Milei Corea (CEDOC)

Lo que Corea nos enseña y Argentina se niega a escuchar

El respeto no es debilidad: es la estrategia que separa a los países que crecen de los que solo administran lo que ya tienen

Hay algo revelador en la forma en que un país recibe a otro. Hace unos días participé de una cena organizada por la visita del presidente de Corea del Sur, Lee Jae-myung, junto a parte de la comunidad coreana en la Argentina. No fue una cena protocolar más: fue, sin buscarlo, una clase sobre dos maneras opuestas de entender el poder.

Corea del Sur no tiene petróleo, ni grandes yacimientos, ni la tierra fértil que tenemos nosotros. Lo que tiene es una apuesta sostenida durante décadas a su pueblo: educación, ciencia, tecnología. Convirtió la materia gris en su principal recurso natural, y con eso construyó industrias que hoy compiten de igual a igual con las potencias del planeta. De ahí se desprende una pregunta que no es menor: ¿un país con recursos naturales es necesariamente rico, y uno que no los tiene está condenado a ser pobre? ¿O la riqueza real de una nación reside, en definitiva, en su pueblo?

Corea mantiene un vínculo fuerte con Estados Unidos, como buena parte del mundo, pero no reduce ahí toda su política exterior: se relaciona con todos, desde el respeto, para abrir mercado a lo que produce, no para regalar lo que tiene. Sale al mundo a vender el trabajo de su pueblo. La Argentina, mientras tanto, parece salir a entregar. El gobierno de Javier Milei recorre el mundo cosechando reconocimientos y títulos honoríficos mientras, puertas adentro, avanza en desarmar lo que el país ya sabe producir. Esa misma lógica reaparece en la ley de tierras que se discute en el Congreso: en lugar de preguntarnos cómo hacer para que sea la propia Argentina la que explote sus recursos, se elige cederle ese lugar a los foráneos. No es una discusión sobre cerrarse al mundo. Es preguntarse, con la cabeza fría, quién se queda con el valor de lo que este país produce.

Ahí está, me parece, el fondo de la cuestión. En la discusión sobre qué modelo de país queremos, los argentinos nos merecemos uno pensado para todos, y no solamente para un 20%. Un modelo que no se conforme con administrar lo que tenemos bajo tierra, sino que apueste, como hizo Corea, a lo que tenemos arriba: nuestro propio pueblo.

Hubo un momento de esa cena que resume todo lo anterior. El presidente Lee Jae-myung se dirigió a los invitados y dijo que ya lo habían escuchado mucho a él, y que ahora quería escuchar cómo estábamos nosotros, los presentes. Es difícil no compararlo con nuestro propio presidente. Mientras algunos mandatarios recorren el mundo detrás de su próximo título, hay otros que lo recorren para vender el trabajo de su pueblo. Y mientras algunos parecen cada vez más lejos de lo que le pasa a quienes gobiernan, hay otros que, en medio de un brindis, se toman un segundo para preguntar. No es un gesto menor: dice mucho sobre dónde pone el eje un gobernante, y dice mucho también el que nunca lo hace.

No hace falta compartir el modelo coreano para reconocer algo simple: hay formas de gobernar que ponen al pueblo en el centro, y formas que lo dejan afuera. Esa noche me quedó bastante claro de qué lado me gustaría que estuviera la Argentina.

Ex vicepresidente de la Cámara de Empresas Coreana en Argentina

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