Antes de empezar a escribir este texto intenté recordar quién fue el primero qué formuló esa pregunta. Debía ser alguien de la cúpula de la entonces naciente Libertad Avanza: era el arranque del 2023, “el Loco” estaba cerca de entrar en la recta final antes de su impresión, y el gran secreto que guardaba el libro se había empezado a filtrar entre los popes del espacio. Y puestos entre la espada en la pared, atrapados por la cruda realidad, quienes trabajaban codo a codo con el futuro Presidente fueron pioneros en enarbolar esa inquietud: ¿y a vos qué te importa si habla con su perro muerto?
Estoy convencido que quienes primero la formularon, aquellos que conocían en profundidad al libertario y sabían hasta dónde lo afectaría la noticia, lo hacían con algo parecido a la piedad. No es que no hubiera cálculo político, pero lo que se adivinaba atrás del pedido implícito de quitar el episodio perruno del libro se vinculaba con lo que la enorme mayoría de LLA piensa en su fuero más íntimo sobre Milei: que él bien puede ser un excelente economista, un ideólogo de fuste, el bastión más acabado de la defensa de los valores de Occidente y el líder que saque a Argentina del pozo, pero antes que todo eso es un hombre profundamente sólo. Y quienes primero insistieron en que el costado esotérico de Milei era una excentricidad que no merecía atención periodística lo hicieron empujados por el mismo sentimiento de quien ve que un cachorro indefenso está a punto de ser pisado.
El tiempo iría cambiando la tesitura de la pregunta. Por un lado, para muchos se convertiría en todo menos en un pecado: más de un votante de La Libertad Avanza apoyó al libertario por, entre varias cosas, todos esos rasgos de inestabilidad. Lo que a muchos les podía parecer preocupante para otros fue una señal de sinceridad o la prueba de que era diferente a todo el resto de los políticos. Llevado al extremo: no lo votaron a pesar de que hablaba con su perro muerto, sino por eso.
Ya en el Gobierno la pregunta cobró otra dimensión. Periodistas, empresarios, dirigentes y en especial miembros del oficialismo la reconvirtieron en algo muy parecido a una amenaza: hablar del perro muerto de Milei pasó a ser visto casi como un atentado contra la seguridad nacional. La lista de ejemplos fue narrada en tiempo real por este medio y excede a esta nota, pero van algunos ejemplos: el Presidente en persona llamando a dueños de medios para pedir la cabeza de quienes se atrevieron a pronunciar palabra sobre el can inexistente, demandas judiciales del mandatario a periodistas, el cambio en la Ley de Acceso a la Información Pública -que repercutió en tantas áreas que una de las ONG más importante del país está por sacar un informe detallado sobre el tema-, la declaración de “guerra” del Ejecutivo a esta editorial -que al día de hoy tiene cinco juicios con el Gobierno-, furibundos ataques virtuales, o la discriminación en la pauta oficial. La única política posible frente al tema era la que esbozó el otrora jefe de Gabinete, Manuel Adorni: “Si el Presidente dice que tiene cinco perros, tiene cinco perros. Y se acabó".
El problema con la realidad es que tiene la persistente costumbre de volver a meter la cola. Porque, a contramano de lo que aseguró el dueño de la pileta con cascada más famosa del país, nada “se acabó”. Los episodios recientes en Olivos, y en especial la furiosísima reacción presidencial y la de sus chupamedias de turno, demuestran que el tema no está cerrado. Y no lo va a estar jamás mientras este espacio político siga manejando los destinos del país: el esoterismo de Milei se convirtió desde el día uno en esoterismo de Estado, e influye en la toma de decisiones, en la geopolítica, en la narrativa y hasta en la designación de funcionarios. Esta es la respuesta a esa pregunta maldita: que el Presidente de la Nación hable con su perro muerto importa. Y mucho.
Y que hacerse la pregunta prohibida sigue siendo la más importante para entender al Presidente y a su gobierno.














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