Nido de lagarto. (gentileza Caro Alfonso (Fotos C. C. Borges).)

Amor clandestino que desafía al tiempo

"Nido de lagarto", escrita y dirigida por Franco Verdoia. Con Horacio Acosta y Silvina Sabater. El Extranjero, Valentín Gómez 3378.

Esta pieza, confirma al dramaturgo y director Franco Verdoia, como una de las voces más personales del teatro argentino contemporáneo y cierra la trilogía iniciada por “Late el corazón de un perro”, continuada por “Matar a un elefante”. Fiel a un imaginario donde el pueblo, la memoria y los vínculos afectivos dialogan con una poética profundamente visual, el creador encuentra aquí una conmovedora síntesis de sus obsesiones creativas.

Transcurre en un hotel de ruta, escenario de los encuentros clandestinos entre Gloria (Silvina Sabater) y el Vasco (Horacio Acosta), amantes desde la juventud que, ya en la madurez, intentan sostener un amor que nunca encontró un lugar legítimo a lo largo de 40 años. 

El deterioro del edificio, una poderosa metáfora de aquello que el tiempo inevitablemente erosiona, acompaña el desgaste de los cuerpos, pero la propuesta elige correrse de cualquier mirada complaciente sobre la vejez para poner el foco en algo mucho más infrecuente que es el deseo. Sus personajes aman, se equivocan, se ríen, sienten celos y conservan intacta la necesidad de ser vistos por el otro.

Ese es, probablemente, el mayor hallazgo porque allí donde se suele representar la tercera edad desde la enfermedad o la decadencia, aquí se reivindica la vitalidad de quienes todavía buscan una última oportunidad para ser felices. Lo hace sin discursos ni golpes bajos, apoyado en una escritura de enorme precisión, donde cada palabra parece encontrar su exacta musicalidad.

En el fondo es un melodrama sí, pero de sutil delicadeza, capaz de alternar momentos de intensidad con escenas de un humor tan inesperado como liberador. Esa convivencia entre tragedia y comicidad nunca rompe el clima, por el contrario, vuelve más humanas las situaciones y permite que el espectador transite la historia sin solemnidades. Incluso los episodios más desopilantes terminan revelando la fragilidad de unos personajes que cargan toda una vida de renuncias.

La dirección potencia ese universo con una puesta austera y sensible que extrae lo mejor de sus intérpretes. Sabater entrega una composición de enorme valentía y emoción, mientras Acosta construye un personaje contenido y profundamente entrañable. Entre ambos logran una química poco frecuente, sostenida en silencios, miradas y una intimidad que jamás cae en el exhibicionismo.

Verdoia demuestra que las grandes historias no necesitan grandilocuencia. Alcanzan una habitación perdida, dos amantes furtivos y un autor capaz de convertir esos pequeños gestos en una experiencia escénica de una sensibilidad extraordinaria. Sin duda, entre lo mejor de la cartelera alternativa. 

(****)