Fernández y Márquez (CEDOC)
Miriam Fernández y Nicolás Márquez: el vínculo detrás del video del 24M
La nieta 127 explicó cómo llegó al spot oficial del 24 de marzo que generó polémica.
A cincuenta años del golpe militar, el video de “memoria completa” difundido por la Casa Rosada volvió a instalar una figura que incomoda por igual a distintos sectores: Miriam Fernández, nieta recuperada N° 127, cuya historia personal condensa las tensiones más profundas en torno a la memoria, la identidad y la justicia en la Argentina.
Fernández —quien también reconoce su identidad biológica como Miriam Poblete Moyano— nació en cautiverio en junio de 1977. Sus padres, María del Carmen “Pichona” Moyano y Carlos Simón Poblete, militantes montoneros, habían sido secuestrados meses antes y permanecen desaparecidos. Según reconstrucciones judiciales, su madre fue trasladada a la ESMA, donde dio a luz bajo control de los represores. “Yo nací en la ESMA, fui el primer nacimiento en la ESMA. Al ser tan traumático, incorporaron una enfermería para parturientas”, relató en diálogo con Delta 90.3.
A los pocos días de nacer, la bebé fue apropiada. El excomisario Armando Osvaldo Fernández, integrante probado del aparato represivo en Mendoza, la inscribió como hija propia junto a su esposa, Iris Luffi. Durante cuarenta años, Miriam creció bajo esa identidad. Recién en 2017, tras un análisis de ADN ordenado por la Justicia —al que, según su propio testimonio, fue obligada— se confirmó su verdadera filiación. El caso derivó en un juicio por apropiación de menores durante el terrorismo de Estado. En 2021, Fernández y su esposa fueron condenados, y posteriormente las penas fueron revisadas y agravadas en instancias superiores, en línea con la calificación de delitos de lesa humanidad.
Sin embargo, lejos de la narrativa habitual, Fernández construyó una posición pública singular. “Me asumo como Miriam Poblete Moyano, pero no me identifico como ella, porque durante 40 años fui Miriam Fernández”, explicó. Y defendió a quienes la criaron: “Mi relación con quienes me adoptaron, hoy, es excelente. He tenido que escuchar las peores cosas y soporto que se dirijan a ellos como expropiadores”.
En esa línea, relativizó su rol dentro del sistema represivo: “No considero que ellos hayan sido parte de un esquema represor. No fueron parte. El único delito que cometieron fue quedarse con una hija que no era de ellos”. También cuestionó el proceso judicial: “La fiscalía, durante mi juicio, no me dejaron hablar. Hizo omisión de mi declaración. No pueden negarme lo que yo viví”.
Uno de los aspectos más controvertidos de su testimonio tiene que ver con su relación con la familia biológica, con la que asegura no tener vínculo. “No tengo relación con mi familia biológica”, afirmó. Y denunció conflictos económicos tras la restitución de su identidad: “A mí no me indemnizaron, porque lo cobró mi familia. Por parte de mi mamá, cobró mi abuelo; por parte de mi papá, cobraron mis tías”.
Según su relato, incluso hubo maniobras irregulares para excluirla: “Mis tíos de San Juan adulteraron un acta de defunción para limpiarme como heredera”. Y fue más allá en su crítica: “Es real el tema del curro de los derechos humanos y las indemnizaciones”. En ese marco, sostuvo que hace años reclama sin éxito: “Hace más de 9 años que no tengo nada de lo que me corresponde por herencia”.
Su participación en el video oficial tiene también una dimensión política. Según explicó, fue convocada a través de Nicolás Márquez, uno de los ideólogos del presidente Javier Milei: “A través de Nicolás Márquez es que me acerco al gobierno. Se acercó, me pidió si podía dar mi testimonio, sin compromiso, y dije que sí”. El documental fue dirigido por Santiago Oría y generó polémica tanto por su enfoque como por su bajo impacto en redes.
Pese a eso, Fernández buscó despegarse de una lectura partidaria: “Yo lo único que hice en ese video fue contar mi historia. Yo no hablé por el Gobierno, ni por un lado ni por el otro”. Y agregó: “No es mi intención generar conflicto y odio. Yo me posiciono en el medio y trato de ser imparcial”.
Su relato incorpora, además, otra dimensión menos frecuente: la experiencia desde el entorno de las fuerzas. “Sufrí como familiar de la fuerza cuando mi padre transitó la detención. Fuimos perseguidos y discriminados”, sostuvo, marcando una doble pertenencia que complejiza su mirada. También describió el impacto personal del 24 de marzo: “Es un día de mucho sufrimiento. Y más cuando me enteré de mi historia biológica, al saber que había perdido a mis padres”. Y recordó el clima de su entorno antes de la restitución: “En mi familia, en mi entorno, ya sabían que yo era hija de desaparecidos”.
La historia de Miriam Fernández —nacida en un centro clandestino, criada por un represor condenado, restituida por la justicia y hoy enfrentada a su familia biológica— condensa múltiples capas del pasado reciente argentino.
A medio siglo del golpe, su voz —incómoda, polémica y disruptiva— vuelve a poner en evidencia que la memoria sigue siendo un territorio en disputa. Y que incluso en los casos más emblemáticos, las certezas conviven con relatos que desafían los marcos tradicionales.
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