El teatro hace tiempo que descubrió que la historia también puede ser un campo de batalla escénico. Dramaturgos locales como Mario Diament, Pacho O’Donnell y Cristina Escofet, entre otros, volvieron sobre próceres, caudillos y figuras políticas de nuestra historia para discutir, más que el pasado, las heridas persistentes del presente. En esa tradición de revisar el bronce se inscribe este espectáculo. No es, además, la primera incursión teatral sobre el sanjuanino. Antes, Mario Moscoso ya lo había puesto en escena en “Sarmiento y su sombra”, también con la intención de devolverle algo de espesor humano. La diferencia es que aquí el personaje vuelve dispuesto a dar una última lección sobre educación, progreso y nación.
Hacer regresar a Domingo Faustino Sarmiento para enfrentarlo al mundo contemporáneo supone, de entrada, una buena idea. Es tomar a uno de los políticos más decisivos y más incómodos del devenir nacional y ponerlo otra vez bajo examen. El problema es que la obra no siempre consigue transformar esa promesa en verdadero hecho teatral. El dispositivo elegido, una clase magistral en la que el expresidente repasa sus ideas, sus batallas y su legado, funciona al comienzo como puerta de entrada, pero con el correr de la función revela sus límites. La escena se vuelve más expositiva que dramática, más interesada en ordenar un pensamiento que en tensarlo.
Sobre ese esquema descansa el trabajo de Juan Leyrado, que compone un hombre enérgico, verborrágico y por momentos socarrón, sin caer en la caricatura ni en la solemnidad. Hay oficio, presencia y una clara capacidad para sostener el vínculo con el público en una propuesta cuyo centro está puesto, de manera excluyente, en la palabra.
Pero justamente allí aparece la principal debilidad. El texto explica más de lo que sugiere y deja poco margen para la ambigüedad, aun cuando el interlocutor ofrece material de sobra para una exploración más áspera y contradictoria. Así, parece debatirse entre el homenaje y la revisión crítica, sin terminar de hundir el bisturí en ninguna de las dos direcciones. El protagonista aparece con sus aristas, pero están más enunciadas que dramatizadas.
El resultado sólo es sostenido por un tema potente y la solvencia de su intérprete, pero rara vez logra ir mucho más allá de esa base. Es un acierto rescatar una figura de la historia argentina para volver a discutirla, y es un error que se privilegie la explicación por sobre el riesgo, o la ilustración por encima de la emoción. Más cercana a una evocación prolija que a una relectura verdaderamente incisiva, deja la sensación de una oportunidad apenas aprovechada.














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