Kristalina Georgieva de visita en Vaca Muerta. (Presidencia de la Nación)
Desacople macro-micro: sin muleta financiera
Con superávit comercial récord, el programa económico deberá sortear sin ayuda del FMI la incertidumbre y demandas del año electoral.
Durante décadas, la economía argentina apalancó su crecimiento económico en algún sector o alguna política en particular. La incorporación de tierras al circuito productivo gracias a la expansión del ferrocarril, fruto de la oleada de inversiones ligadas a la inversión extranjera; primero. Luego fue la aplicación a rajatabla de la industrialización acelerada y el auge del consumo interno. En ambos casos, hay una fecha simbólica de finalización (la crisis global que arrancó en 1929, en un caso y la hiperinflación de 1975, en el otro). Desde entonces, hubo sectores o episodios para pegar un salto, pero inevitablemente siguió una recesión, que volvió todo al inicio.
Locomotora, se busca. Quizás por esa razón el esfuerzo por encontrar ese motor para arrastrar al resto y evitar las sucesivas recetas de ajuste surgió naturalmente, pero fue ahogado por las urgencias: aguantar la inflación, la caída en el empleo y la pérdida de ingresos, o más recientemente su versión posmoderna, la precarización del trabajo y la pobreza estructural.
Las proyecciones del comercio exterior se quedaron cortas: en junio, la balanza comercial registró un superávit de US$2.194 millones, (+ 149% interanual). En el primer semestre de este año registró un superávit récord de US$13.923 millones, por exportaciones de US$49.454 millones (+24,4% interanual) e importaciones que cayeron 3,9% frente al mismo período de 2025. No se descarta que para a fin de 2026 las exportaciones totales puedan romper el techo de los US$100.000 millones. Marina Dal Poggetto, directora de Eco Go, advierte que no es utópico plantearse en una década las ventas al exterior podrán alcanzar los US$175.000 millones, lo que equivale a un crecimiento sostenido de entre 6% y 7% anual durante este lapso. Sin embargo, la economista advierte la economista que esto puede lograrse aún con un lastre visible: la falta de crédito (tasas negativas para el ahorrista y positivas para el tomador), fruto de las políticas monetarias restrictivas para preservar y evitar la huida al dólar ante cualquier incertidumbre. Ricardo Arriazu mide de alguna manera este colchón de los ahorristas como seguro contra cambios de política económica: la compra de dólares por parte de los minoristas que en 2025 totalizaron un promedio de US$3.250 millones y este año se estacionó en US$2.000 millones mensuales.
La combinación de un superávit comercial creciente, un flujo de inversiones directas atraídas por los sectores “ganadores” (energía y minería, sobre todo) y la paulatina acumulación de reservas para poder depender menos de los prestamistas “institucionales” es la condición necesaria para la sustentabilidad del programa, pero no es suficiente. Es que si bien la actividad económica general sigue arrojando un moderado porcentaje positivo (+1,7% anualizado), el análisis sectorial y regional es muy heterogéneo. “La expansión se concentra en actividades transables y capital intensivas, mientras que a los sectores intensivos en empleo y orientados al mercado interno les sigue costando arrancar” sugiere Esteban Domecq, director de la consultora Invecq en su último informe. Durante su reciente visita al país, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional Kristalina Georgieva, también desnudó estas inconsistencias en vista a un objetivo de la institución que bien podría compartir con el Gobierno: diluir la dependencia que hoy pesa sobre las acreencias del FMI de un solo país y para colmo, con un historial poco confiable. Argentina representa algo menos que 35% del total de su cartera y es el principal deudor individual. Evidentemente, una mejor capacidad de repago es una buena noticia, pero en un giro que contradice con su tradición “noventosa”, la economista búlgara señaló algunos problemas para “ajustar” que van en la misma dirección: pobreza estructural, situación endeble de las Pymes, crecimiento de la deuda irregular de las familias, dificultades para la educación y precarización del empleo. Que Argentina no pueda prescindir del andador financiero del Fondo puede sonar a un halago, pero es una advertencia: el país debe hacer “buena letra” para no depender del FMI, pero también ser un alumno obediente y acumular reservas (algo que vino haciendo este año, pero todavía está en números rojos) sin dejar de observar esas otras métricas que aseguran que el esfuerzo también ofrecerá sostenibilidad… y condiciones de repago adecuadas.
El timing del derrame. Para el economista de IDESA Jorge Colina, las oscilaciones entre meses, la economía está estancada a nivel general, pero con grandes diferencias entre sectores. “Mientras que la baja de la inflación es el logro más importante, el estancamiento económico y sus consecuencias sobre el funcionamiento del mercado de trabajo son los puntos más preocupantes”, sostiene.
Por su parte, Invecq estima que los sectores “perdedores” destruyeron 165.000 puestos asalariados registrados privados desde noviembre de 2023 (-5%). “De esta forma, el empleo privado general acumula 235.000 puestos por debajo de aquel nivel (-3,7%) ya que los ganadores tampoco crearon empleo privado registrado”, subraya.
IDESA destaca que, en Industria, Construcción y Comercio, las caídas en el nivel de producción fueron del 9% con empleo formal cayendo 6%; en la actividad financiera subió un 12% pero el empleo cayó 6% y en los sectores “estrella” (Petróleo, gas y minería) crecieron 37% en promedio mientras que el empleo se redujo un 9%. Para Colina, "estos datos muestran que las dinámicas productivas entre sectores son muy diferentes: salvo la actividad agropecuaria, que es la única que muestra aumentos en el nivel de actividad y empleos, en el resto de los sectores dinámicos la reconversión y el cambio tecnológico llevan también a que caiga el empleo”, concluye.
Por zonas. Además del análisis sectorial, puede estudiarse el impacto geográfico. Es lo que hicieron las economistas Ana Inés Navarro y Marina Álvarez, de la Universidad Austral de Rosario para concluir que los indicadores nacionales de actividad económica no reflejan adecuadamente la evolución de las economías locales ni captan las diferentes velocidades a las que se expanden las regiones más dinámicas. “Estas divergencias se vuelven particularmente relevantes por la presencia de ciertas actividades -altamente concentradas territorialmente- que experimentan expansiones o contracciones significativas”, explican. Así construyeron tres índices regionales de actividad económica: Centro (agroindustria): Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos; Sur (hidrocarburos): Neuquén y Río Negro y Andina (minería): Salta, Jujuy, Mendoza, San Juan y Catamarca. Mientras que la primera presentó una caída de 1,7% en la actividad y 0,9% en el empleo privado registrado, la Sur mostró +3% en actividad y +2,8% en empleo y la Andina, -1,2 y -2,9%. En conclusión, la gran deuda de la incipiente recuperación económica argentina sigue siendo la de transformar ese potencial de crecimiento en mejores condiciones de vida (empleo, ingreso y seguridad).
La respuesta está, según el economista jefe de la Fundación Mediterránea Jorge Vasconcelos, en el “techo de cristal” que padece la economía argentina: la pérdida de productividad del país, que disminuyó 8,5 % en relación a principios de 2012 (aparecieron los cepos al cambio y al comercio exterior). “Aunque en los dos últimos años la productividad del trabajo se está incrementando a un ritmo del 3,4 % anual, esta recuperación apenas si ubica el ratio PBI/empleo total en un nivel semejante al de 2007, dos décadas atrás”, reflexiona. Bastante más que “la década perdida".
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