Café Tabac (CEDOC)
Café Tabac: la nueva meca del levante
El restó conocido como punto de encuentro del círculo rojo sumó un nuevo público: jóvenes que lo usan como un Tinder gastronómico.
En la elegante esquina de Avenida del Libertador y Coronel Díaz, donde Recoleta se funde con Palermo, el Café Tabac —o Caffé Tabac, como lo bautizaron sus fundadores italianos— es mucho más que un bar notable: es un símbolo vivo de la cultura porteña desde 1968. Con sus arañas de bronce, cortinados rojizos, grandes ventanales y mesas de cuero, durante más de cinco décadas fue el epicentro indiscutido de charlas del círculo rojo. Allí se cocinaba el poder en voz alta: empresarios cerrando deals millonarios, políticos armando estrategias en servilletas, jueces, funcionarios y figuras de la farándula compartiendo salón sin disimulo. No era un ámbito para reuniones secretas, sino para mostrarse. “Acá viene el poder cuando quiere que se sepa”, resume su gerente Mariano Giménez, con más de una década al frente.
La novedad es que ahora sumó, a ese público de siempre, a otro bien distinto: en Tabac es donde hoy se dan cita muchos jóvenes que lo convirtieron en una suerte de Tinder gastronómico y que generaron un trasvasamiento generacional.
Pero empecemos por el principio.
Horacio Rodríguez Larreta fue habitué histórico: llegaba a las 7 de la mañana y pedía su desayuno infalible —café con leche apenas cortado, agua con gas y huevos revueltos—. En esas mesas discutió con Jorge Macri y equipos técnicos las bases del PRO que luego gobernaría la Ciudad y llegaría a la presidencia en 2015. Carlos Menem, todavía gobernador de La Rioja, escribió en la mesa 7 una servilleta que el mozo Jorge Soirejman conserva como reliquia: “Hermano, te juro que voy a ser Presidente”. Julio De Vido, que vivía enfrente, cruzaba por las mañanas para analizar la obra pública durante el kirchnerismo. Patricia Bullrich se reunió con Larreta antes de las legislativas del 2021 para acordar candidaturas clave. Javier Milei frecuentó el lugar hasta tres días antes de ser electo, pidiendo café con leche con “mucha espuma” junto a Karina Milei.
La escena más literaria ocurrió en el invierno de 1989. Tomás Eloy Martínez recibió un llamado del coronel Héctor Cabanillas, ex jefe de Inteligencia del SIDE, y se citaron en Tabac. Allí, junto al embajador Jorge Rojas Silveyra, le entregaron documentación y fotos del “Operativo Traslado” del cadáver de Eva Perón. De esa conversación nació Santa Evita.
Reconversión. En 2014 cerró durante un año y medio para una renovación integral a cargo de los españoles Sarlenga y Conde, dueños también de Las Violetas y Petit Colón. Restauraron bronces originales, modernizaron la cocina y lograron un salón más luminoso, sin perder la impronta clásica. Reabrió en 2015 combinando gestión sólida, precios premium y un capital simbólico único: historia y contemporaneidad en equilibrio.
El gran giro llegó tras la pandemia. En 2021 volvió con veredas amplias, mesas coloridas, sillas espaciadas, toldos bajo marquesina y un gazebo cubierto para días de lluvia. Abierto todos los días de 10 a 23 —y muchas veces más allá, si la charla lo amerita—, la vereda soleada con vista al tránsito elegante de Libertador se convirtió en imán irresistible. En TikTok explotó: lo llaman “el nuevo Tinder”, “el café de los abuelos que ahora es para levante”, “full de gente linda tomando spritz hasta las 23”. Videos muestran grupos de veinteañeros riendo y cruzando miradas. “Vení a la tardecita y terminás con el teléfono lleno”, repiten en redes.
La fórmula combina ubicación privilegiada en una de las esquinas más parisinas y fotogénicas de Buenos Aires, ambiente sofisticado pero acogedor —sin DJ ni estridencias—, precios acordes al barrio y una convivencia generacional poco frecuente. De un lado, un ex ministro leyendo el diario; del otro, mesas pidiendo Aperol Spritz, finger sandwiches o canapés vintage que reciben elogios constantes en reseñas en redes. “Acá no hay grietas”, insiste Giménez. La clientela histórica de Recoleta y Palermo Chico convive con la nueva generación sin desplazamientos, creando un clima sin pretensiones.
El menú sella esa mezcla. Por la mañana, medialunas perfectas y tostadas; al mediodía, pavita fileteada, sándwich de lomo, ensaladas frescas y opciones vegetarianas bien pensadas; por la tarde-noche, canapés y finger sandwiches ideales para compartir, postres caseros irresistibles y una barra de tragos de autor —con el Aperol Spritz entre los más elogiados—. Es un lugar versátil: para desayunar con calma, almorzar con amigos, trabajar con laptop en la vereda o socializar hasta tarde.
En un Buenos Aires atravesado por lo digital, Tabac demuestra que los clásicos no mueren: se reinventan. Sigue siendo el café donde el poder se muestra, pero ahora también el punto donde la generación Z redescubre el encanto de conocerse cara a cara, sin algoritmos. De la servilleta de Menem a los spritz de las 23, la misma esquina icónica condensa dos épocas que conviven en armonía.
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