Pedro Sanchez (CEDOC)
Pedro Sánchez: el arte de resistir
Poder, desgaste y negación como método. El caso español y cómo se puede seguir gobernando si se controlan los resortes de Estado.
En la Europa política de pospandemia, pocos dirigentes encarnan con tanta claridad la lógica de la resistencia como método como Pedro Sánchez. Acorralado por una acumulación inédita de escándalos judiciales, denuncias internas y retrocesos electorales, el jefe del Gobierno español ha optado por una estrategia que ya no disimula su naturaleza: aferrarse al poder con uñas y dientes, aún cuando el respaldo social se erosiona y la promesa regeneracionista que lo llevó a La Moncloa se desvanece.
Las elecciones anticipadas en Extremadura fueron el primer test electoral relevante desde que ese desgaste se volvió estructural. Y el resultado fue elocuente. El PSOE sufrió una caída severa: perdió ocho escaños y quedó reducido a 20 diputados en una región que durante décadas fue uno de sus bastiones históricos. Es una derrota política de magnitud, que confirma la desmovilización del electorado progresista y el cansancio frente a un gobierno permanentemente a la defensiva.
Sin embargo, el dato decisivo no es solo la caída socialista, sino quién capitaliza ese retroceso. El Partido Popular gana la elección con 27 bancas —incluso perdiendo una respecto del período anterior— y se convierte en el principal beneficiario del desgaste del PSOE. Vox, en cambio, aunque crece con fuerza en términos aritméticos (pasa de 5 a 13 escaños), queda políticamente diluido: suma, pero no ordena; avanza, pero no lidera. Necesita al PP tanto como el PP lo necesita a él, y ni siquiera logra convertir una campaña hiperpersonalizada en torno a Santiago Abascal en centralidad política real.
Este reparto del daño es clave para entender la lógica de Sánchez.
El presidente observa un mapa fragmentado: la izquierda pierde, la derecha tradicional recoge ese voto y la extrema derecha no logra hegemonizar el malestar. En ese escenario, resistir se vuelve una opción racional, aunque políticamente corrosiva. Sánchez gobierna cada vez menos por legitimidad social y cada vez más por ingeniería institucional, pactos ajustados y una lectura quirúrgica de las debilidades ajenas.
El problema es que esa resistencia se apoya en un terreno cada vez más frágil. Desde hace meses, el Gobierno español está rodeado por escándalos que afectan tanto al núcleo del poder como al aparato del partido. La investigación judicial contra su esposa, Begoña Gómez, por presunto tráfico de influencias y uso indebido de recursos públicos, rompió una frontera simbólica clave: por primera vez, el entorno íntimo del presidente quedó formalmente bajo sospecha. A eso se suma la imputación de su hermano, David Sánchez, acusado de haber accedido a un cargo público diseñado a medida en una administración socialista.
En paralelo, el PSOE enfrenta su propia crisis interna. El exministro José Luis Ábalos, figura central del primer sanchismo, y su exasesor Koldo García están señalados por presuntas comisiones ilegales en contratos sanitarios durante la pandemia. La caída de Santos Cerdán, hasta hace poco secretario de Organización del partido, terminó de completar el cuadro: corrupción en el corazón del aparato, en el mismo terreno donde el Gobierno había construido uno de sus relatos más exitosos de gestión. A eso se añadieron denuncias de acoso sexual protagonizadas por dirigentes del partido, gestionadas con torpeza y silencios, en abierta contradicción con el discurso feminista que Sánchez proyectó dentro y fuera de España.
Frente a ese escenario, la respuesta presidencial fue cerrar filas y negar el daño. No hubo autocrítica profunda ni gestos políticos de alto impacto. En cambio, se impuso el relato del asedio: jueces politizados, denuncias impulsadas por organizaciones de extrema derecha, campañas mediáticas coordinadas. Esa narrativa conserva eficacia en el núcleo duro, pero acelera la fuga del votante moderado y profundiza la desafección progresista.
Aquí aparece el espejo argentino. La deriva del gobierno de Sánchez recuerda, cada vez más, al ciclo de Alberto Fernández. Un progresismo que llegó al poder prometiendo moderación y regeneración, y terminó atrapado en escándalos, negación y parálisis política. En la Argentina, ese colapso detonó una crisis de representación que abrió la puerta a un giro abrupto del sistema y al ascenso de Javier Milei, un outsider que capitalizó el hartazgo generalizado.
España, por ahora, parece transitar un camino distinto.
El desgaste del PSOE no empuja mayoritariamente hacia Vox, sino hacia una derecha centrista y clásica, encarnada por el PP. Esa diferencia explica, en parte, la obstinación de Sánchez por resistir: su caída no habilita un salto al vacío, sino una alternancia convencional. Pero el riesgo es similar. Cuando la política se reduce a aguantar, cuando gobernar se confunde con resistir y la negación sustituye a la responsabilidad, el daño deja de ser personal y se vuelve institucional.
Pedro Sánchez parece convencido de que el poder no se abandona: se defiende. Incluso contra las urnas, incluso contra el desgaste moral. Extremadura mostró que el PSOE cae, que el PP recoge ese derrumbe y que Vox, pese a crecer, no logra apropiarse del descontento. Sánchez lee ese mapa como una invitación a seguir. La pregunta ya no es si puede resistir hasta 2027, sino qué queda del sistema cuando la resistencia se convierte en la única forma de gobernar.
También te puede interesar
-
El día en fotos
-
El día en fotos
-
El día en fotos
-
De la soberanía a la “soberbianía”: la caída legal de Maduro
-
El día en fotos
-
Cuba confirma lo que siempre negó: militares cubanos controlaban a Maduro
-
Maduro ante la Justicia de EE.UU. y Europa en silencio incómodo
-
De qué acusa Estados Unidos a Nicolás Maduro
-
Después de Maduro: el plan de Trump para la región