Trump (Temes)
Trump está haciéndose cada vez más caprichoso
El Presidente estadounidense trata a Putin mejor que a Zelensky, amenaza el apoyo a Ucrania. Puede abandonar a Milei si no le conviene, dejando a Argentina expuesta.
Los miembros del círculo rojo empresarial, los liberales clásicos y otros que dan por sentado que Argentina no tendrá futuro a menos que se reconcilie con la economía de libre mercado, distan mucho de ser los únicos que sienten que, dadas las alternativas, no tienen más remedio que apoyar a un hombre al que atribuyen un sinfín de características repudiables. Algo muy similar puede decirse de los republicanos de la vieja guardia en Estados Unidos y de sus aliados ideológicos en el resto del mundo.
Como el reciente comportamiento de Donald Trump ha dejado dolorosamente claro, el presidente norteamericano carece por completo de las cualidades necesarias para desempeñar el papel del "líder del mundo libre" en la batalla que está librando contra fuerzas decididas a derribarlo, ya sean fanáticos religiosos como los iraníes, guerreros económicos como los chinos o imperialistas proclives a invadir vecinos vulnerables, como es el caso del ruso Vladimir Putin.
¿Tiene Trump más en común con Putin, Xi Jinping y el norcoreano Kim Jong-un que con los líderes electos de los países democráticos? Ciertamente, así lo parece. Mientras que trata a aquellos con respeto, a menudo llamándolos "amigos", a los líderes occidentales los increpa habitualmente por la debilidad derrotista que a su juicio comparten.
El último en ser objeto de un ataque malicioso ha sido el ucraniano Volodymyr Zelensky, a quien, para variar, Trump califica de belicista y pide que sea reemplazado lo antes posible por alguien más dispuesto a pactar la paz con Putin, es decir, a entregar su país al dictador ruso. Parecería que a juicio de Trump, que tiene motivos de sobra para temer verse transformado a comienzos de noviembre en un “pato rengo”, Zelensky es el gran responsable del aumento de los precios del petróleo en Estados Unidos por permitir el bombardeo de las instalaciones rusas. En un intento desesperado por complacer a votantes molestos por tener que pagar más por la nafta que consumen, llegó a decirle a Putin que Estados Unidos estaría dispuesto a importar millones de barriles de diesel procedentes de Rusia, de tal modo haciendo trizas del régimen de sanciones económicas que hace poco fortaleció el Congreso norteamericano. Y como si eso fuera poco, Trump sorprendió a todos al afirmar que, gracias a sus esfuerzos, Rusia y Ucrania dejarían de atacar recíprocamente sus sistemas energéticos; aunque Zelensky se afirmó dispuesto a respetar la hipotética tregua imaginada por Trump, los rusos pronto mostraron que no tenían el más mínimo interés en hacerlo. Según el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, “Ucrania no merece un respiro”.
Como fue de prever, los ucranianos reaccionaron con consternación frente a lo que muchos tomaron por un ataque alevoso por parte de un supuesto aliado. La ofensiva contra la infraestructura energética de Rusia que están llevando a cabo ya ha privado a Putin de una parte significante de los fondos que necesita para mantener adecuadamente abastecidas a sus fuerzas militares y ha permitido a los ucranianos frenar sus intentos de apoderarse de más territorio. Sin embargo, el deseo de Trump de congraciarse con los agricultores del Medio Oeste que están atribulados por el aumento del costo del combustible que necesitan pesa mucho más que el destino de Ucrania y sus habitantes.
En el mundo de Trump, la libertad de decenas de millones de personas en Europa del Este es mucho menos importante que las intenciones de voto de los estadounidenses en las semanas previas a las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre. Parecería que mucho ha cambiado en Estados Unidos desde 1961, cuando el entonces presidente J. F. Kennedy pudo decir: “Que todas las naciones sepan, ya sea que nos deseen el bien o el mal, que pagaremos cualquier precio, soportaremos cualquier carga, afrontaremos cualquier adversidad, apoyaremos a cualquier amigo y nos opondremos a cualquier enemigo para asegurar la supervivencia y el éxito de la libertad".
Para Trump, todo es personal. Como sabe muy bien María Corina Machado - ganadora del Premio Nobel de la Paz el año pasado -, nada le irrita más que verse eclipsado en el escenario internacional. Los intentos de la política más popular de Venezuela por apaciguarlo entregándole el premio noruego que él tanto codicia - en gran medida porque lo recibió Barack Obama a inicios de su gestión -, fracasaron por completo. Es tan intenso el rencor que siente Trump que sigue prefiriendo a la chavista Delcy Rodríguez por encima de Machado. También detesta al primer ministro canadiense, Mark Carney, por atreverse a plantarle cara.
Zelensky es la víctima más destacada de la vanidad desmedida del “hombre más poderoso de la Tierra”. Sucede que a Trump le encantaría ser visto como el Winston Churchill de su generación, como el hombre que ha movilizado al mundo democrático para luchar contra los enemigos de la civilización occidental pero, para su disgusto, muchos ven al ucraniano en ese papel tan prestigioso. Para empeorar aún más la situación de Zelensky, durante un par de años contó con el pleno apoyo del entonces presidente estadounidense Joe Biden, lo que a ojos de Trump fue un pecado imperdonable. Por todo eso, Trump se esfuerza no solo por insultarlo, sino que también ha llegado al extremo de apuñalarlo por la espalda.
Como era de prever, el presunto acuerdo de Trump con Putin - uno que, huelga decirlo, le ha brindado al ruso más motivos para prolongar una guerra que amenaza con tener consecuencias catastróficas para su propio país -, alarmó profundamente a los líderes europeos. Casi todos se apresuraron a asegurarle a Zelensky que seguiría contando con su apoyo incondicional. Aunque no lo dicen abiertamente, salvo contadas excepciones coinciden con el ex primer ministro británico Boris Johnson que calificó la maniobra de Trump de “repugnante”.
De todo modos, nadie ignora que el aumento de los precios del petróleo se ha debido principalmente al conflicto entre Estados Unidos e Irán, que el propio Putin había prohibido las exportaciones de diesel por falta de suministros suficientes para satisfacer la demanda interna y, en cualquier caso, incluso si llegaran las cantidades aparentemente enormes mencionadas por Trump en sus diatribas, serían demasiado pequeñas para marcar una diferencia significante,.
Para más señas, los europeos están convencidos de que, si Putin lograra sus objetivos en Ucrania, no tardaría mucho en amenazar a otros países vecinos que en su día formaron parte del imperio soviético, empezando por los Estados bálticos, donde residen importantes minorías de habla rusa. Si bien son miembros de la OTAN, ello no garantiza que reciban automáticamente asistencia estadounidense mientras Trump ocupe el cargo. Como se acaba de enterarse los sauditas, hoy en día ser un aliado estrecho de la superpotencia no garantiza nada; cuando manifestaron que les vendría bien algo de ayuda militar frente a los hutíes en Yemen, la respuesta inicial de Trump fue decirles que no la necesitarían porque son “buenos combatientes”. Quizás cambie de opinión tras las elecciones legislativas, pero sus vacilaciones ya han mermado la influencia de su país en el Oriente Medio que, privado de la pax norteamericana que durante varias décadas había posibilitado un simulacro de estabilidad, corre el riesgo de sumirse en el caos más absoluto.
Javier Milei debería estar muy preocupado por la disposición de su benefactor norteamericano a subordinar absolutamente todo a sus propios intereses inmediatos y a montar en cólera si alguien parece desobedecer sus órdenes. En cualquier momento, Milei podría irritarlo al hacer o decir algo que, pocos días antes, habría merecido sus aplausos. Existe también la clara posibilidad de que, si Flávio Bolsonaro derrota a Lula el 25 de octubre - tal como prevé la mayoría de los expertos en política brasileña -, él deje de ser el hombre clave de Trump en América Latina y por lo tanto podría ser descartado sin más miramientos.
Para Milei, cuyo ego es tan desmesurado como el de Trump, eso sería difícil de digerir. Y para la Argentina - que aún necesita el apoyo de Estados Unidos para protegerse de los vientos huracanados que han empezado a azotar los mercados financieros y que con toda probabilidad arreciarán en los próximos meses -, ello haría mucho más difícil la espectacular recuperación económica con la que sigue soñando.
Lo mismo que Milei, Trump alcanzó el poder que ejerce con tanta fruición merced a las deficiencias patentes de sus rivales, personajes como Biden y Kamala Harris, y por el hartazgo que sentía buena parte de sus compatriotas por un orden socioeconómico que los decepcionaba. Por desgracia, parecería que los demócratas no han aprendido nada de las derrotas que sufrieron. En vez de procurar entender los motivos por los cuales tantos votaron por un personaje de características tan repudiables como las de Trump, los más locuaces se concentraron en denunciarlo. Así pues, los “progresistas” norteamericanos cayeron en la tentación de pasar por alto el hecho de que haya sido gracias en buena medida a sus propios esfuerzos que, en 2016 y, después de la gestión accidentada de Biden, en 2024, las circunstancias serían propicias para la elección de un demagogo vengativo como Trump
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