Los dinosaurios dominaron la Tierra durante unos 160 millones de años antes de ser efectivamente aniquilados por un asteroide que impactó en lo que hoy es México; solo los antepasados de las aves y algunos pequeños mamíferos lograron sobrevivir a la devastación. El Tyrannosaurus Rex y sus parientes fueron relevados como señores de la creación por nosotros, los humanos. Llevamos aquí apenas unos 300.000 años.
Desde la antigüedad, profetas misántropos y otros de índole parecida han vaticinado el fin inminente de nuestra especie por no haber logrado aplacar a Dios o, en la mayoría de los lugares, a los dioses. Siguen haciéndolo, y hoy en día sus advertencias son mucho más convincentes de lo que solían ser. Gracias en buena medida a la prédica de agoreros que toman el ser humano por una bestia extraordinariamente maligna que, por fortuna, tarde o temprano se las arreglará para autodestruirse, casi nadie cree que nuestro reinado vaya a ser tan largo como el de nuestros predecesores; si resulta que los catastrofistas tienen razón, podría durar cincuenta veces menos.
¿Cómo llegará el final? Aunque no cabe descartar por completo el impacto de otro gran asteroide, tema éste de muchas películas hollywoodenses, tal como van las cosas sería probable que uno llegara mucho después de que la raza humana se haya suicidado, ya sea desencadenando una guerra nuclear, creando un virus mucho más letal que aquel que apareció a las puertas de un laboratorio chino especializado en guerra biológica -y que causó la pandemia de Covid-19, una calamidad mundial que fue atribuida por presuntos expertos en la materia al pangolín-, o simplemente negándose a reproducirse. El descenso de la natalidad en casi todo el mundo, pero sobre todo en Asia Oriental, ha sido tan brusco que, de no revertirse muy pronto, conducirá inevitablemente a la extinción de la humanidad en cuestión de pocas generaciones.
Aquí es donde entra en juego la Inteligencia Artificial, la incorporación más reciente a la lista de amenazas mortales que acechan a la raza humana. La semana pasada, los responsables de las grandes empresas tecnológicas que impulsan su desarrollo coincidieron en que, en los próximos tres o cuatro años, esta tecnología podría aniquilar a toda la humanidad, tal como acababa de advertir Jacob Coxon tras dimitir de su puesto como investigador en Anthropic. Es de suponer que Elon Musk, Dario Amodei y Sam Altman saben de lo que hablan. Los tres dicen temer que, si no se somete a la IA a un control extremadamente riguroso, esta podría llegar a declarar la guerra a sus creadores aprovechándose de la red digital que se utiliza para todo tipo de comunicaciones, que garantiza el correcto funcionamiento de servicios públicos vitales y que, huelga decirlo, hace que las fuerzas militares de los distintos países sean cada vez más letales.
Por ser cuestión de empresarios fabulosamente adinerados que han invertido muchísimo dinero en la construcción de centros de datos que consumen tanta energía como ciudades grandes, es lógico que algunos atribuyan las advertencias escalofriantes que están formulando a su voluntad de enriquecerse aún más. Después de todo, si la IA realmente se ha hecho tan potente que asusta a los responsables de desarrollarla, les convendría que los distintos gobiernos fijaran reglas que, además de hacer que los sistemas existentes parezcan menos peligrosos, servirían para impedir que empresas nuevas participaran de un negocio que parece destinado a ser extraordinariamente lucrativo.
Aunque resulta tentador pensar en términos antropomórficos y sospechar que la IA está en camino de adquirir autoconciencia hasta que, orgullosa de su creciente superioridad intelectual, trate a los humanos como si fueran ganado, esto no parece ser lo que tienen en mente los gurús tecnológicos que están dando la voz de alarma. Les preocupa menos la idea de que ejércitos de robots tipo Terminator sean capaces de perpetrar grandes masacres día que el hecho de que las máquinas que ya se han construido puedan usar programas existentes para hackear la red mundial de sistemas informáticos. Si lo hicieran, podrían lanzar misiles nucleares en todas direcciones, inventar plagas mucho más mortíferas que la Covid-19 o, de una manera algo menos apocalíptica, privar a los países de las comunicaciones electrónicas de las que tanto dependen. En cualquier caso, el resultado sería una destrucción masiva a gran escala o, si tenemos mucha suerte y no se dispara un solo tiro, un período de caos absoluto en el que individuos y comunidades tendrían que valerse por sí mismos. En tales circunstancias, pueblos atrasados estarían mejor ubicados que los más avanzados para superar las dificultades ocasionadas por un gran apagón digital.
Musk y los demás magnates tecnológicos quieren que los investigadores de todo el mundo hagan una pausa y avancen lentamente hasta que los gobiernos hayan establecido salvaguardias regulatorias lo suficientemente fiables como para prevenir cualquier incidente. Desafortunadamente, esto es una quimera. Donald Trump quiere que Estados Unidos siga liderando el mundo en este campo y, por lo tanto, se opone firmemente a medidas que a su juicio beneficiarían a países rivales. En cuanto a China, incluso si Xi Jinping firmara un acuerdo que limitara el trabajo en IA, es muy improbable que cumpliera su palabra: seguramente sabe que su país se acerca rápidamente a un precipicio demográfico y debe esperar que, de alguna manera, la alta tecnología permita a su régimen afrontar las consecuencias, que sin duda serán terribles.
A menudo se nos dice que la IA se ha vuelto tan increíblemente inteligente que ya ha superado con creces a los humanos y que, como ha sido programada para mejorarse continuamente, dentro de poco será para el homo sapiens lo que nosotros somos para la lombriz. ¿Es eso cierto? Solo si por inteligencia se entiende la capacidad de calcular a la velocidad del rayo, algo que dispositivos portátiles llevan mucho tiempo haciendo sin que nadie se sienta humillado, o que proporciona acceso a enormes cantidades de información que antes quienes la necesitaban tenían que buscar en grandes bibliotecas. Aunque sus proezas en tales ámbitos son impresionantes, en realidad no realiza ningún pensamiento original. Si bien la IA parece capaz de hacerlo, las opiniones y actitudes que genera reflejan claramente los prejuicios de sus programadores, que, en su mayoría, son los que están de moda en los círculos en los que se mueven.
En las últimas dos décadas, la gente se ha acostumbrado a estar rodeada de máquinas que, aparentemente, piensan por ellos, pero la fácil disponibilidad de información, antes escasa, y lo sencillo que es repartirla, no han propiciado una explosión de creatividad cultural. Al contrario, los reaccionarios más recalcitrantes distan de ser los únicos que sienten que vivimos en una época que, a pesar de numerosas excepciones individuales, se caracteriza por una sobreabundancia de mediocridad burda y comercializada. ¿Ofrecen las redes sociales una alternativa valiosa a los anticuados medios tradicionales? ¿Son mejores los vídeos de TikTok y plataformas similares que las películas de baja calidad de antaño, por no hablar de los libros, que hoy en día cada vez menos gente es capaz de leer?
Es como si la inteligencia estuviera transfiriéndose de los humanos a las máquinas; mientras éstas se vuelven más inteligentes día a día, en la mayor parte del mundo las puntuaciones medias de las pruebas del cociente intelectual han ido cayendo, revirtiendo el “efecto Flynn” que hasta hace poco las había visto aumentar de forma constante en gran parte del mundo. Algunos sitúan el origen de este desalentador fenómeno en la llegada del iPhone que salió al mercado en 2007, justo antes de que comenzara el declive. Alarmados por lo ocurrido desde entonces, muchos gobiernos han optado por prohibir los teléfonos móviles y otros dispositivos digitales en las aulas, aunque, una vez en casa, es probable que los niños pasen horas pegados a ellos, cuando no hace mucho tiempo habrían estado al aire libre charlando con sus amigos o leyendo libros.
Nuestra civilización está siendo transformada por la tecnología que es su logro más distintivo. La creencia de que las máquinas que hemos construido, como los dioses de la antigüedad que fueron inventados para hacer más comprensible el universo, son mucho más poderosas que nosotros y que no tenemos más remedio que someternos a sus misteriosos dictados, se está extendiendo. Incluso los supuestos expertos que nos advierten de que la IA se está escapando de su control y podría causar estragos, temen que sea demasiado tarde para frenar al Gólem que han creado. Si resulta que tienen razón, el vertiginoso progreso científico nos habrá hecho retroceder al punto en el que nos encontrábamos hace miles de años.
¿Lograrán asustar a suficientes personas como para provocar una reacción hostil que, dadas las circunstancias, sería comprensible? Si bien algunos tachan a sus críticos de luditas que pretenden privar a la humanidad de los beneficios que la IA podría aportar, las hipotéticas desventajas que ellos mismos han señalado son tan grandes que seguramente habrá quienes sientan que merecen compartir el destino de Prometeo, a quien Zeus castigó de manera sanguinaria por haber revelado a los mortales el secreto del fuego y, al hacerlo, haber permitido el florecimiento de la civilización.















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