar un discurso en el Centro de Entrenamiento e Inteligencia de la Academia de Policía

Lo que esa decisión revela no es información sobre Trump, sino sobre la profesión psiquiátrica. Cuando un colectivo profesional viola sus propias reglas para atacar a una persona, lo que se manifiesta es la fragilidad del grupo, no la patología del atacado. Si los psiquiatras estaban dispuestos a romper su regla central por motivos políticos, la regla operaba como convención que cedía bajo presión.

El problema es que el título profesional fue usado para dar apariencia clínica a inferencias políticas hechas desde material público. Una porción significativa de la clase profesional estadounidense estuvo dispuesta a sacrificar su integridad disciplinaria para alinearse políticamente. Eso es un dato sobre la clase profesional, no sobre Trump.

Los límites del método

Cualquier descripción de Trump tiene que reconocer dónde su método produce ceguera. El mismo enfoque que lo habilita para operar fuera de las limitaciones de sus adversarios también le impide ver ciertos terrenos.

Trump perdió la elección de 2020. Esa derrota no se puede absorber en una narrativa de invulnerabilidad, porque hubo factores específicos, la gestión del Covid entre ellos, donde su modelo de combate público permanente operó en su contra. El virus no era un adversario al que se le pudiera ganar discursivamente. La pandemia requería respuesta institucional sostenida y mensajes coherentes durante meses. Trump no es bueno para sostener una comunicación consistente a lo largo del tiempo cuando el tema no le interesa o no le da resultado mediático. La consecuencia fue un costo electoral real.

Fotogaleria Un globo inflable gigante con la forma del presidente estadounidense Donald Trump como un bebé con pañales se ve entre los manifestantes que marchan durante la jornada nacional de protesta No Kings en Los Ángeles

Muchos de sus nombramientos fueron fallidos y la rotación de funcionarios en su primer mandato fue alta, no siempre por estrategia. Hubo personas que entraron a posiciones críticas, fracasaron, salieron en conflicto público y se convirtieron en críticos eficaces desde afuera. La selección por lealtad personal en lugar de competencia técnica produjo equipos frágiles en varias áreas.

Su modelo transaccional fracasa cuando enfrenta actores que priorizan otras cosas por sobre la ganancia material. Las guerras donde la dimensión existencial es central no se resuelven calculando el punto en el que a ambas partes les conviene parar. Algunos actores prefieren costos altos a concesiones simbólicas, y Trump tiende a subestimar ese factor.

La polarización que su método genera tiene techo electoral. Los votantes suburbanos educados, especialmente las mujeres en estados disputados, reaccionaron contra el estilo Trump de modo sostenido. Eso costó elecciones intermedias y estuvo cerca de llevarlo a otra derrota en 2024. El método produce lealtad intensa en un segmento y rechazo de igual magnitud en otro. El balance es siempre apretado.

El 6 de enero de 2021 fue un costo concreto: pérdida de aliados institucionales, casos judiciales sostenidos por años y rechazo en segmentos del electorado que antes le eran tolerantes. Que haya recuperado terreno político después no convierte el episodio en victoria. La recuperación es un hecho notable, pero el costo original existió.

Hay además una fragilidad estructural que el modelo comparte con todas las coaliciones apoyadas en una sola figura central. Cuando esa persona no esté, el entramado quedará frente a la imposibilidad de administrar sus contradicciones sin alguien que las administre. La pantalla de proyección requiere un sujeto en el centro lo suficientemente difuso como para permitir lecturas incompatibles y lo suficientemente atractivo como para sostener la lealtad de grupos que se desprecian entre sí. Los imitadores aprenden la técnica, pero rara vez reproducen la combinación específica de rasgos que la hizo funcionar. La sucesión es el verdadero test del modelo, y el modelo no está diseñado para sobrevivir a su autor. El movimiento podría desintegrarse en facciones que disputen la herencia o podría encontrar un sucesor capaz de mantener la ambigüedad productiva. Ninguno de los dos escenarios está garantizado.

Trump procesa sus costos de un modo en que sus adversarios no procesan los propios. La versión exagerada, la de que cada error lo fortalece, es falsa. Muchos errores le costaron. Lo que sí es cierto es que su coalición absorbe sus fallas como autenticidad o persecución, mientras los errores de sus adversarios son procesados por sus propios grupos como debilidad o incompetencia. La asimetría es real, pero acotada.

La pregunta que queda

Después de diez años, una elección presidencial perdida y otra ganada, dos juicios políticos, múltiples investigaciones criminales, atentados y una segunda presidencia en marcha, sigue siendo difícil para la mayoría de los analistas explicar qué es Trump. La dificultad está en los marcos disponibles.

El presidente estadounidense es un hombre con inteligencia operativa alta y conciencia moral organizada por lealtad antes que por principios; con afecto concentrado en su círculo cercano y distancia frente a sujetos abstractos; con energía sostenida durante medio siglo que probablemente protegió su cerebro de la decadencia típica de su edad; con un descubrimiento operativo central, la inutilización de la vergüenza como regulador político; con una visión comercial del mundo que rompe con dos tradiciones presidenciales dominantes; con la capacidad de sostener una coalición incoherente gracias a la administración de las contradicciones internas en lugar de su resolución; con una técnica de improvisación pública que integra estrategia disciplinada y con dominio del exhibicionismo como instrumento de poder.

Ninguno de esos rasgos por separado explica su éxito. La combinación, sí. No es la primera ni la última vez en la historia que aparece alguien así, pero las ocurrencias anteriores fueron en otras épocas y bajo otras condiciones. En el contexto específico de la política estadounidense del siglo XXI, con la fragmentación mediática, la pérdida de prestigio de las élites institucionales y el agotamiento de las tradiciones políticas dominantes, la combinación produjo un resultado que ninguno de los marcos disponibles predijo.

La pregunta interesante es por qué esos marcos fracasaron tan completamente en describirlo. La respuesta probable es que fueron construidos durante un período en el que los políticos compartían supuestos básicos con sus analistas: convicciones ideológicas, sensibilidad a la vergüenza, conciencia moral codificada, lealtad a tradiciones discursivas y respeto a las élites profesionales, entre otros. Trump no comparte la mayoría de esos supuestos, y los marcos no pueden describirlo porque presuponen lo que en él opera de un modo muy distinto.

Esto deja a la cultura política frente a una opción. Construir referencias nuevas que puedan describir figuras como Trump, asumiendo que aparecerán otras similares en las próximas décadas, o aplicar herramientas conceptuales viejas, fracasar en la descripción y perder eficacia analítica contra adversarios que operan fuera del marco. La historia reciente sugiere que la segunda opción es la que la mayoría de las élites elige. Trump no será el último de su tipo: es solo el primero de una serie. Lo que vino después de él, dentro y fuera de Estados Unidos, ya demuestra que aprendieron la técnica. Quienes no aprendan de él perderán eficacia contra él y contra sus imitadores.

El hombre sin marco es un síntoma de algo que cambió en las condiciones de posibilidad de la política democrática contemporánea. Entenderlo es necesario para responder a ese cambio. Demonizarlo es la mejor manera de no comprender nada.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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Mookie Tenembaum

Mookie Tenembaum

Analista internacional, autor de Desilusionismo.

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