Saturday 22 de August, 2026

SOCIEDAD | Hoy 02:46

Moria Casán: cómo construir una leyenda

El exitoso estreno de su serie en Netflix coincide con su mejor momento profesional. Reinvención y claroscuros.

La historia del espectáculo argentino suele escribirse con los trazos del mito trágico o del retiro silencioso. Durante décadas, el olimpo de las divas nacionales mantuvo una estructura rígida donde Susana Giménez y Mirtha Legrand se repartían el fervor popular, la distinción de clase y  la vigencia televisiva. Sin embargo, la geografía de la fama sufrió un sismo cuando Moria Casán decidió refundarse: pasó de ser una figura popular a convertirse en un ícono cool y en una leyenda en vida. 

En ese lugar reservado a contadísimos nombres, donde coexisten la sagacidad de Legrand, la espontaneidad ingenua de Susana, la trascendencia artística de Charly García y la dimensión mítica de Diego Maradona y actualmente Lionel Messi, Moria se abrió paso a fuerza de trabajo, creatividad discursiva e inteligencia para decodificar los gustos del público.

Lanzamiento. El estreno en Netflix de la biopic sobre su vida funciona como la confirmación visual de este ascenso artístico, incluso con escenas que en otras personalidades serían hasta cancelables. Articulada a lo largo de ocho capítulos, la serie repasa los 80 años de la estrella a través de una propuesta estética atrevida donde conviven el brillo, el exceso barroco y las sombras de su biografía. La narrativa encuentra su núcleo interpretativo en tres actrices de trayectoria: Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth, a las que se suma la propia Moria como ordenadora y voz omnisciente de su propio archivo; dato no menor en términos dramáticos y emocionales. 
La propia hija de la artista encarna la etapa donde se gestó su tormentosa relación con Mario Castiglione, reviviendo en pantalla a quien fuera su padre en la vida real y escenificando las tensiones de un vínculo filial tan público como complejo. 

La serie no elude las zonas más oscuras del mito. Los romances vertiginosos, su polémica adicción "controlada" a la cocaína, las traiciones financieras y aquel confuso episodio en Paraguay acusada del robo de unas joyas que la llevaron a quedar detenida en el penal de El Buen Pastor, una experiencia que en lugar de hundirla fue transformada en una performance surrealista de absolución mediática. Porque la serie tiene como objetivo subliminal ese: convertir lo negativo en redención (ver recuadro). Y, por supuesto, está tamizada por el filtro Moria.

Su caso resulta excepcional dentro de la industria del entretenimiento local. Mientras otras figuras alcanzaron el estatus de hito cultural mediante el endiosamiento que otorga el público o la muerte repentina, Casán construyó su mitología a mano, erigida sobre un ego descomunal pero lúcido. Sin apelar a la condescendencia ni a la búsqueda desesperada del afecto popular, se colocó a sí misma la corona de reina sin pedir permiso ni disculpas, imponiendo una liturgia que terminó por ser aceptada por los espectadores. La inmortalidad no le llegó por el recuerdo, sino por la consolidación de un personaje indestructible que con sus claroscuros, se devora a la opinión pública. 

Resulta inquietante y revelador comprobar cómo la mayoría de las personalidades que la acompañaron en su periplo biográfico, productores teatrales, directores cinematográficos, socios y antiguas parejas, fallecieron jóvenes o desaparecieron de la escena, mientras ella, al alcanzar las ocho décadas de edad, exhibe una agudeza mental, un vigor escénico y un nivel de actividad profesional superiores al de cualquier figura joven del medio.

Siempre es hoy. Su presente terminó por marcar la diferencia en los últimos años con sus contemporáneas Carmen Barbieri y Georgina Barbarossa. Algunos hasta se atreven a afirmar que su hiperactividad intelectual y capacidad para absorber los nuevos códigos de la época terminaron jubilando por comparación a Susana Giménez, cuya reticencia al trabajo continuo y su paulatino distanciamiento de la pantalla la relegaron al archivo de la nostalgia. Moria, en cambio, ejecutó una mudanza estratégica decisiva. Durante años, mientras en el teatro ostentaba la categoría indiscutida de primera figura de la revista y la comedia, la televisión la confinaba a la conducción en canales de menor alcance o a roles secundarios. Su consagración definitiva al desembarcar en las mañanas de El Trece no solo representa una conquista territorial de la pantalla chica, sino el reconocimiento definitivo de su centralidad. 

El origen de esta fuerza arrolladora se remonta a sus primeros pasos en el teatro de revista como vedette principal, lugar donde impuso una presencia física descomunal y una soltura escénica que rápidamente desafió el canon sumiso de la época. Pero limitar su trayectoria a la pluma y al taco alto sería un error de lectura. Moria supo cruzar las fronteras del espectáculo comercial para habitar los lugares de culto, alcanzando el hito de pisar las tablas del prestigioso Teatro General San Martín para protagonizar una versión libre de Julio César de William Shakespeare, bajo la dirección de José María Muscari, un movimiento que descolocó a la crítica tradicional y ratificó su versatilidad. A eso se le suma su fenómeno de permanencia con la obra “Brujas”, un clásico del teatro argentino que se mantuvo en cartelera durante décadas batiendo récords de taquilla. Paralelamente, su espíritu emprendedor la llevó a involucrarse en negocios tan extravagantes como la playa nudista Playa Franka en Mar del Plata o aquel recordado restaurante temático donde la comida se servía sobre cuerpos desnudos.

Su vida personal siempre estuvo envuelta en escándalos, pero como otrora sucedía con Maradona, a su público poco le importa. Su cuestión con la Justicia por el uso de un automóvil robado cuando era la pareja de Xavier Ferrer Vázquez, o sus dichos frente a Osvaldo Bazán, donde lamentó el asesinato de militares en la época de la dictadura, poniéndose de la vereda de enfrente a la de los desaparecidos, no erosionaron la estima de sus fans.

Diversidad. En los últimos años, Moria se transformó en la propulsora de un idioma propio. Su creatividad discursiva, bautizada por ella misma como "lengua karateca", funcionó como una maquinaria semiótica capaz de bautizar fenómenos. Latiguillos como "se cuelgan de mis tetas", "bozal legal", "decorado lumpen" y "si querés llorar, llorá", trascendieron la pantalla para incorporarse al lenguaje  de la calle. 
La misma lógica utilizó para abrirse nuevos mercados y consolidó además su rol histórico como ícono indiscutido de la comunidad LGBTQ+, un colectivo con el que tejió una complicidad genuina cuando la diversidad aún era silenciada por el sistema. 

Otra alianza que la valió dividendos fue su unión artística con Lali Espósito. Participar en el videoclip “¿Quiénes son?”, inmortalizó sus frases emblemáticas dentro del universo pop contemporáneo, Moria demostró otras vez, su capacidad para rebasar barreras generacionales y consagrarse como una figura plenamente transversal, admirada tanto por la vieja guardia del espectáculo como por la juventud actual.

Moria hoy se muestra como un monumento a la autoinvención. Sin el reconocimiento institucional ni diploma emérito, pero con lo más importante: la aceptación del público.

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Mariano Casas Di Nardo

Mariano Casas Di Nardo

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