Martín Balza tiene 91 años, la voz firme y la memoria intacta. Fue jefe del Ejército argentino durante toda la década del noventa, combatió en Malvinas y sirvió como observador militar en Medio Oriente. Pero si su nombre quedó grabado en la historia fue por algo que hizo una noche de abril de 1995: sentarse frente a las cámaras de Bernardo Neustadt, con cuarenta puntos de rating de testigo, y pronunciar la primera autocrítica pública del Ejército por los crímenes cometidos durante la dictadura.
A 50 años del golpe del 24 de marzo de 1976, Balza atiende el teléfono desde Buenos Aires. En una conversación larga, atravesada por la memoria, el general retirado deja en claro tres convicciones: que lo ocurrido durante el Proceso no fue una guerra; que la enorme mayoría del Ejército no participó de la represión clandestina; y que las excusas que todavía repiten quienes reivindican a la dictadura son “una burla al pueblo argentino”.
Enterarse por cuentagotas
Balza no estaba en la Argentina cuando se produjo el golpe. Desde fines de 1975 y hasta febrero de 1978 cursó estudios en el Centro de Altos Estudios Militares de Lima. Aunque el derrocamiento de Isabel Perón era, dice, “el golpe más anunciado de la historia argentina”, la distancia lo mantuvo lejos. Recuerda que un funcionario de la embajada le anticipó no solo la fecha sino el nombre del futuro ministro de Economía, Martínez de Hoz, y le agregó: “Cuando deje el ministerio, el país va a quedar hecho un desastre”.
De vuelta en el país, sus destinos fueron académicos y operativos: la movilización por el conflicto con Chile, el mando de unidad con el que fue a Malvinas. Ninguno tuvo responsabilidad territorial en la llamada “lucha contra la subversión”. Lo que fue conociendo de las atrocidades, asegura, lo fue sabiendo como el resto de la sociedad: por cuentagotas.
“Los que estaban afectados a la represión no llegaban al 15% de los efectivos del Ejército. Actuaban en la clandestinidad, encapuchados. El resto actuaba como tiene que actuar un militar. Pero muy pocos hicieron mucho daño”, sintetiza.

Ni guerra, ni obediencia, ni salvación
Hay tres argumentos que Balza desmonta con obstinación de artillero cada vez que los escucha: que hubo una guerra, que se cumplieron órdenes del poder político y que el golpe se dio para salvar la civilización occidental y cristiana. “Son tres falsedades”, dispara.
Sobre lo primero, su argumento es técnico y vivencial. La palabra “guerra” estaba prohibida en todos los documentos del Proceso; el término oficial era “lucha”. La diferencia no es semántica: la guerra tiene códigos —las convenciones de Ginebra, el derecho humanitario— que en Malvinas ambos bandos respetaron. “Acá no hubo ninguna guerra. La única guerra del siglo pasado fue Malvinas”, remarca, y plantea una trampa lógica demoledora: “Si aceptamos que hubo guerra, se cometieron crímenes de guerra. Y si no hubo guerra, crímenes comunes. De cualquier manera, hubo crímenes”.
Sobre la obediencia debida, Balza señala que el decreto 2772 de 1975 ordenaba “aniquilar el accionar de los elementos subversivos” bajo el comando del presidente. Aniquilar, explica, significa quebrar la capacidad de lucha del adversario, no exterminarlo. “En Malvinas fuimos totalmente aniquilados. Y yo estoy hablando por teléfono con vos”, ironiza. Pero además: “Echaron al gobierno constitucional y me van a hacer creer que después cumplieron órdenes de María Estela Martínez de Perón. Es burlarse del pueblo argentino”.
Y sobre el tercer argumento, cita al propio general Genaro Díaz Bessone, uno de los ideólogos del golpe, quien reconoció que “el golpe no se dio para combatir la subversión, sino para cambiar un sistema político económico”. La subversión, precisa Balza, ya estaba disminuida en 1976. “Eran quizás 2.500 hombres entre ERP y Montoneros. Las fuerzas de seguridad y las Fuerzas Armadas sumaban 300.000. ¿Qué guerra?”.

La noche que quebró el silencio
El relato de cómo se gestó el mensaje de 1995 tiene la cadencia de una operación militar: metódica, secreta, resuelta en horas. Balza venía sembrando sus ideas desde que asumió como jefe del Ejército en noviembre de 1991. En cada egreso de cadetes, en cada ceremonia, iba diciendo un poco más. Pero nadie lo registraba.
El martes 25 de abril de 1995 leyó en La Razón un título que lo impactó: “Inexplicable silencio del Ejército”, sobre denuncias de enterramientos clandestinos en Campo de Mayo. Sacó de su caja fuerte unas hojas con ideas fuerza que venía preparando, convocó a cuatro o cinco colaboradores y les dijo: “Vean esto, prepárenme un mensaje. Yo voy a trabajar solo en el mío”. En una hora, el texto estaba listo.
Su jefe de prensa le consiguió un espacio en el programa de Neustadt, el de mayor rating político del país. Le ofrecieron tres o cuatro minutos; terminó hablando ocho o diez. Nadie conocía el contenido: ni Menem, ni el ministro de Defensa Oscar Camilión, ni el propio Neustadt. A Camilión le avisó por ética institucional, pero no le mostró el texto.
Antes de salir al aire, llamó a sus comandantes de cuerpo y a los jefes de las otras fuerzas. Cuando terminó de leer el mensaje ante las cámaras, el silencio en el estudio fue total. Neustadt le hizo dos preguntas. La primera: “¿El presidente conocía lo que usted acaba de decir?”. La respuesta: “No lo conocía nadie”.
“Sentí una tranquilidad enorme”, recuerda sobre aquella noche. “Una respuesta por respeto no solo a la sociedad sino a mis subordinados que no habían tenido nada que ver: generales, oficiales, suboficiales. Estos hombres hacía años que estaban sufriendo por algo que no hicieron. Necesitaban una respuesta”.
Traidor a la patria
La respuesta de los sectores ligados al Proceso no tardó en llegar, y fue brutal. Balza enumera las amenazas con la misma precisión con que describe una operación: instigación al suicidio, amenazas de muerte a sus cuatro hijos, una pseudobomba colocada en el balcón de su departamento en Barrio Norte con un cartel que decía “La próxima va en serio”.
La más perturbadora llegó por teléfono. Un coronel retirado, compañero de promoción —hoy condenado a dos prisiones perpetuas— llamó a uno de sus hijos y le dijo: “A tu papá y a tu mamá los vamos a dejar para que sufran más”. Un familiar le sugirió que, como “traidor”, debía suicidarse. “No le importó que dejara cuatro huérfanos y una viuda”, dice, y hace una pausa larga antes de seguir.
Del Ejército en actividad no recibió respaldo explícito. Los retirados afines al Proceso, amparados en los indultos de Menem, conformaron organismos de resistencia. “Estaban indultados y tenían la impunidad de decir lo que querían. Decían que salvaron al país del comunismo. Con el comunismo terminó el Papa Juan Pablo II y Lech Walesa, un sindicalista polaco. No lo terminaron estos criminales”.
Balza también se irrita cuando escucha comparar los juicios argentinos con Núremberg. “Núremberg fue una aberración: juzgaron los vencedores, las cuatro potencias, con leyes que pusieron ellos”, distingue. “Acá se juzgó a argentinos, en la Argentina, con leyes argentinas y con jueces argentinos. Fue muy valiente el presidente Alfonsín. Y si no respetamos a la justicia, no tenemos nada”.
Cincuenta años después
Balza se entristece cuando piensa en el presente. Le duele que a los militares formados íntegramente en democracia se los siga englobando bajo el mote de “milicos”. Que periodistas y políticos repitan que hubo una guerra. Y que a 50 años del golpe la sociedad siga, en sus palabras, “anclada en un pasado del que no puede salir”.
“¿Qué hemos aprendido los argentinos?”, se pregunta. Le preocupa que los argumentos se transfieran intactos de generación en generación, del abuelo al hijo, del hijo al nieto, sin que nadie se detenga a revisarlos. Quien hoy tiene cincuenta años no había nacido cuando se dio el golpe, pero repite las mismas consignas. “Yo doy una interpretación de lo que viví y de lo que estudié. Puedo estar equivocado y respeto toda otra opinión. Pero evidentemente no hemos aprendido lo suficiente en estos cincuenta años”.
“Juré defender la Constitución Nacional. No juré defender ni a Videla, ni a Galtieri, ni a Viola”, dice, como si necesitara repetirlo una vez más. Y remata, casi sin aire: “Si la sociedad argentina cree que estos fueron los salvadores de la patria, habrá que levantarles un monumento en un lugar importante. Yo no lo comparto. Creo que nuestra sociedad tampoco”.


















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