Thursday 10 de September, 2026

OPINIóN | Ayer 18:20

Milei apuesta al fervor nacionalista

James Neilson analiza el impactante giro malvinense del Presidente para recuperarse en las encuestas. ¿Campaña adelantada?

Desde los días de la democracia ateniense y la república romana, toda vez que un político de cierto tipo se encuentra en apuros se pone a batir el parche patriotero con la esperanza de que su propio entusiasmo por la causa que ha elegudo sea tan contagioso que le sirva para ganar más adherentes. En la Argentina, hacerlo significa afirmarse resuelto a privilegiar por encima de lo demás el pleito por las Malvinas que, durante casi dos siglos, han estado en manos del Reino Unido.

Para extrañeza de muchos por tratarse de un tema que hasta entonces no le había interesado, es lo que acaba de intentar Javier Milei al aprovechar algunas palabras sueltas de su gran amigo Donald Trump. Puesto que al presidente norteamericano no le gusta para nada el gobierno laborista del primer ministro Andy Burnham por su negativa a participar, aunque sólo fuera simbólicamente, en la guerra que está librando contra los yihadistas iraníes, Trump se desahogó advirtiéndole que sería un error de su parte creer que Estados Unidos lo ayudaría contra la Argentina en una eventual reanudación de la guerra en torno a las islas del Atlántico Sur.

Aunque Trump, que se enorgullece de sus raíces escocesas, es capaz de cambiar de opinión en cualquier momento, brindó a su seguidor argentino una oportunidad que no vaciló en aprovechar. No se le ocurrió a Milei que, en términos geopolíticos, la maniobra del “hombre más poderoso del mundo” podría tener consecuencias que no lo beneficiaría. Es que, además de querer castigar a los laboristas por resistirse a acompañarlo en el Medio Oriente, Trump está procurando obligarlos a gastar menos en bienestar social y más, mucho más, en defensa; en tal caso el reino estaría en condiciones de convertir las islas en una fortaleza virtualmente inexpugnable que podría prescindir de cualquier asistencia técnica que Estados Unidos sería capaz de brindarle.

Huelga decir que los norteamericanos distan de ser los únicos que quisieran que el Reino Unido recuperara el poderío militar de otros tiempos. Comparte su punto de vista una proporción creciente de los británicos mismos. Aunque no se sienten preocupados por la hipotética belicosidad argentina, sí lo están por las amenazas cada vez más explícitas procedentes de la Rusia de Vladimir Putin que, acorralado por los ucranianos, está esforzándose por intimidar a los aliados europeos de Volodymyr Zelensky, de los cuales el Reino Unido es el más firme. Algunos expertos en defensa británicos dicen estar convencidos de que Putin está pensando en intensificar la guerra “hibrida”, sin grandes batallas formales, que ya está librando contra Europa y que su país se cuenta entre los blancos principales de sus esfuerzos en tal sentido.

A su manera y por razones un tanto distintas, Milei parece coincidir con Trump, el vicepresidente J. D. Vance y otros en que la Europa que conocemos está muriendo.  En palabras de Santiago Caputo, su asesor más influyente, “Inglaterra es el pasado y la Argentina es el futuro”. En efecto, antes de que Trump le entregara una oportunidad para malvinizarse, Milei confiaba en que, por un proceso natural, el Reino Unido terminaría optando por desprenderse de las islas por razones económicas, de suerte que sería una pérdida de tiempo insistir en un tema que podría ocasionarle disgustos financieros y diplomáticos. Puede que haya pecado de optimismo al suponer que, tarde o temprano, la paciencia resultaría ser más eficaz que el hostigamiento obsesivo: aunque en distintos momentos algunos gobiernos británicos pensaron en retirarse del Atlántico Sur, la invasión de 1983 puso un fin abrupto a dicha tendencia.

El escollo principal sigue siendo la voluntad tenaz de la abrumadora mayoría -el 99,8 por ciento, según una encuesta-, entre ellos algunos que cuentan con hasta siete generaciones de antepasados malvinenses, de los habitantes de las islas de permanecer bajo la, en su caso muy benévola, corona británica.  Para soslayarlo, Milei dice que se trata de una población “implantada” cuyos deseos carecen de importancia: total, no son humanos comunes y por lo tanto no tienen derechos. El presidente parece haber olvidado lo de “gobernar es poblar”, un concepto clave de un pensador que admira, Juan Bautista Alberdi, no sólo porque ayuda a producir riqueza sino también porque sirve para garantizar la soberanía sobre un territorio determinado. Ha sido por tal motivo que tantos gobiernos “implantaron” argentinos en zonas hasta entonces desérticas de Patagonia para desplazar a los indígenas y protegerlo de los chilenos.

Aunque Trump y quienes lo rodean se dicen sumamente preocupados por lo que está sucediendo en Europa, sus intentos de presionar a los gobiernos del “viejo continente” para que tomen en serio los problemas nada sencillos planteados por el estancamiento económico, la desindustrialización, el desarme unilateral, los intentos quijotescos de frenar el cambio climático aumentando los costos energéticos y la inmigración descontrolada desde regiones de cultura radicalmente distinta, han sido contraproducentes. Para su frustración, las elites europeas actuales tienen mucho más en común con la gente del ala “woke” del Partido Demócrata estadounidense que con los partidarios del movimiento liderado por el magnate.

Con todo, es más que posible que esta situación se modifique radicalmente muy pronto. El triunfo contundente la semana pasada de Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt y la probabilidad de que el año que viene la emule otro partido habitualmente calificada de “ultraderechista”, la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, hacen pensar que Europa está en vísperas de un cambio de paradigma revolucionario en que las elites aún dominantes se vean reemplazadas por otras de características muy diferentes que, en términos generales, tendrán bastante en común con las del trumpismo norteamericano.

En el Reino Unido, la pérdida de popularidad del laborismo y del conservadurismo tradicional podría dar lugar a un cambio igualmente dramático. ¿Son “ultraderechistas”, los partidos que están rebelándose contra el statu quo, como dicen quienes escriben en medios periodísticos comprometidos con el orden existente?  Depende: los hay que tratan de “neofascistas” a quienes se animan a negar que un hombre pueda transformarse enseguida en una mujer auténtica si así lo desea y de extremistas a los contrarios al ingreso caótico de millones de indocumentados.  Así y todo, es innegable que en el AfD hay nostálgicos del nazismo hitleriano que estarían más que dispuestos a pisotear el orden democrático. 

De todos modos, la Argentina ha sido “el futuro” desde hace muchísimos años; por desgracia, no hay ninguna garantía de que algún día deje de serlo. La Tierra de Promisión del sueño mileísta aún está lejana; alcanzarla no será del todo fácil. Tampoco está escrito que Europa, cuyas debilidades se asemejan mucho a las que están detrás del “declive” relativo del Reino Unido que está celebrando Miel, esté destinada a hundirse irremediablemente.  Por lo demás, aun cuando los movimientos tectónicos de la geopolítica que tanta preocupación están ocasionando en las cancillerías del mundo democrático favorezcan a la Argentina de “la causa sagrada” que ha adoptado Milei, no le convendría al país que se redujera drásticamente el poder del Occidente en su conjunto; un orden conflictivo en que hay varias potencias autoritarias con aspiraciones hegemónicas sería aún más peligroso que el existente.

La disputa en torno a las Malvinas puede ubicarse en la interna europea;  no es por razones estratégicas que  países como Italia y España propenden a apoyar a la Argentina sino por las “de sangre” y porque ellas también tiene sus propias causas irredentistas contra países del norte que, hace siglos, les arrebató la primacía en su rincón del planeta. Al alejarse Estados Unidos de Europa y acercarse China y el convulsionado mundo islámico, tales reyertas están contribuyendo a socavar la civilización occidental de la cual la Argentina debería ser un integrante valioso.

Aunque a veces habla como un visionario preocupado por el destino del género humano que se propone salvarlo con su variante del libertarismo, por ahora Milei está mucho más interesado en su propio rating frente a las elecciones del año próximo que en cualquier otra cosa. Aconsejado por Caputo, cree que vestirse de malvinero le permitirá mejorar la oferta de una agrupación que, hasta ahora, ha sido tan economicista que debe su protagonismo casi exclusivamente a sus éxitos parciales en la lucha contra la inflación y a la confusión imperante en las filas opositoras. Espera que le sea dado aprovechar el malvinismo futbolero de los perjudicados por el estado nada satisfactoria de la economía. Sin embargo, antes de procurar hacer suyo un tema popular, Milei se destacaba por su indiferencia hacia “la causa sagrada” que supuestamente servía de “prenda de unidad” para una sociedad agrietada; brindaba la impresión de despreciarlo tanto que nunca ocultaba la admiración que sentía por la gestión “neoliberal” de Margaret Thatcher que, si bien es compatible con la actitud hacia las islas irredentas que hace poco asumió, molestaba mucho a los anglófobos que pululan en la franja nacionalista de la clase política.

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