Cada vez más mujeres encuentran en el ballet un espacio donde cumplir sus sueños postergados. (Macarena de Noia)
Danza para seniors: cuando el cuerpo no es una barrera
Cada vez más adultos mayores se animan a estudiar ballet o contemporáneo en clases adaptadas a sus posibilidades físicas.
Cada semana son más los adultos mayores que cruzan la puerta de un estudio de danza para tomar su primera clase de ballet clásico o danza contemporánea. Y lejos de tratarse de una moda pasajera, el crecimiento de estas propuestas refleja un cambio profundo.
Personas de más de 60 años que encuentran en la danza un espacio para cuidar el cuerpo, estimular la mente y, sobre todo, cumplir deseos que permanecieron dormidos durante décadas. En academias, centros culturales y proyectos especialmente pensados para este público, las clases se multiplican con alumnos que llegan sin importar la apariencia, la experiencia ni el tipo de cuerpo. No buscan una carrera profesional ni competir con nadie. Buscan el placer de bailar, aprender y descubrir que nunca es tarde para empezar.
El fenómeno crece en la Argentina al calor de una transformación cultural que derribó viejos prejuicios sobre la edad y los cuerpos. Hay quienes nunca pudieron acercarse a una barra de ballet por cuestiones económicas, por decisiones familiares o porque el contexto social les marcó que ese no era un camino posible. También llegan hombres que durante décadas ocultaron el deseo de bailar porque hacerlo era considerado incompatible con los mandatos de la masculinidad. Otros, en cambio, regresan después de haber abandonado la danza para dedicarse al trabajo, formar una familia o atravesar distintas etapas de la vida.
Arte en movimiento. Mientras el ballet clásico ofrece una técnica precisa basada en la alineación corporal, la coordinación, el equilibrio y el fortalecimiento muscular; la danza contemporánea, privilegia la expresión, la exploración del movimiento y la conexión entre el cuerpo y las emociones. Incluso, ambas disciplinas trabajan la conciencia corporal, la memoria, la coordinación y la musicalidad, cualidades que pueden desarrollarse a cualquier edad si la enseñanza respeta las posibilidades de cada alumno. Especialistas coinciden además en que la danza favorece la movilidad, fortalece piernas y espalda, mejora el equilibrio y ayudan a prevenir caídas, al tiempo que estimula la concentración y la plasticidad cerebral. Más allá de los beneficios físicos, quienes la practican destacan otro aspecto menos visible pero igual de importante: la sensación de volver a sentirse vivos.
Ese es el espíritu que impulsó al coreógrafo Damián Malvacio a crear "Yo Bailo", una propuesta destinada a personas mayores que invita a recuperar el vínculo con el propio cuerpo a través del movimiento y la exploración personal. Para el docente, la danza se convierte en una oportunidad para reencontrarse con un cuerpo que durante años quedó relegado detrás del trabajo, las responsabilidades familiares o las enfermedades. Las clases combinan ejercicios de movimiento con propuestas de escritura y reflexión, generando un ámbito seguro donde cada participante puede reconocerse nuevamente y descubrir capacidades que creía perdidas.
A su vez, Bettina Quintá observa el mismo fenómeno desde otra perspectiva. Egresada de la Escuela del Teatro Colón y bailarina durante muchos años en el Ballet contemporáneo del Teatro San Martín, decidió abrir cursos de ballet inicial para adultos convencida de que nunca es tarde para aprender una técnica que considera la base de todas las danzas. Detalla: “El ballet desarrolla una enorme cantidad de conexiones corporales y cognitivas, mejora la coordinación y fortalece el cuerpo de manera integral”. Sin la presión de formar bailarines profesionales, sus clases buscan que cada alumno descubra el placer de entrenar con música mientras incorpora movimientos que transforman la postura, la agilidad y la percepción de sí mismo. “Ver esos cambios -asegura-, es el mayor estímulo para seguir enseñando”.
Viviana Mercurio fue una de las pioneras en ofrecer ballet clásico a personas mayores en Buenos Aires. Inspirada en el programa Silver Swans de la Royal Academy of Dance, abrió sus primeros cursos en 2016 y comprobó que la mayoría de sus alumnas llegaba con un sueño inconcluso. “Algunas habían abandonado la danza al casarse, tener hijos o nunca pudieron empezar porque sus familias no podían afrontar el costo de las clases”. Hoy sostiene que el estudio es mucho más que un espacio para aprender técnica, es un lugar de encuentro, de amistad y de transformación personal. “Mis alumnos son felices por sentirse bailarines aunque sea por unas horas en el contexto de una clase seria, exigente, profesional y responsable. Recuperan confianza, mejoran la postura, fortalecen el cuerpo y vuelven a sentirse libres”, dice.
Fuego sagrado. Las historias de quienes asisten a estas clases confirman que detrás de cada plié hay una biografía. Estela, de 63 años, comenzó a trabajar a los 14 para ayudar económicamente a sus padres y postergó todos sus proyectos personales. Cuando llegó la jubilación apareció un tiempo que nunca había tenido. “Voy a las clases con mucha ilusión. Me hace feliz sentir la música y bailar imaginando que soy la bailarina clásica que siempre quise ser”, cuenta con emoción. Olga, de 71, tampoco habla de revancha. Para ella, regresar al ballet significa disfrutar una actividad que había abandonado al casarse. “Hoy mis hijos ya son grandes y yo disfruto de mi tiempo. En lugar de caminar o hacer pilates, prefiero bailar y volver a sentir eso que sentía cuando creía ser Maya Plisétskaya”, resume.
La danza dejó de ser un territorio exclusivo para cuerpos jóvenes y perfectos para convertirse en un lenguaje abierto, inclusivo y humano. En cada clase, entre zapatillas de media punta, ejercicios de piso y música, hombres y mujeres descubren que nunca es tarde para empezar. Porque el tiempo podrá modificar la flexibilidad, la velocidad o la resistencia, pero difícilmente logre apagar aquello que durante años permaneció en silencio: las ganas de bailar.
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