Milei (CEDOC)
Cómo vive Milei en Olivos: la cabaña y sus perros
Un ex galpón de herramientas convertido en dormitorio-oficina y una rutina canina estricta: Antonio Aracre contó detalles de la vida de Milei en Olivos.
Antonio Aracre llegó a la Quinta de Olivos esta semana con una excusa económica —“hablar de la economía que se viene en 2026”, escribió después—, pero terminó aportando un dato de color que, en la Argentina de la hiperpolítica, vale casi como una radiografía del poder: Javier Milei no solo convive con sus mastines; organiza su día a día (y su descanso) alrededor de ellos.
El episodio se conoció al aire en El Disparador (Delta 90.3), en una charla con Maximiliano Sardi, donde Aracre confirmó lo que hasta hace poco era un rumor alimentado por el misterio y las contradicciones: “Son cinco perrazos, perrazos te diría, grandes, como de 80 kilos cada uno”, contó. Y remató la escena doméstica: “Son perros que necesitan tener su rutina, su momento de descanso, momento de comida, momento de recreación. Y hay que respetarlo eso”.
Los cinco, según la reconstrucción coincidente de distintas crónicas, se llaman Conan, Milton, Murray, Robert (en referencia a economistas admirados por Milei, como Milton Friedman, Murray Rothbard ) y Junior. En los últimos días, además, circuló con fuerza un detalle que Aracre también subrayó: “Junior” es el más joven, el más cachorro, y el de temperamento más difícil de encauzar. “El más chico de todos, Junior, parece que es medio bravo, hay que dominarlo. El más cachorro, más de jugar”, relató en la entrevista radial, marcando que incluso dentro de la “manada” hay jerarquías y caracteres.
Pero el dato más político no fue el canil: fue dónde vive Milei dentro de Olivos. Aracre describió un sistema casi de campamento presidencial. “Justo enfrente de la casita donde están los caniles, había una sala de herramientas, que es como un galpón grandecito, que el presidente lo remodeló, bajo su propio estipendio, y lo convirtió en una pequeña cabaña”, dijo. Y detalló la lógica íntima del lugar: “Tiene una cama grande… una camita que es como un almohadón grande para que duerma el perro que le toca ese día ir a visitarlo”.
La mecánica, según Aracre, es rotativa: “O sea, el presidente trabaja, tiene un perro ahí al lado”. No serían cinco mastines sueltos en la residencia principal, sino un esquema de alternancia: uno lo acompaña en esa “cabaña” reacondicionada, mientras el resto permanece en su rutina de descanso en los caniles. Ese punto —el presidente trabajando y durmiendo allí— coincide con lo que el propio Milei contó públicamente: que se mudó a una “casita donde se guardaban las herramientas” dentro del predio y que decidió refaccionarla para vivir ahí.
Aracre incluso corrigió una confusión habitual: “No es una oficina, es una cabañita”, describió. Y enumeró el equipamiento con precisión casi inmobiliaria: “tiene una cama, tiene un escritorio, un aparato de aire acondicionado, una televisión, una kitchenette, con una heladerita con bebida fresca… y un baño confortable, nada lujoso”. En ese mismo tramo, aportó una clave de carácter: “es un ambiente que tiene un nivel de luz bajo… él es más bien fotofóbico, entonces le gusta eso”.
La pregunta inevitable —¿quién pagó esa refacción?— también apareció al aire. Aracre respondió: “No, eso lo hizo todo con su dinero”, y lo vinculó directamente con la entrevista reciente del Presidente con Andrés Oppenheimer, donde Milei había hecho la misma aclaración: que esa mudanza y reacondicionamiento no corrían por cuenta del Estado.
La escena final —un presidente que elige un ex cobertizo reacondicionado como dormitorio-oficina y reparte la compañía canina por turnos— funciona como metáfora perfecta: austeridad performática, intimidad controlada y una vida política narrada como “experiencia”.
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