Verano 2025 (CEDOC)
Hay que pasar el verano
Luego de un año de restricciones, la reaparición del gasto ocurre en vacaciones y la irrupción de sitios de compras del exterior.
El cierre de 2025 encuentra al consumo argentino lejos de cualquier relato épico. Un año atravesado por ajustes sucesivos dejó como saldo un consumidor más austero, más consciente y emocionalmente agotado. El balance no se mide solo en cuánto se dejó de gastar, sino en cómo se administraron el deseo, la energía y la frustración con lo que había disponible en ese sentido.
Los números confirman ese clima. Según el último relevamiento del Trend Lab de Youniversal a nivel nacional, en 2025 el 83% de las personas redujo o eliminó gastos en al menos un rubro. Es una cifra todavía altísima, aunque menor a la medición anterior realizada a mitad de año, cuando el ajuste alcanzaba al 87%. El cambio no es menor: el ajuste continúa, pero empieza a dosificarse. Hoy se recortan en promedio 5 rubros por persona, frente a los 6 que se suprimían en la medición previa. Menos tijera indiscriminada, más decisiones quirúrgicas.
Las desigualdades socioeconómicas atraviesan este mapa con crudeza. En los sectores de menores ingresos, el recorte es más profundo y estructural: la reducción se concentra principalmente en alimentos no esenciales, ropa y cuidado personal. Ajustar en esos rubros implica resignar pequeños espacios de bienestar cotidiano. No es solo una decisión económica, sino la expresión del reacomodamiento de prioridades con un bolsillo muy apretado.
En los niveles socioeconómicos medios altos y altos, el escenario es sensiblemente distinto. Un 26% declara no haber reducido gastos, exactamente el mismo porcentaje que en la medición anterior, lo que confirma la existencia de un núcleo de consumo relativamente blindado. Entre quienes sí ajustaron, el recorte se concentró sobre todo en viajes y restaurantes, consumos de mayor ticket y más fácilmente postergables sin alterar profundamente la vida diaria.
Las clases medias y medias bajas vuelven a quedar en el centro de la tensión. Allí, las principales reducciones se dan en ropa, calzado y alimentos no esenciales, categorías que históricamente funcionan como termómetro del ánimo social: no se eliminan del todo, pero se espacian y racionalizan al máximo.
También emergen diferencias por género, edad y territorio. También emergen diferencias claras por género, edad y territorio, que ayudan a entender que el ajuste no es homogéneo ni neutro. Las mujeres muestran mayores niveles de restricción general, especialmente en rubros vinculados al consumo personal y al autocuidado. Ajustan más en indumentaria, cuidado personal y gastos asociados al “darse un gusto”, postergando compras para sí mismas antes que recortar otros consumos del hogar. En un contexto de presupuesto ajustado, el autocuidado femenino vuelve a convertirse en una variable de ajuste silenciosa.
En contraste, los jóvenes registran menos restricciones relativas, aunque no porque estén exentos del ajuste, sino porque lo gestionan de otro modo. Ajustan menos en experiencias y más en bienes durables o compras grandes. El recorte aparece más fragmentado, con estrategias como espaciar consumos, cambiar marcas o reemplazar salidas costosas por alternativas más accesibles. En ellos, el ajuste convive con una fuerte necesidad de socialización y disfrute, que se sostiene incluso en contextos adversos.
Algo similar ocurre entre los hombres, que muestran menores niveles de restricción declarada. El ajuste existe, pero se concentra más en consumos de alto ticket —como viajes o restaurantes— y menos en gastos cotidianos o personales. En términos simbólicos, tienden a preservar ciertos consumos asociados al ocio o al disfrute inmediato, aun cuando postergan otros de mayor costo.
El territorio también marca diferencias. Quienes viven en el interior del país presentan menores niveles de restricción relativa en comparación con el AMBA. El menor costo de vida, una oferta de ocio menos concentrada en el consumo pago y una mayor cercanía a entornos familiares o naturales permiten sostener ciertos niveles de bienestar con menor gasto monetario. Allí, el ajuste no desaparece, pero se amortigua.
Estas diferencias muestran que el ajuste no es solo económico, sino cultural. No todos resignan lo mismo ni al mismo tiempo. Mientras algunos recortan placeres individuales, otros postergan viajes; mientras unos ajustan en bienes, otros lo hacen en experiencias. El consumo, lejos de desaparecer, se reorganiza según roles, edades y posibilidades.
Hay que pasar el verano. Durante décadas, en la Argentina la frase fue “hay que pasar el invierno”. Hoy, el mandato cambió de estación. Después de un 2025 largo, áspero y emocionalmente exigente, el objetivo ya no es resistir el frío sino llegar al verano. Pasarlo. Atravesarlo con algo de resto físico, mental y económico. No para el derroche, sino para la pausa.
En este contexto, el descanso aparece como uno de los consumos más deseados y, al mismo tiempo, más disputados. El 63% de los argentinos declara que planea tomarse vacaciones en los próximos 12 meses, pero hay un 37% que ya sabe que no podrá hacerlo. La brecha social es contundente: entre los sectores bajos, la imposibilidad de vacacionar asciende al 64%. El descanso vuelve a correrse del terreno del derecho para instalarse en el del claro privilegio.
La necesidad de descansar es clara y el verano sigue ocupando un lugar central en el imaginario colectivo en este sentido. Entre quienes prefieren viajar en esa época, el 91% afirma que intentará concretar sus vacaciones en verano. No se trata solo de ocio: el verano funciona como cierre simbólico de un año vivido como largo, inestable y emocionalmente exigente. Cuando el bolsillo no alcanza, el descanso no desaparece: se fragmenta. Fines de semana largos, feriados y escapadas cortas se convierten en estrategias para sostener alguna forma de pausa.
Las preferencias de viaje refuerzan esta lógica. Las playas concentran el mayor atractivo: Brasil y la costa argentina lideran las menciones, seguidos —a mayor distancia— por Centroamérica y el Caribe. Los destinos locales ganan peso no solo por precio, sino por cercanía, previsibilidad y menor riesgo. Viajar cerca aparece como una forma de cuidarse.
En paralelo, destinos como Europa, Miami u Orlando exhiben un fenómeno revelador: tienen mayor atractivo simbólico que consideración real. Son deseados, pero poco viables para la mayoría. Funcionan como horizonte aspiracional y no tanto como realidad.
El calendario también ordena las decisiones. Para Año Nuevo y Carnaval, la preferencia se inclina claramente hacia destinos de playa, tanto nacionales como internacionales. Para escapadas cortas, en cambio, se combinan destinos de costa con otros puntos del país, consolidando un modelo de viajes breves, más frecuentes y menos costosos.
Ese deseo de escape que no siempre puede concretarse también se canaliza por otras vías. Un 40% de los argentinos declara haber comprado en sitios del exterior, un número que casi duplica nuestra medición anterior. No es solo una decisión de precio: estas compras funcionan como una forma simbólica de “viajar sin viajar”. Las plataformas elegidas vuelven a reflejar las brechas: SHEIN gana relevancia entre mujeres jóvenes, Amazon entre los niveles altos y AliExpress en los sectores medios y bajos, especialmente para artículos del hogar.
El balance de consumo de 2025 no habla de recuperación, sino de adaptación. El consumidor argentino no dejó de ajustar: aprendió a administrar el desgaste. Con recursos escasos y energía limitada, protege aquello que le permite sostenerse —el descanso, aunque sea fragmentado; las pausas, aunque sean mínimas— y resigna el resto.
El verano 2026 no llega como revancha ni como promesa de exceso, sino como instancia de recomposición. El consumo de fin de año y las decisiones en torno a las vacaciones se ordenan bajo esa lógica: no expandir, sino recuperar. Vacaciones completas para algunos, escapadas breves para muchos, descanso simbólico para otros tantos.
En un país entrenado para el ajuste, el verano dejó de ser un horizonte de ilusión y pasó a ser una prueba más. Ya no se trata de cuánto se consume, sino de algo más elemental: cómo hacerse un espacio para descansar cuando el bolsillo no acompaña.
* CEO y confundaora de Youniversal.
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