Nicolás Maduro amaneció hoy en una celda federal en Nueva York. Ese hecho físico, concreto y frío pesa más que todas las bibliotecas de derecho internacional juntas. Mientras analistas discuten en los canales de noticias sobre inmunidad, tratados de Viena y agresiones diplomáticas, la realidad impone su única regla inmutable, esa máxima inglesa brutal por su honestidad: might is right, o la fuerza hace el derecho.
Para entender lo que pasó, primero hay que dejar de mentirnos sobre qué es realmente el Derecho Internacional. Durante décadas se nos vendió la idea de que es una red de seguridad, un código estricto que protege a las naciones por igual. Eso es falso. El Derecho Internacional no es ley: es protocolo. Es un conjunto de normas de etiqueta que los países respetan mientras no haya un interés vital en juego. Es como un semáforo en medio del desierto, donde uno se detiene por costumbre, sin una barrera física que lo obligue.
Aquí aparece la distinción más cruel de la geopolítica, la que divide al mundo en dos categorías. Hay países que tienen soberanía y países que padecen “soberbianía”.
La verdadera soberanía no se decreta en una Constitución: se ejerce. Es la capacidad fáctica de impedir que otro entre en tu casa. Se respalda con economía, con tecnología y, en última instancia, con fuerza militar. La soberanía es la capacidad de decir “no” y que el otro tenga que aceptarlo.
La “soberbianía”, en cambio, es la enfermedad de los Estados débiles. Es una mezcla de soberbia y vacío. Es la creencia delirante de que los símbolos patrios, los discursos incendiarios y el orgullo nacional funcionan como escudos mágicos contra la realidad. Estos países creen que son intocables porque tienen razón o porque ocupan un asiento en la ONU, pero olvidan que, en el tablero mundial, el derecho sin fuerza es apenas una opinión. Venezuela, bajo el chavismo, vivió durante años en ese estado de “soberbianía”, gritando consignas antiimperialistas mientras su capacidad real de defensa se oxidaba. Hoy la realidad entró por la puerta y se llevó al líder, demostrando que la soberbianía no detiene aviones ni comandos.
Lo ocurrido no es nuevo, aunque el estupor global sugiera lo contrario. La historia ya había advertido que la inmunidad es un lujo de los fuertes. Ocurrió en Panamá en 1989 con Manuel Noriega y en 1960 con Adolf Eichmann en la Argentina. Pero el verdadero arquitecto legal del destino de Maduro no es un militar, sino un juez, y el fantasma que hoy recorre los pasillos de la Corte de Nueva York es el del agente de la DEA Kiki Camarena.
Cuando Estados Unidos orquestó el secuestro del médico Humberto Álvarez Machaín en México, en 1990, la defensa planteó lo evidente: es ilegal secuestrar a alguien en otro país. Sin embargo, la Corte Suprema estadounidense respondió con un cinismo jurídico que hoy sella el destino de Maduro. En el fallo United States v. Alvarez-Machain, sentenció que el secuestro transfronterizo no invalida el juicio.
Ese día se legalizó la ley de la selva y se confirmó que la soberanía de los débiles es papel mojado. La justicia estadounidense le dijo al mundo: “no nos importa cómo llegaste a esta silla; si te secuestramos, te engañamos o te compramos, ahora estás aquí y te vamos a juzgar”. Quedó consagrado el principio de male captus, bene detentus, o “mal capturado, bien detenido”.
Por eso, cualquier asesoría legal que hoy invoque la violación del espacio aéreo o la ilegalidad de la extracción es un ejercicio de futilidad, parecido a intentar detener un tanque recitando poesía. El Derecho Internacional se parece más a un sueño: inmaterial y etéreo. La operación que puso a Maduro en Brooklyn es el despertar. Y en la vigilia, el derecho no es lo que dicen los textos, sino lo que la fuerza es capaz de imponer. El resto es solo soberbianía.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.















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