Quintela, Sadir y Passalacqua (CEDOC)

Encuesta

El mapa de gobernadores: quiénes miden y quiénes no

Mientras Passalacqua y Sáenz encabezan la imagen, Quintela queda último pero se posiciona en el armado peronista con Kicillof.

El último ranking de gobernadores de CB Global Data expone una paradoja que atraviesa hoy al peronismo: mientras Ricardo Quintela aparece último en imagen a nivel nacional —con 42,8% de valoración positiva en su provincia— , su figura gana centralidad en la discusión estratégica del PJ, especialmente en la construcción de un proyecto federal con proyección hacia 2027 junto a Axel Kicillof.

El dato no es menor porque el mapa de gobernadores muestra hoy un fenómeno claro: los mandatarios con perfiles dialoguistas o cercanos a la Casa Rosada son los que mejor miden. El ranking lo encabeza Hugo Passalacqua con 55,8%, seguido por Claudio Poggi y Gustavo Sáenz, todos con niveles de aprobación superiores al 55% . En ese mismo universo se inscribe también Osvaldo Jaldo, otro peronista que optó por una relación pragmática con el gobierno de Javier Milei.

Se trata de un bloque heterogéneo pero con un denominador común: priorizan gobernabilidad, acuerdos fiscales y baja confrontación, lo que les permite sostener niveles altos de imagen en sus territorios. Son, en términos políticos, los “peronistas del sistema”, o al menos los que logran convivir con la actual administración nacional sin pagar costos inmediatos en opinión pública.

En el pelotón intermedio aparece un conjunto más amplio de gobernadores —tanto oficialistas como opositores— con niveles aceptables de aprobación (por encima del 45%), que logran sostener equilibrio pero sin destacarse. Allí conviven figuras de distintos signos políticos que administran sus distritos con pragmatismo, evitando tanto la confrontación abierta como la alineación plena. Es el espacio de la zona gris del federalismo, donde la gestión pesa más que la identidad partidaria.

En el fondo de la tabla, en cambio, se concentran los gobernadores más expuestos políticamente. Allí aparece Quintela, pero también Alberto Weretilneck y el propio Axel Kicillof, con 45,5% de imagen positiva . Es un dato relevante: los dirigentes que encarnan una oposición más nítida o con mayor volumen político nacional son, a la vez, los que enfrentan mayores niveles de desgaste.

En ese contexto, la situación de Quintela adquiere otra dimensión. El desgaste se produce después de haber confrontado con Cristina Fernández de Kirchner en la interna del PJ pero ahora le permite consolidarse ahora como uno de los gobernadores que empujan una reorganización del peronismo detrás de una figura de síntesis . En ese marco, la debilidad relativa en términos de imagen convive con una creciente gravitación en la arquitectura interna del espacio.

Esa lógica se transparenta en sus recientes declaraciones en Delta 90.3, en el programa Coworking con Nacho Otero, donde explicitó el momento político del peronismo: “El peronismo está tratando de ponerse de acuerdo, tenemos que estar todos unidos”. No se trata de una consigna retórica sino de una hoja de ruta: Quintela plantea que la etapa que viene exige reducir la fragmentación y ordenar la oferta electoral.

En esa línea, avanzó sobre un esquema concreto de resolución de liderazgos: “Una opción es lograr por consenso una fórmula única”, aunque dejó abierta la posibilidad de competencia interna bajo nuevas reglas: “Tiene que ser una competencia que no esté basada en la agresión mutua”. La definición más relevante, en términos de construcción de poder, fue otra: El que gana tiene que ser generoso para abrazar al que pierde”. Es, en definitiva, un intento de evitar la repetición de las fracturas que debilitaron al peronismo en los últimos ciclos electorales.

El alineamiento con Kicillof es explícito y forma parte de esa estrategia. “Lo veo muy bien a Axel Kicillof”, afirmó, en una señal directa hacia la configuración de una eventual candidatura presidencial. Al mismo tiempo, buscó contener al kirchnerismo duro: “Cristina es peronista y ha demostrado que privilegia los intereses del resto antes que los personales”, en un gesto orientado a preservar la unidad simbólica del espacio.

Pero el discurso de Quintela no se agota en la ingeniería política. También intenta anclar en una narrativa económica y federal que contraste con el rumbo nacional. En ese plano, defendió decisiones de gestión como la toma de deuda provincial: “El crédito va a ser retenido de la coparticipación”, “Lo aceptamos sin condicionamientos” y “La tasa de interés nos pareció accesible”. Y justificó esas medidas en un contexto adverso: “Buscamos garantizar pagar los salarios a los trabajadores”.

Al mismo tiempo, trazó un diagnóstico crítico del presente: “Se deteriora la salud, la educación, la seguridad”, y reforzó un posicionamiento federal: “Es momento de escuchar a las voces del interior” y “En Capital no conocen lo que pasa en distintas regiones de nuestro país”. Esa apelación al interior profundo es, también, un intento de reconstruir una base política que trascienda el AMBA.

En definitiva, Quintela encarna hoy una tensión característica del peronismo: baja performance en la medición de opinión pública, pero alta incidencia en la rosca política. En un escenario donde los gobernadores mejor valorados son, mayoritariamente, los que acuerdan con la Nación, su apuesta va en sentido inverso: reconstruir una alternativa propia, ordenar al peronismo y proyectar, junto a Kicillof, una síntesis competitiva hacia 2027.

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